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Drogas, Marihuana, Medicina

El hombre que dijo no a la marihuana en Cuba (III)

Tercera y última entrega de un artículo que se publica en tres partes

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La homosexualidad como modelo

Cuba descarta la legalización de marihuana”, el titular que recorrió el mundo a fines de junio pasado, bien pudiera ser sustituido por su contrario en un futuro no muy lejano, sobretodo si tomamos en cuenta la asombrosa adaptabilidad al medio que le rodea que tiene el castrismo en su etapa rauliana.

Tomemos como ejemplo el caso de la homosexualidad, cuyo tratamiento médico y jurídico ha evolucionado en Cuba de manera muy similar a la del resto del mundo occidental. Lo que ayer estuvo prohibido, no sólo por motivos morales sino incluso desde el punto de vista de la salud mental, mañana puede ser legal; así puede pasar con la venta y consumo de la marihuana en la Isla.

Para entender mejor esta comparación debemos apartarnos del cliché que nos presenta al castrismo como un régimen particularmente homófobo, sin mas parangón en el mundo que los modelos en que se inspiró, es decir los totalitarismos de corte comunista o fascista.

Al margen de la utilidad política que han tenido para el anticastrismo las escenas de homosexuales desacreditados, arrestados e internados en “campos de reeducación” como los de la UMAP, por las autoridades cubanas, hay que reconocer que la llevada y traída homofobia del castrismo no se diferenciaba esencialmente de la que practicaba no hace tanto en países de rancio pedigrí democrático como son los anglosajones, los mismos que hoy en días están en la vanguardia en la legalización por no hablar de exaltación de la homosexualidad en cualquier parte del mundo.

Comencemos con Estados Unidos. Las historias que nos hablan de la persecución de homosexuales, como el escritor Virgilio Piñera en la Cuba de los sesentas, no se diferencian mucho de aquellas que nos cuentan tuvieron lugar en el tolerante” barrio neoyorquino de Greenwich Village, hasta la madrugada del 28 de junio de 1969, en que estallan los famosos disturbios de Stonewall. El nombre le viene del pub donde se inició la revuelta, toda una leyenda en el imaginario del movimiento gay.

En el caso de Inglaterra, paradigma y exportadora de la democracia liberal, cuyas ley de sodomía, heredera del Acta de BujarroneríaVaya nombrecito!) entrada en vigor en 1534 , sirvió para procesar en distintas épocas a figuras tan relevantes como el escritor Oscar Wilde o el matemático Alan Turing, sin importar los méritos literarios del primero, ni que el segundo descifrara el código secreto de los nazis, hecho que sería determinante en la victoria aliada durante la segunda guerra mundial, según la tesis popularizada por la película The Imitation Game.

Dicha ley fue reformada por el Parlamento del Reino Unido en 1967 pero solo en el aspecto referido a los actos homosexuales consensuales y en privado, un año antes que se cerraran en Cuba las llamadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción, en las cuales el régimen intentaba reformar aquella parte de la juventud que no de adaptaba a su modelo de hombre nuevo, dentro de ella los homosexuales. Probablemente el castigo de los homosexuales ingleses estaría mejor regulado legalmente, pero lo mismo podrían aducir los nazis que actuando bajo las leyes imperantes llenaron los campos de concentración de personas que hoy consideramos inocentes.

En el caso de Escocia, parte del Reino Unido las leyes que penalizaban la homosexualidad siguieron vigentes hasta el año 1979, el mismo en que se legaliza la homosexualidad en Cuba, con lo que la Isla se anticipa a los propios Estados Unidos, donde no será hasta 2003 que se supriman definitivamente las leyes de sodomía que todavía permanecían vigentes en diferentes zonas de la Unión.

Así vemos que, muy acorde con las corrientes imperantes en el mundo, Cuba ha pasado de un extremo al otro, de la tolerancia cero con cualquier desviación sexual a la aceptación primero y a la promoción después por fines políticos o turísticos de practicas asociadas con la homosexualidad, como suelen ser los espectáculos de travestis, la cirugía de reasignación de sexo o el cambio legal de género.

El próximo paso ya está a la vista y es el del matrimonio de personas del mismo sexo. Digo, si no reconocemos como tal el que se dio en agosto de 2011 entre un hombre homosexual y otro transexual.

La causa cuenta como abogada, no solo a la bloguera independiente Yoani Sánchez, presente en la boda antes mencionada, sino también, nada más y nada menos que a la hija del propio mandatario, Mariela Castro, con todo lo que de respaldo del poder que ello implica.

