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Martí, Nacionalismo, Radical

José Martí y el nacionalismo radical cubano (II)

Segunda y última parte de este trabajo

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Explicar la independencia de Cuba no como el objetivo principal martiano, sino como un objetivo intermedio, como un medio, y no como un fin, es algo propio de la interpretación del pensamiento martiano por el radical-nacionalismo surgido luego de haberse conseguido esa independencia, que para entonces había quedado mediatizada por la interferencia americana.

En esencia para el Sarracino militante en esa tradición radical-nacionalista, castrista, si Martí perseguía la separación de Cuba de España no era tanto por conseguir una Cuba independiente, sino para salvar a Nuestra América de los planes expansionistas de Estados Unidos. Había que independizar a Cuba y Puerto Rico, pero para en ellos establecer un Estado tapón entre los americanos y Nuestra América, una especie de Marca Militar fronteriza.

En la interpretación de nuestro autor, y en general en la radical-nacionalista, por tanto, la política exterior de Martí es reducida a un mero intento de equilibrar físicamente a Estados Unidos, y su desafío fundamental no es derrotar a España, sino hacerles entender a hispanoamericanos y europeos lo conveniente, para evitar los citados planes expansionistas de los americanos, de que Cuba y Puerto Rico se independizaran de España.

Por cierto, no queda para nada claro cómo a los ojos de hispanoamericanos y europeos ambas islas independientes se convertirían en un más eficiente valladar a las aspiraciones expansionistas americanas. Téngase presente que al alcanzar a constituirse en repúblicas independientes Cuba y Puerto Rico no llegarían a contar con más de dos millones y medio de habitantes, y que de ningún modo podrían poner sobre las armas el cuarto de millón de soldados que poco después movilizó hacia ellas España, nación que por demás para 1894 todavía contaba con una marina de guerra superior a la americana. Si el asunto era contrapesar físicamente a los americanos, sin duda para hispanoamericanos y europeos era evidente que mejor esas islas permanecían ocupadas por el poderoso Estado español, y no por dos minúsculos estados sin marina.

Sarracino convierte a Martí en un redomado inconsecuente, porque desde esa premisa del equilibrio en un solo sentido que le adjudica a su juego geopolítico lo más razonable habría sido compartir la idea que tenían la mayoría de los iberoamericanos, no pocos cubanos autonomistas, y la de las principales cancillerías europeas: la de que fuera de la órbita española Cuba necesariamente gravitaría hacia el Monstruo Americano, y que por lo tanto mejor permanecía sin salir de ella. O sea, en la versión sarracina Martí o es un arbitrista inconsciente, que se atreve a arriesgar el futuro de la nacionalidad cubana en una alocada guerrita latinoamericana, o es un solapado agente anexionista…

Esta cantidad en aumento de incongruencias dentro de la interpretación martiana de Sarracino tiene su causa en que en el Convento de Estudios Martianos en particular, y desde el pensamiento radical-nacionalista, en general, no interesa entender a Martí, solo usar su nombre, su prestigio[1], para justificar al régimen político-económico totalmente anti-republicano, el eterno estado de ciudad sitiada, establecido por el castrismo, pero ya propuesto por el radical-nacionalismo desde Guiteras. Vendérselo a los latinoamericanos como una necesidad, aceptada por los sacrificados hermanos cubanos para poder servir como la barrera, como el Estado tapón, que detiene y los salva del imperialismo yanqui.

En verdad la idea de Martí del equilibrio de los campos de poder mundial sobre la puntual Isla de Cuba era algo más complejo, y no compartía la visión sarracina, profundamente maniquea, de contrapesar a los yanquis, y ya. La fundamental diferencia es que Martí no hace una geopolítica para evitar que Estados Unidos pueda cumplir determinados planes expansionistas a gran escala en el hemisferio, sino para conseguir en primera instancia un movimiento de la opinión en Occidente, y al interior de la misma España, que favorezca el que Cuba se separe de España sin someterse a una guerra total como la anterior, y en segunda para de alguna manera conseguir que tras la separación Estados Unidos, Inglaterra y Alemania no interfieran en el establecimiento de un Estado independiente en el archipiélago cubano.

