Actualizado: 24/02/2018 12:28
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Instrucciones para echar gasolina en La Habana a las siete de la mañana (III)

Crónica sobre un viaje reciente a Cuba en cuatro partes

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Tres cuartos de tanque

¿A quién se acusa por andar destruyendo buenos recuerdos?

¿Serán los culpables la avaricia, los costos, la desidia, los inspectores venales? Qué sé yo. Vamos, que ojalá fuera en realidad que “¡el criminal bloqueo imperialista que agrede a nuestro país, etc!” fuera el culpable de que nos hayan servido una chuleta de cerdo podrida —que, colmo de males, se veía apetitosa—, para no tener que culpar por tamaña negligencia al dueño irresponsable de ese restaurante campestre que alguna vez fue muy bueno. Al cabo el bloqueo, como el papel, aguanta todo lo que le pongan.

Solo sé que se tragaron aquel lugar —el restaurante campestre, a La Habana, a Cuba— y lo regurgitaron mediocre, degradado.

No puedo menos que preguntarme si el culpable de tamaña infamia será el mismo que trituró las calles de mi barrio. Mi barrio parece que ha sido bombardeado. Así está desde hace casi dos décadas y sigue empeorando. También talaron los almendros, aniquilaron los ocujes, cementaron los jardines, tapiaron los portales, chapotean en los salideros, verdes de limo, y se cubren con espantosas rejas a medio oxidar.

Y al cine Los Angeles, que parece pasado por cien años de envejecimiento en una máquina del tiempo, ¿quién lo mutiló de esa manera? ¿Habrá sido el mismo que motea las aceras con mierda de perro que al sol se endurece y que la lluvia convierte en parduzca jalea?

¿Alguien? ¿Todos? ¿Cuba? Lo cierto es que esta es una latitud de fin de mundo; todo se degrada, se pudre, se torna en parda y hedionda mancha que la lluvia arrastra por la calle oscura.

La Habana, 28ºC

Me abro paso rumbo oeste por Santa Catalina entre autitos, almendrones, camiones, guaguas, motocicletas y el humo. Hay mucho humo. Y una marea de mujeres hermosas, sensuales, que vadean la mugre de calles y aceras como flores un estercolero.

La Ward conserva su distintivo letrero en cincuentera cursiva. Me distraigo por un segundo, enredado en un par de recuerdos, e invado el borde del carril contrario. Un claxon brama en la distancia.

Además de encontrar dónde ponerle gasolina a su auto, para manejar en La Habana usted necesita un claxon. Pitas, luego existes, parece ser la idea. El que tocó el claxon viene tan lejos que me daría tiempo a hacer dos giros de tres puntos en la avenida, antes de que nos cruzáramos. Pero el sentido de la distancia o la ocasión no parece ser importante para los dueños de los claxons.

Al fin llego a la gasolinera, al final, o principio, de la Avenida de Santa Catalina, que sin los flamboyanes floridos es lóbrega. El tráfico en Boyeros ya es considerable a esa hora, y me alegra ver que hay solo tres autos esperando en el lugar. Me estaciono. No veo empleados. Nadie porta una manguera para inflar neumáticos con aire libremente convertible. El turno de la mañana no ha llegado, me dice un hombre con aire de resignación. Los de por la noche cerraron hace un rato y se fueron, añade una señora, vestida con ropa floreada, que nos observa a mí y a mi auto con expresión de desconfianza.

Tuve la ocasión de explicar —más bien exponer— en esos días, en varias ocasiones, que el problema no es Trump.

El problema, les conté, es ese entre treinta y cinco a cuarenta porciento de los encuestados, esa base electoral de ese presidente, que es incondicional de su ineptitud y que va a seguir ahí, en Estados Unidos, cuando Trump solo sea un mal recuerdo.

Son ciudadanos que consideran que la inmigración es más nociva que beneficiosa, que quieren América para los americanos, les comento. Y hay cierto fundamento en ello, abundo, y los ojos de mis interlocutores se dilatan con la sorpresa.