La presidenta del Centro Nacional de Educación Sexual poco a poco va desbrozando la resistencia del viejo orden heteronormativo, con el sueño vestir con los colores del arco iris el Palacio de la Revolución, al estilo de lo que pasó con la Casa Blanca cuando festejó, teñida con el emblema gay, la decisión de la Corte Suprema de imponer el casamiento homosexual a todo el país.

Hoy Mariela Castro, quien esta muy bien vista desde el exterior, apenas encuentra resistencia en el interior cuando en su tarea de exaltación de homosexualidad. Por un lado las iglesias están demasiando ocupadas en afianzar los espacios que les está otorgando el Estado. Por otro, la oposición, lo mismo de izquierda o de derecha, parece más interesada en alzar la bandera arco iris que en bajarla, y si algo critica a Mariela es por no considerarla lo suficientemente radical en su campaña homosexualista.

Ahí tenemos el programa digital contestatario Cambio de Bola, del 19 de julio pasado, donde Gorki Águila, cantante de la banda Porno para Ricardo, y el periodista independiente Camilo Ernesto Olivera, preguntaban a la hija de Raúl Castro si cuando abogaba por el matrimonio homosexual era sólo para revolucionarios. Evidentemente el llamado matrimonio igualitario tiene buena prensa lo mismo en el gobierno que en la disidencia.

Por el momento hay que reconocer que los defensores internacionales de la droga no han podido abrirse paso en Cuba con la misma celeridad que lo están haciendo sectores que, al margen de lo variopinto que se nos presentan en lo político, responden a una misma agenda global que intenta promover en la población cubana, como ya ha hecho en otras partes del planeta, de practicas eróticas no reproductivas, que aceleren aún más de lo que ya está la caída en picada de la tasa de natalidad en la Isla.

Todo esto va mucho mas allá de conseguir el respaldo de activistas del movimiento homo feminista internacional, al estilos de los miembros de Código Pink cuyos paraguas rosados en los que se deletreaba “CUBA”, y carteles antiembargo intentaban opacar las protestas anticastristas realizadas el lunes 20 de julio de 2015 durante la inauguración de la embajada de Cuba en Washington, DC, Estados Unidos.

Por cierto se trata de la misma organización cuya fundadora, Medea Benjamín no paraba de interrumpir a Obama con preguntas sobre el cierre de la base de Guantánamo durante una intervención del presidente norteamericano abordando la lucha contra el terrorismo en mayo de 2013.

Pero volvamos a lo nuestro, indagando sobre el verdadero Leitmotiv de que en mayo de 2007 la sobrina de Fidel Castro encabezara una comparsa para celebrar el orgullo gay, y de que su organización recibiera entre otros muchos fondos los $230.000 que le otorgara Noruega, según declarara John Petter Opdahl, el embajador homosexual asignado a La Habana por el país escandinavo; que la Asamblea Nacional aprobara un nuevo código laboral que ofrece al antiguamente denominado desviado sexual la protección que niega al todavía calificado como desviado ideológico; que José Agustín Hernández, un transgénero conocido como Adela, no se haya topado con el veto de los “factores” del aparato que tutela las elecciones del Poder Popular, para ser elegido como delegado a la Asamblea Municipal en la localidad de Caibarién, provincia de Villa Clara, en un experimento político que nunca se haría con un opositor y al que se le ha dado el máximo eco en la prensa nacional e internacional.

De cualquier modo es importante reflexionar sobre que es lo que hace que desde 2010 —año en que Fidel Castro reconoce en una entrevista aparecida el 10 de agosto en La Jornada su responsabilidad en la persecución de los homosexuales— el gobierno cubano, haya comenzado a votar a favor de resoluciones que apoyan los derechos de ese tipo de personas en Naciones Unidas, rompiendo así las alianzas que mantenía en el asunto de frenar la propaganda homosexual con países de la antigua Unión Soviética, África, Medio Oriente y el Caribe. Y todo esto lo ha hecho la dirigencia cubana coqueteando al mismo tiempo, cual Meretriz de Babilonia, con los líderes de religiones, las cuales en medio de sus profundas diferencias comparten un rechazo teológico al homosexualidad. Hablo de la gran variedad de representantes del judaísmo, el catolicismo, el cristianismo ortodoxo, las sectas protestantes, el islamismo en sus dos vertientes, la shia, con los que el gobierno de la Isla suele cosechar no pocos éxitos.

