Actualizado: 20/01/2022 14:54
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Emigración

En primera persona

Otro caso de lo que el régimen denomina 'actividad repugnante y dañina'. Otro nombre en 'la lista de Furry'.

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La lista negra del Ministerio del Interior era para mi una cosa cierta, pero no inmediata. Era algo así como una tragedia que no me tocaba directamente. Cuando en ENCUENTRO EN LA RED apareció el artículo La lista de Furry, lo aplaudí. Sin embargo, en mi fuero más íntimo seguí creyendo que ese no era un problema estrictamente personal.

Ya yo había publicado en EER el artículo Deshabilitación de la esperanza —abril de 2004— sobre las arbitrariedades de la política isleña con respecto a la entrada y salida del país. Pero fue un acto de solidaridad y denuncia, y no un presagio de lo que me sucedería.

En dicho texto me refería a las declaraciones de funcionarios cubanos, que excluían de la habilitación del pasaporte a quienes llevaran a cabo alguna "actividad repugnante y dañina": "¿No estaremos frente a un nuevo engaño? ¿No seremos víctimas de otra burla? ¿Y quién asegura, para situar el ejemplo más cercano, que por escribir un texto como el presente no se transforme a su autor en una persona peligrosa, protagonista de una 'actividad repugnante y dañina'?".

Yo me advertía, pero no me convencía. En julio de 2006 viajé a Cuba con absoluta normalidad. Al regreso, como es mi derecho y como me enseñaron en la Universidad de La Habana en el ejemplo del propio Fidel Castro (no olvido el artículo titulado ¡Mientes, Chaviano!), publiqué Muriendo… y no pasa nada, también en EER. La diferencia, por supuesto, era notable. Castro publicó su artículo en Bohemia.

Ahora avisan

El 19 de noviembre pasado, el jefe del Consulado en la embajada cubana en Chile, Rafael Suárez Tabares, me llamó por teléfono para hablar sobre mi situación migratoria. Pude haber dicho que no, que me informara por teléfono, pero preferí ir a la cita. Quería escuchar cómo la opresión se manifiesta en esta nueva modalidad de avisar a un ciudadano cubano que se le prohíbe visitar su país. El testimonio fue frustrante.

"Desde Inmigración nos llegó la comunicación donde se le cancela su visa de entrada a Cuba", dijo, sentado frente a mí, Suárez Tabares. Eran el Ministerio del Interior, la Seguridad del Estado y sus informantes —inmigración sólo envió la nota y quizá fotocopias de mis escritos—, los que habían tomado la decisión.

Me di cuenta que responderle no tenía sentido, pues la discusión hubiera servido para aliviarlo de su vergüenza, del peso que siempre carga el que pone la cara. Con la introducción al breve diálogo manifestó claramente que él sólo ponía la cara. "Le digo esto para que no lo regresen desde el aeropuerto". Entonces le señalé que "ya ha sucedido a otros". Silencio.

Cuando me preguntó si yo sabía el por qué de la decisión de Inmigración, le respondí que "sí, perfectamente". No contestó ni intentó explicarme. Al fin yo comprobaba que mis artículos para ENCUENTRO EN LA RED y mis colaboraciones desde Chile para Radio Martí significan destierro total.

Hay, en efecto, una salvedad. Que esté dispuesto a pedir perdón, o sea, a callarme. No lo voy a hacer. Yo soy periodista, y a eso me debo.

Suárez Tabares estuvo educado, y pensé que quizá porque ya va para viejo o por su experiencia en la diplomacia. Ninguna de las dos. Estuvo educado porque se lo ordenaron. Ser ordenado es su condición inevitable. Pudieron haberle ordenado que me enfrentara, y entonces esta historia hubiera sido otra.

El origen del nuevo método no está oculto. Informar para que no haya más retornados desde el aeropuerto y actuar con mucho tacto y cuidado para evitar escándalos en otros países. La Habana sabe que pisotea una norma elementalísima del derecho humano, de la ciudadanía. Recuérdese que comenzando por aquí se pueden desenterrar otra sarta de violaciones.

Salí del recinto no sin recordarle a Tabares que "Cuba es también mi patria". Confieso que no por esperado dejó de dolerme aquel repentino corte con casi toda mi familia, incluidos mi padre y mi madre, con los amigos que por allá todavía me quedan, con aquel pedazo de tierra que se cuela en nuestros sueños aun sin querer.

El único camino

Si ya en La lista de Furry quedó evidenciado el abuso y la total ilegalidad de la prohibición de entrada en Cuba de uno de sus ciudadanos, lo que se trata de evitar con la nueva modalidad es la reiterada acusación de que La Habana roba dinero incluso a quienes no deja entrar al país.

El autor del artículo citado demuestra que el gobierno no devuelve, en el caso de los retornados, ni uno de los varios pagos en trámites imprescindibles para llegar Cuba.

Otra hipocresía política que en este tema cae el gobierno habría que buscarla en la letanía acusatoria de que Washington obstaculiza los viajes de norteamericanos a la Isla. La Habana no sólo obstaculiza y encarece a todos sus nacionales en el exterior la entrada al país, sino que le prohíbe la patria a no se sabe cuántas decenas de miles de cubanos, con nombres y apellidos.

Marcar al esclavo con un hierro candente —me refiero al carimbo— era una acción que en el siglo XVIII establecía la pertenencia. La lista negra ostenta la misma calidad, pero en sentido contrario, es decir, ella instaura la exclusión, la eliminación y el destierro.

Si algo ha enseñado el sistema imperante casi desde el mismo primero de enero de 1959, es su vocación para buscarse enemigos, fundarles el carácter, constituirlos lentamente, como el alfarero a su barro. Y con el enemigo, crea el odio. El paso siguiente de la Revolución, que ya no es más que una maroma, consiste en justificar su necesidad de defenderse. Esta ha sido su dialéctica, su motor y su círculo vicioso.


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