Actualizado: 15/12/2017 17:30
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Instrucciones para echar gasolina en La Habana a las siete de la mañana (IV)

Crónica sobre un viaje reciente a Cuba en cuatro partes

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Tanque lleno

Para mi sorpresa y desencanto, el sandwich cubano que comía en La Habana, tal y como lo recordaba —generoso, de dos pulgadas de alto, pan tostado, jamón firme y lleno de sabor— ha sido sustituido en muchos lugares con el llamado Elena Ruth, Elena escrito con H, y Ruth pronunciado como Ruz, horror de apellido para cualquier cosa, aunque sea un emparedado.

En lugar de pavo, que es el ingrediente original, le ponen pechuga de pollo, igual de seca e insípida. Le sugiero a mis invitados, mientras leemos el menú en una cafetería en Primera y algo, en Miramar, lugar con una decoración sui generis, con muy buen café y una oferta interesante —para variar, no recuerdo el nombre del lugar— que pidan le pongan jamón en lugar del pollo, y parece gustarles la idea.

En mi casa, mucho antes de que yo supiera que una Elena Ruth se comía las sobras del pavo de Thanksgiving con mermelada de fresa y queso crema, mi madre preparaba “discos voladores”, bien tostados, con dulce de guayaba en lugar de mermelada de fresas, queso crema y jamón viking —viki viqui, biqui, biki—, que yo no sé a derechas cómo se escribe el nombre.

Juana Bacallao, y no Helena o Elena Ruth, me gustaría como nombre para esa variante de más sabor que merendábamos en mi casa, salao con dulce tropical, muy de La Habana, muy de mis días en La Habana.

Pero tengo la impresión de que, en la búsqueda de lo diferente —y que, por el bien de la buena competencia, así sea—, Elena Ruth, con H y apellido infamante, seguirá invadiendo los menús de esos pininos de buen capitalismo que son las cafeterías habaneras que, importadas de Miami, han proliferado en La Habana como el salpullido en verano.

Esa tarde, ya solo en el auto tras dejar a mis invitados en sus casas, hice un alto en un paso peatonal.

Una señora atraviesa la calle. Camina lento, con un fatigoso bamboleo. Pasa frente al auto sin mirarme. Enciendo el radio. Un hombre con voz engolada y tono aleccionador dice que no podemos vivir un día sin Fidel. Me apresuro a oprimir la tecla de búsqueda de estaciones.

La señora ya casi llega a la seguridad de la acera opuesta. Ahora cruza un hombre que mira en mi dirección por encima de sus espejuelos oscuros.

En el radio, en otra estación, otra persona dice que el Ballet Nacional de Cuba también participará en los homenajes por el aniversario del tránsito de Fidel hacia la eternidad.

Los angustiosos eufemismos, símiles y metáforas para sustituir “Fidel está muerto” parecen no tener fin. De las loas hiperbólicas y la beatificación en curso, mejor ni hablar. Solo diré que hay un repugnante tufo norcoreano en todo lo que concierne a los hermanos Castro.

Oprimo de nuevo el botón de búsqueda en el radio. Dice, ahora una mujer, que a Fidel le han otorgado un doctorado honoris causa post mortem en una universidad nicaragüense.

“Manda pinga...”, murmuro, y apoyo la cabeza en el volante. El hombre curioso de los lentes de sol confunde mi gesto de hastío, acelera el paso, y deja la vía libre.

Acelero con innecesaria brusquedad y me lanzo a atravesar la humareda.

La Habana, 33ºC

“¡Cacha, mira esto: ESTE no tiene dinero para pagar!”

Cacha es la cajera somnolienta; el que grita —porque fue un grito, no una exclamación— con una nota de histeria en la voz, es el seudo hípster; y “este”, pues soy yo.

Con la billetera en una mano, los diecisiete CUC en la otra, trato de reprimir el familiar calor que se extiende por el diafragma, me calienta el pecho, sube por la garganta, hace que me sonroje —lo sé sin que haya espejo— y socava mi raciocinio. Que no puedo perder la calma, coño. Bajo la vista un momento. Inhalo profundamente, exhalo suavemente. Me concentro en el centro de mi cuerpo. Cuento hasta tres, luego hasta cinco, y diez.

Todo para poder mirar a los ojos del energúmeno, con falsa calma, y responderle en voz baja.

“Yo SÍ tengo dinero para pagar”, le digo, y muestro el borde de la billetera por donde se asoman dólares de diferente denominación. “Lo que no tengo son CUC”. La palabra CUC me sale con cierto desdén que me gustaría evitar, pero es ese calor traicionero, que me hace hacer tonterías.

“A ver…”, dice el muchacho. Extiende el brazo con rapidez, trata de hacerse con mi billetera.

Muevo la mano en que sostengo la billetera y la pongo fuera de su alcance. “Calmado, chama, calmado…”, le digo en voz aún baja, y el seudo hípster retira su mano lentamente. Inhalar, exhalar. “A ver, ¿dónde puedo cambiar dinero por aquí cerca?”, le pregunto. “¿A esta hora? En ningún lugar…”, responde con voz chillona e innecesariamente alta. Y lo acompaña con un mohín de disgusto ante mi ignorancia de cosas tan elementales como a qué hora abren los lugares que cambian dinero por papelitos.