Así pues no nos extrañemos si mañana, en Cuba pasa con los defensores de la marihuana lo mismo que hoy sucede con los alabarderos oficiales de la homosexualidad, quienes para su labor cuenta con la ayuda del aparato adoctrinador del Estado, películas, series y programas televisivos, libios, artículos y obras de arte.

Por si fuera poco la agenda gay para Cuba ya tiene a sus pies el sistema educativo como medio de transmisión de valores y por su fuera poco dispone con los servicios médicos que trabajan con la salud mental, los cuales que como en todos lados siempre están al servicio del Estado, aunque la cosa sea más evidente en los sistemas como el cubano.

Para ese entonces, si la promoción de la marihuana así lo requiere, el régimen sabrá sacarse de la manga el mariguanero ejemplar, el necesario sobreviviente de los tiempos duros de hoy, como lo es con respecto a los de ayer el flamante revolucionario homosexual, el aporte más genuino del raulismo a la teoría y la practica de la construcción del socialismo.

Este cambio de “Palo pa rumba”, no obedece ni al respeto por la diversidad (en tanto se excluye la de ideas políticas, ni al reconocimiento de un supuesto avance de las ciencias en el terreno de la sexualidad humana, ni al respeto del las libertades de los ciudadanos y mucho menos a una victoria del “amor” como suele declarar los activistas gay que defienden el matrimonio homosexual. Todo esto responde a fines políticos mucho más mezquinos, y que al final son los mismos que intentan introducir en el país, como ya lo han conseguido en otros naciones, la condescendencia con el mariguanuismo.

De lo que se trata con la legalización y extensión de la homosexualidad en Cuba es de adecuarse a la filosofía neomaltusiana por la que rige desde hace décadas la ONU, organización que por décadas ha encontrado en Cuba un país digno de avalar, aunque la mayoría de las estadísticas sobre sus logros sociales provengan de centros investigativos controlados por el mismo Estado. Es la misma organización que al tiempo que se muestra impotente para frenar guerras, enfermedades y hambrunas, desarrolla infinitud de programas encaminados a reducir el crecimiento poblacional y dentro de los cuales la promoción de la ideología de genero y LGTB funciona como más como un medio de esterilización social, que como instrumento encaminado a igualar a los seres humanos por encima de su diferencias de sexos y formas de obtener orgasmo.

Mientras que el gobierno cubano se adapte a esta agenda podrá seguirse contando entre los clientes mejor avalados y favorecidos por Naciones Unidas, la cual pasará por alto sus evidentes violaciones en el terreno de los derechos humanos y la participación ciudadana en la gobernación del país.

En resumen, que en la medida que Cuba se siga abriendo al mundo, nada nos garantiza que en un futuro cercano los discípulos contemporáneos de Malthus no puedan conseguir con la marihuana objetivos muy parecidos a los que ya han logrado en la isla, casi desde principios del mismo proceso revolucionario, con el respaldo de la ONU y la colaboración del Estado, Me refiero a los resultados de esa reprogramación de la conducta sexual de la población cubana que ha terminado por integrar el factor homosexual. Viendo los resultados y a quienes benefician o perjudican, resulta difícil creer que se tratase de un fenómenos espontáneo, por el contrario ha sido diseñado con fines contraceptivos; los mismos que tendría la aceptación de una droga, sabiendo de antemano que miles de hombres y mujeres bajo sus efectos se verán imposibilitados —como ya lo están ya quienes hacen de la promiscuidad o de la homosexualidad identidades naturales e inamovibles— para crear y sostener una familia de tipo tradicional, que es la mejor herramienta inventada, no precisamente Dios, para concebir, proteger y educar la nuestros hijos, en otras palabras, que tiene la humanidad para crecer y multiplicarse.

Por el momento la marihuana, a diferencia de la homosexualidad, no está legalizada en Cuba. Es necesario aprovechar esta situación para crear alianzas entre todos los que dentro o fuera de la Isla comprenden y resisten su amenaza. Una alianza que podría parecer contra natura cuando se comprenden las motivaciones profundas del desencuentro entre la política seguida hasta el momento por la isla y las que llevan a cabo sus regímenes aliados; que van desde la relajación de la persecución del traficante (en muchos casos victimizado por los medios) hasta la aceptación plena de la droga; es el mismo diapasón que se observa al interior de Estados Unidos.