Estados Unidos, les digo, es el único país del Primer Mundo con una lotería de visas, visas tipo premio que obtiene cualquier persona, sin que medie un análisis de sus méritos como ciudadano, sus calificaciones académicas, sus habilidades personales, sus finanzas. Países como Canadá, Australia, o Nueva Zelanda, por solo mencionar tres naciones de raíz anglosajona, tienen políticas migratorias mucho más estrictas, y a nadie se le ocurre increparlos por ello, les comento.

Pero hay algo más importante, insisto, y me observan ahora en sombrío silencio.

Trump no la tiene cogida con Cuba, ni está pendiente de Cuba, ni le interesa Cuba. Cuba está si acaso en la periferia de la agenda del Gobierno de Estados Unidos, fuera de foco, bien abajo en la lista de “to do” de la actual administración.

Lo que ha ocurrido es que Cuba, y los cubanos, han perdido una parte fundamental de sus privilegios migratorios al derogar Obama, y no Trump, la normativa de “pies secos/pies mojados”. Por esa razón Obama, y no Trump, colocó a Cuba, y a los cubanos, en el mismo lugar en que ya estaba el resto de los países generadores de migrantes del planeta, algo más de un centenar.

Añado que a los cubanos les queda todavía como refugio excepcional la Ley de Ajuste, y que es probable que esta desaparezca a corto o mediano plazo. Y todo será entonces aún peor que ahora, sin importar cuál sea el presidente de Estados Unidos, su política o su raciocinio.

Los presidentes de Estados Unidos, tengan en cuenta eso, les insisto, se ocupan de los problemas de Estados Unidos y hacen lo que consideran mejor para ese país. Le corresponde entonces al Gobierno cubano, y no al de Estados Unidos, arreglar el desastre que se llama Cuba.

Ni el Gobierno cubano, ni los cubanos de cualquier color político, deben esperar que sea Estados Unidos quien resuelva los problemas de Cuba.

Esas conversaciones me confirmaron que la verdad hay que dosificarla, so pena de provocar un choque anafiláctico. La doctrina, toxina mental, actúa como anticuerpo y rechaza de oficio ese tipo de argumentos.

Me pregunto cuál hubiera sido la expresión de la señora de la ropa floreada de haberle yo explicado esa mi versión alternativa a la diaria bazofia con que los alimenta el NTV, Granma y demás, de haberme yo quedado a esperar a que apareciera el turno diurno de la gasolinera de Santa Catalina y Boyeros.

Pero no me quedé.

Lo cierto es que fue muy mala mi decisión de dejar malo conocido por bueno por conocer, de agarrar la vereda, dejar el camino y huir, impaciente, de aquella gasolinera estática y su somnoliento cambio de turno. Tiene uno mucho que aprender de los choferes mansos de La Habana.

Remonto entonces Santa Catalina, cegado por el sol —esta vez voy hacia el este— y la bruma del humo. En Juan Delgado tomo derecha pues Santa Catalina está cerrada por reparaciones hasta 10 de Octubre. Sigo hasta Acosta, por Acosta hasta Diez de Octubre, allí derecha, una cuadra y de nuevo la gasolinera donde ya se había terminado el cambio de turno y solo quedaban un par de autos junto a las bombas.

Bueno, al menos paseé un rato, me digo.

Entro de nuevo al local donde ahora hay cinco empleados. Hay una cola para pagar en la ventanilla, abierta y atendida por la muchacha desaliñada. Les digo que voy a llenar el tanque. El gordo me indica que use la bomba número dos. Hago algo mal y no sale la gasolina. Maldigo, más molesto conmigo mismo que con el engorroso procedimiento.

Ahora es el hipster el que sale de la tienda, con cara de pocos amigos. Hace algo en la bomba, dale ahora, me dice, se da la vuelta y entra de nuevo al local. Ahora sí. Lleno el tanque, le digo al señor de la manguera de aire que no, gracias, no necesito aire, le digo que sí a un muchacho que se lanza a limpiar los cristales del auto, y entro el expendio a pagar mi consumo.

Cuarenta y siete CUC, dice la muchacha desde la ventanilla, y le pide al seudo hípster que me atienda. Este extiende la mano, cuarentisiete, me dice.

Saco la billetera y solo tengo diecisiete CUC porque, me cago en el mercado negro de cambio de moneda, se me había olvidado cambiar dinero…


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La Habana (foto: Alex Heny).