Actualizado: 18/01/2022 16:22
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El fantasma de Sartre en Cuba

La prensa oficial 'recupera' al filósofo, pero no menciona su ruptura con el régimen.

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El centenario del nacimiento de Jean Paul Sartre, cuya conmemoración ha renovado el interés por su figura y legado en los medios académicos y periodísticos de Occidente, brinda una buena ocasión para recordar la visita del filósofo a Cuba en 1960 y su idilio de una década con la revolución cubana.

Invitado por el Gobierno Revolucionario, Sartre fue recibido en la Isla con honores de jefe de Estado. Sus opiniones y desplazamientos fueron ampliamente reportados con grandes fotos por el diario Revolución, el más leído del momento, al punto de que el filósofo, que no dejó de comparecer en la televisión, era reconocido en la calle por personas que seguramente nunca habían leído una sola línea suya.

Carlos Franqui recuerda en sus memorias que una de las comparsas del carnaval habanero cantaba a ritmo de rumba: "Saltre, Simona, un dos tres/ Saltre, Simona, echen un pie".

Sartre y su compañera fueron profundamente conmovidos por aquella entusiasta acogida y, sobre todo, por las transformaciones apreciadas en sus recorridos por la Isla, uno de ellos en compañía del propio primer ministro, Fidel Castro.

En el tercer tomo de sus memorias, Beauvoir cuenta que la pareja reencontró en Cuba "una alegría de vivir que creía perdida para siempre". A diferencia de la argelina, la revolución cubana no se agotaba en el rechazo al opresor; era también gozo, fiesta, efusión popular.

Al margen de los bloques

Cuando, a su regreso, pasaron por Nueva York, recuerda Beauvoir que ésta les pareció, en comparación con La Habana, "triste y casi pobre". Aunque Estados Unidos seguía siendo "el país más próspero de la tierra", ya no era, como en 1947, "el que forjaba el porvenir". "Las gentes con que me cruzaba —apuntó— no pertenecían a la vanguardia de la humanidad, sino a una sociedad esclerotizada por 'la organización', intoxicada por sus mentiras y que la cortina del dólar aislaba del mundo: como París en 1945, Nueva York se me aparecía ahora como una Babilonia destronada".

En La force des choses, Beauvoir relata con detalle las condiciones de ese cambio de percepción en relación con Norteamérica. Desde sus primeras estancias en ese país a fines de la década del cuarenta, contadas en el reportaje L'Amérique au jour le jour (Gallimard, 1954), las cosas habían cambiado drásticamente.

Los antiguos aliados en la lucha antifascista eran ahora una de las partes de una "guerra fría" en la que Les Temps Modernes, revista fundada en 1945 por Sartre, Beauvoir y Merlau-Ponty, había querido mantener bien una tercera línea, al margen de la política de bloques, o, después de la muerte de Stalin, una más clara alineación del lado soviético.

Pero ese tenso idilio, que incluyó una visita de Sartre a la URSS en 1954 y condicionó sus sonadas rupturas con Camus y Merlau-Ponty, fue roto por la intervención en Hungría, que el filósofo criticó desde la tribuna de Les Temps Modernes en un célebre ensayo publicado en enero de 1957: "El fantasma de Stalin".


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