Si la marihuana no se ha convertido todavía en uno de los grandes problemas de la Isla, esto no obedece a que su gobernantes resulten moralmente superiores a los de los países que la circundan; mucho menos porque detrás de su rechazo se cuente con un Ministerio de Salud empeñado sin descanso en la tarea de imponer a otras instituciones como La Aduana y el Ministerio del Interior política que sirva exclusivamente a los intereses de la población.

La Historia ha demostrado que también esos blancos muros pueden caer. En la época de las “vacas gordas” (1976 - 1986), en la que se combinó el subsidio soviético con la aplicación del cálculo económico, el MINSAP pudo anotarse el mérito de convertir a Cuba en una potencia médica. No fue porque lo proclamara Fidel Castro, o lo validaran las siempre cuestionables estadísticas oficiales, sino por que lo sentía buena parte de la población. Pero esto fue convirtiéndose pasado, en la medida en se fueron vaciando de sus hospitales y clínicas del país de especialistas y medicinas en beneficio de campañas internacionales o del turismo de salud. A lo que habría que sumar serios errores administrativos y de corrupción que rara vez asoman a la luz; como los que en enero de 2010 provocaron la muerte de frío y desnutrición de 26 pacientes en el Hospital Psiquiátrico de La Habana. Se trata del mismo centro donde trabaja el Dr. Ricardo González Menéndez, quien a juzgar por las sentencias no estuvo involucrado en la tragedia. Menos mal.

El problema fundamental de la medicina cubana, por el cual dudamos de ella como un aliado eterno en la lucha contra la mariguana, radica en su politización. Para el médico formado en las nuestras academias el ser “revolucionario” e internacionalista resultan requerimientos sine qua non de su sistema de valores, lo que implica el deber de aceptar, de manera a apriorística, la supuesta la justeza del sistema social imperante en la nación, así como defenderlo, identificándose con la política interna y externa de su actual gobiernos (al que se suele apelar entre sus adeptos con el término genérico de “Revolución”), particularmente en lo que se refiere a prestar o ayuda desinteresada a otros países, o cualquier forma de “intercambios mutuamente ventajoso”.

Estos “intercambios” resultan en apariencia motivados por fines filantrópicos, y por tanto resultan difícil de criticar, sin embargo sus razones y con independencia de los seres humanos a los que se beneficien (desvistiendo un santo cubano, para vestir uno extranjero) obedecen motivos mucho más espurios, como pueden ser los de corte propagandístico o incluso económicos.

La cuestión es: ¿cómo actuarían nuestros trabajadores de la salud sin mañana la dirigencia del país considera, como hacían no hace muchos de los izquierdistas que andan por el mundo, con un porro en la boca, gritando la consigna de “Cuba sí, yanquis no” que la marihuana es también revolucionaria? Ya sabemos la respuesta. A propósito de la consignita, , y Silvio Rodríguez repite la gracia durante la inauguración de la embajada de cubana en Estados Unidos, no sabemos si por la convicción de no morirse como vivió o bajo los efectos de la planta cuya legalización defendió el exmiembro de la Asamblea Nacional del Poder Popular, cuando se entrevistó, en su condición de diputado, con el mandatario uruguayo José Mujica en noviembre del 2012.

El tema de la ética médica cubana se nos complica aún mas cuando a partir de las escaseces del llamado período especial el estado comenzó a avalar, a veces muy a ligera, formas alternativas de curación, en la que se incluye desde el uso de yerbajos hasta la acupuntura pasando por el empleo de pirámides, un peligroso precedente que puede facilitar la labor del quienes nos quieran colar el cuento de la marihuana medicinal.

El sistema de salud cubano no podría lidiar con este Caballo de Troya, del mismo modo en que no lo ha podido hacer con la venta por debajo de la mesa y el uso incorrecto de muchos medicamentos.

Recordemos la práctica de consumir de forma indebida drogas legales, que ya tenía lugar desde los años setenta por los jóvenes conocidos informalmente como Friki-Frikis (del inglés freaky), y que tan bien son dibujados en la película de Gerardo Chijona, “Boleto al paraíso”, del año 2010, donde se cuenta la historia real de seis de aquellos muchachos que se infectan voluntariamente de SIDA con tal de no vivir en la calle e ingresar en un sanatorio.

Se trata de un mal que se prolonga hasta nuestros días y sobre el que suelen escribir no solamente los activistas de la prensa independiente, sino incluso los de la oficial como los autores de Alas trágicas para volar, un artículo publicado por Juventud Rebelde el 27 de junio en el que se identifica el uso de psicofármacos, a veces mezclados con alcohol, como una de las formas actuales más frecuentes en de consumo de drogas entre los jóvenes del país.

