Actualizado: 18/10/2019 17:37
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Economía

El cachumbambé del azúcar

¿Cuándo La Habana hallará el norte para una industria tan históricamente ligada a la condición de cubanos? ¿Cuándo hablará claro de una vez?

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Ulises Rosales del Toro debe ser un hombre muy reservado o de caña sabe muy poco. Que nunca haya sido entrevistado por Granma en su condición de ministro del Azúcar, llama menos la atención que ocupar días atrás las páginas centrales del diario partidista, en un refrito del libro Secretos de generales, para hablar de muchos temas relacionados con su vida y su labor en las Fuerzas Armadas: incorporación al Ejército Rebelde, misiones en Argelia, Venezuela y Angola, jefatura del Estado Mayor, estudios de estrategia militar. En fin.

De azúcar ni una palabra. Es de imaginar que en Cuba debemos estar acostumbrados a que sucedan cosas como estas. En un país donde un periódico no se siente en la obligación de informar de nada o de casi nada, es de suponer que tampoco un ministro se vea en la obligación de rendir cuentas ante los ciudadanos por los resultados de su gestión.

Es curioso, pero quizás no haya ahora mismo un ministerio que suscite mayor interés en la población que el del Azúcar. Mucho más que antes, cuando todos los planes (aparentemente) se cumplían y una buena zafra era señal inequívoca de la "fortaleza económica y moral de la revolución sobre el imperialismo norteamericano".

De ser una de las áreas más aburridas de la vida bajo el castrismo, que sólo generaba cifras halagüeñas y muy escasas críticas en la prensa, se ha convertido —por obra y gracia de un golpe decisivo de Fidel Castro, que ya el tiempo se está encargando de poner en su justo lugar como uno de los errores más colosales de su largo mandato— en el punto hacia donde miran muchos cubanos en espera de una solución. Como si del final de una extensa telenovela se tratara.

El desmantelamiento del sector

Mucho se ha analizado ya sobre el tema. La inmensa mayoría de los especialistas señalaron en su momento la necesidad que tenía el sector de una reforma profunda, dado el bajo precio del dulce en el mercado internacional, años atrás, y si se deseaba salvarlo como columna vertebral de la precaria economía cubana, a pesar de los efectos de la sequía.

Para ello había que introducir cambios estratégicos y de conceptos, y la incertidumbre estaba en si el régimen asumiría tales desafíos, como la inversión extranjera, la posibilidad de dejar sin empleo a miles de obreros y autoinfligirse una dura derrota ideológica.

La ficha que movió Fidel Castro ya la sabemos. Cuba renunció a su condición de gran exportador, se lanzó a buscar eficiencia con menos costos e implementó un demagógico y paternalista programa para enviar a las aulas a los más de cien mil afectados, cobrando salarios íntegros. De casi un centenar de ingenios que estaban en condiciones operativas más o menos favorables, no llegan a 60 los que han hecho zafra en los tres últimos años.


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