“¿Cuánto le falta?”, tercia entonces Cacha que, mientras atendía a los que pagan por la ventanilla, algunos con efectivo, otros con tarjetas, mantenía un ojo en nuestro intercambio. “Uff… ¡Un camión de dinero!”, le responde el empleado con un alambicado aspaviento, que termina colocando las palmas de sus manos sobre el mostrador. Bajo el cristal hay cosas para la venta que no atino a identificar.

La muchacha deja la ventanilla, sin cruzar palabra con los que esperan su turno para pagar, y que ahora miran con curiosidad lo que sucede de este lado de los cristales. La cajera trae una calculadora en la mano. El muchacho se hace a un lado y Cacha ocupa el lugar que este dejó libre, frente a mí.

“A ver… Son cuarentisiete, tiene diecisiete, debe treinta…”, oprime con destreza las teclas de la calculadora. “Le voy a comprar los dólares a noventa y tres centavos”, me propone a media voz. El precio es bueno, lo sé de mi experiencia previa con la compra de CUC en el mercado negro de divisas. Asiento, aliviado. Me dice una cifra, le entrego el dinero y me devuelve tres dólares. “Y le debo los centavos…”, añade. “Usted es una persona lista…”, le respondo mientras coloco los billetes en la billetera. La muchacha no dice nada y solo me mira inexpresiva.

“Oye”, le digo entonces al muchacho, que en silencio había presenciado la transacción, “Treinta CUC no es un camión de dinero: no te da ni para una bicicleta”. Antes de terminar de decirlo ya sabía estaba hablando de más. Que debía haber dado por terminado el incidente y haberme marchado en silencio; al cabo era mi culpa no haber tenido el dinero necesario listo para pagar por la gasolina.

Además, qué coño hago yo a las siete de la mañana de un lunes en La Habana, casi en Acosta y Diez de Octubre, respirando vapores de diesel, comenzando a sudar el día, protagonizando un pequeño espectáculo que alguno de los empleados o clientes contará en la sobremesa de esa tarde. Un tipo ahí, tú sabes, se creen mucho, vienen de allá, tienen cuatro pesos, se creen mucho esos tipos.

“Ah, ¿si? Será poco para ustedes, porque para nosotros, aquí, sí es mucho dinero”, respondieron casi al unísono Cacha y el muchacho. Eso. You had it coming. Tu echa gasolina a su manera, la complicada, paga lo que debes, perdona la tontería ajena, restringe la propia, y vete al carajo. Zen es la idea, consorte del carrito azul. Zen.

Pero la moderación no es la mejor de mis virtudes.

Ya no respondí pues no había más que decir. Les di la espalda y salí del expendio, sin darle otra oportunidad a ese calor, siempre inoportuno, a jugarme otra mala pasada.

“Señor, ¿no tiene otra cosa? Porque con esto no hago mucho…”, me dijo el hombre que había limpiado los vidrios del auto, cuando le di un dólar. “No, mi amigo, lo siento, no tengo otra cosa…”.

Le palmeé el hombro, me subí al auto y me alejé de la gasolinera, dando tumbos en las calles minadas de baches —la turbulencia, le llama mi papá—, bajo la mirada curiosa de los choferes que, pacientemente, esperaban su turno para pagarle la gasolina a Cacha, la cajera lista, en la ventanilla del expendio del CUPET-CIMEX Lagueruela, en Diez de Octubre y Consuegra.

***

Mientras esperaba la hora de tomar el avión de regreso a Nueva York, tuve una placentera conversación de casi tres horas con mi hija y mi yerno sentados en una cafetería de la Terminal 3 del aeropuerto José Martí. En el ínterin me comí dos sándwiches, bien tostados, y me tomé cuatro o cinco cafés dobles, cortados.

Tras dos horas y cuarenta y cinco minutos de vuelo, mi primera acción en el JFK, antes de pasar por la aduana —How is family? And the old country? Welcome home...— fue un mensaje de texto a mi esposa, “Llegué”, y otro con un selfie de mi cara sonriente a mi hija menor.

La segunda, y con urgencia, fue ir al baño a orinar. Como les decía, no voy a comentar lo obvio.

Mi esposa y mi hijo me recogieron fuera de la terminal 5 de JFK. Abrazos y besos. Miré de reojo el indicador de la gasolina. El símbolo que advierte que el nivel de combustible está peligrosamente bajo estaba encendido.

“Hay que echar gasolina…”, me dice mi esposa, al tanto de mi mirada.

“No me digas…”, digo en tono angustiado.

“¿Qué pasó?”, me preguntó alarmada mi esposa.

“Nada, no pasa nada…”, y sonrío.

Mi hijo parlotea en el asiento trasero. Me reclino en el asiento, bajo el vidrio de la ventanilla, y respiro el aire frío, fresco. “Es Nueva York, hay ocho grados centígrados…”, digo sin dirigirme a nadie en particular.

“Anjá…”, responde mi esposa, mirándome de soslayo, entre burlona e intrigada.

La silueta de Manhattan se perfilaba a varios kilómetros de distancia en el aire transparente de la noche. A mi esposa le tomó unos tres minutos llenar el tanque de combustible en una gasolinera cualquiera, cuyo nombre nunca sabré.

De nuevo en modo Zen, estoy en casa.


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La Habana (foto de Alex Heny).