En esencia, lo que explica la diferencia entre Cuba y los países adyacentes en el tema de marihuana es el hecho de que el poder isleño, a diferencia sus homólogos extranjeros, el poder no isleño no necesita de las drogas para crear una masa mentalmente débil y adocenada, por el contrario, en estos momentos el uso irregular de sustancias psicotrópicas sólo servirían para descomponer los canales de programación social, que con tanto esfuerzo vienen construyéndose en el país desde el inicio de las campañas de alfabetización, el establecimiento del monopolio del partido comunista sobre los medios de producción espiritual y la creación de un aparente sistema de educación universal que hacen de jeringas con las cuales inocular en la población un estupefaciente tan adictivo y efectivo como lo es que es la ideología marxista leninista, el que dude de sus peligros, letales similares a los de cualquier droga que le pregunte a las víctimas de los “brigadistas rápidos”, por no hablar del típico “soldados internacionalista” formado en la isla, sea cubano o no.

Claro está, lo más probable es que la madre de un joven enloquecido por el cannabis, y expuesto a ser baleado en las calles de Estados Unidos por la policía, preferiría cambiar la situación de su hijo por la enajenación de un Elián González, al que el régimen parece haberle sustituido el trauma de su naufragio por el culto a la personalidad de Fidel Castro.

Pero la solución no puede ser el cambio de un mal por otro, sino combatir los dos a la vez, tomando al mismo tiempo lo mejor de aquí o allá, apelando y valiéndonos siempre de la crítica cuando sea científica, sin importarnos si aparece en Granma, o en TV para Cuba, el canal en Youtube del periodista exiliado Jesús Angulo, conscientes de que el futuro de Cuba no puede ser el de un “bravo mundo feliz”, que espera a los norteamericanos cuando se imponga el uso de la marihuana en todos sus estados, ni aquel 1984 que se mantiene en Cuba como triste recuerdo de lo peor del siglo pasado, y mucho menos podemos quedarnos cruzados de brazos frente a la integración de ambos modelos totalitarios al estilo de lo que nos anuncia Equilibrium, aquella película de ciencia ficción estadounidense de 2002, dirigida por Kurt Wimmeen, en la que se describe la distopía de un pueblo dominado a base de droga y represión.

Sin embargo, en un tiempo en los que el presidente de Estados Unidos no tiene reparos en amnistiar traficantes, en que se intenta aflojar la mano con los vendedores de drogas, donde la ciudadanía parece olvidar que al volver legal un mal uso del cannabis, el dinero que hoy ahorra en policías, tribunales y las cárceles, mañana se multiplicará en gastos de hospitales —por no hablar de familias destrozadas y problemas sociales—, cualquier alianza entre los que rechazan las drogas será buena, por más que estos se opongan en otras esferas.

Por todo lo dicho me atrevo a concluir recomendando a los cubanos de Florida que se valgan de la distensión Cuba USA, y conviertan el intercambio que se avecina en algo más que negocio, turismo y pachanga. Construyendo la plataforma de algo que estaría por encima de cualquier diatriba política: una mejor salud de la población en ambas orillas, llevando a la Isla información sobre las consecuencias de la liberalización de la droga en diferentes estados, o de los efectos de su consumo ilegal allí donde aún está prohibida. En este sentido, quien mejor que el Dr. Heriberto Ortiz y el especialista en Adicción Pablo Miret para explicar a los jóvenes de la Isla que no todo lo que reluce en el mundo libre es oro.

Y del mismo modo que se trae a Miami tanto artista, disidente o deportista, bien harían sus autoridades sanitaras en invitar especialistas de la talla del Prof. Ricardo González Menéndez, para que imparta conferencias o asista a tertulias televisivas sobre la legalización de las drogas, ayudando con sus conocimientos y experiencias a construir la muralla de información necesaria para enfrentar la maldad del cannabis. Pero hay que darse prisa, no sea que un día de estos amanezca González Menéndez en plan pijama por haber cambiado el régimen su visión, diciendo sí también a la marihuana.


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Activistas del movimiento Code Pink en la reapertura de la embajada cubana en Washington. (Foto: CODEPINK @codepink | Twitter.)Foto

Activistas del movimiento Code Pink en la reapertura de la embajada cubana en Washington. (Foto: CODEPINK @codepink | Twitter.)