Cabe afirmar que Martí, hombre de su tiempo, no de 1901, 1926 o 1960, a quien menos temía era a los americanos. Eran, recordemos, tiempos de política de fuerza bruta, en que las potencias europeas no tenían remordimientos en reunirse, como en Berlín en 1885, a repartirse entre ellas a todo un continente, cual si de un cake de cumpleaños se tratara —Estados Unidos no participó de manera efectiva en esa conferencia, y mucho menos en el reparto. No era por tanto Estados Unidos el principal enemigo de América Latina en 1890, año de publicación del ensayo “Nuestra América”. Lo era la Europa que acababa de dividirse a África y que mañana podía hacer lo mismo con América, bajo la muy legitima justificación, en ese entonces, del despoblamiento y la necesidad de usar los muchos recursos subutilizados del continente americano para alimentar al Dios Progreso. Una Europa con un poder tecnológico y demográfico que superaba de manera abrumadora a la casi despoblada, y muy atrasada, América Latina —en 1890 Francia, la gran potencia europea menos poblada, contaba con 35 millones de franceses, unos cuantos millones más que la población de toda América del Sur.

Por ello es que Martí habla en el primer párrafo de “Nuestra América” de los gigantes de las siete leguas, no del gigante de las siete leguas, como si ya lo hace en el segundo párrafo, para referirse a la actitud que deberán tomar las repúblicas latinoamericanas si es que uno de esos gigantes viniera sobre ellas. Por eso también, en clara referencia a la Conferencia de Berlín, de la que lo separaba entonces solo un lustro, habla de la pelea de los cometas, que dormidos van por el cielo engullendo mundos. En este caso continentes.

La política exterior de Martí incluye varios equilibrios bidireccionales, no uno solo. Consiste en un fino cálculo dialéctico, que va más allá del intento de contraponer el mundo a un vecino malévolo, visión a la cual Sarracino y su tradición radical-nacionalista reducen la geopolítica martiana. Un vecino malévolo al cual quizás no muy erróneamente se le adjudican determinadas aspiraciones, pero que en 1895 tiene unas posibilidades físicas de realizarlas muy limitadas[2]. Pero la principal barrera para esas aspiraciones está, como veremos, nada menos que en la propia naturaleza del ideal político sobre el que se sustenta ese vecino, malévolo. De hecho es al tener en cuenta la particular naturaleza republicana de Estados Unidos que Martí cree realizable su idea de independizar a Cuba y Puerto Rico, a pesar de las aspiraciones imperialistas que en ese vecino puedan anidar. Algo que, por supuesto, en la tradición de pensamiento nacionalista, y en especial en el beato Convento Castrista de Estudios Martianos, nunca se estará dispuesto a reconocer.

Para entender esto debemos enfocarnos en qué le propone en verdad Martí a Europa. Esa propuesta está contenida en un párrafo del “Manifiesto de Montecristi”:

“La guerra de independencia de Cuba, nudo del haz de islas donde se ha de cruzar, en plazo de pocos años, el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas, y al equilibrio aún vacilante del mundo. Honra y conmueve pensar que cuando cae en tierra de Cuba un guerrero de la independencia, abandonado tal vez por los pueblos incautos o indiferentes a quienes se inmola, cae por el bien mayor del hombre, la confirmación de la república moral en América, y la creación de un archipiélago libre donde las naciones respetuosas derramen las riquezas que a su paso han de caer sobre el crucero del mundo.”

Martí le propone a Europa una nación fuerte, con intereses semejantes a los europeos en contener a Estados Unidos, situada en una isla con maravillosos puertos a medio camino entre ese país y el canal que se construye, pero que por entonces todavía no es americano. Pero: ¿Por qué los europeos preferirían a esa isla independiente en lugar de española? Quizás porque Martí cree, y quiere hacer que los europeos compartan su creencia, en que tras abrir la Isla al mundo, y sobre todo a las grandes emigraciones europeas, como por entonces sucede en Argentina, Brasil y Uruguay, Cuba podría llegar a un crecimiento económico y demográfico sostenido, que le permitiría fortalecerse hasta el punto de poder defender su territorio mejor que bajo el decadente dominio colonial español, y la sombrilla de su ejército y armada[3].

No obstante, hay que admitir que ninguno de esos desarrollos ocurriría de inmediato, y debía de ser muy ingenuo Martí si hubiera creído que con esos sueños utópicos se ganaría el apoyo de las cancillerías europeas, y su consiguiente presión sobre Madrid para que le concediera la independencia a Cuba, sin llegar a convertirla en el erial en que terminó convertida.

Tenía que haber algo más, clave en las ideas martianas, para que diera por factible el que tras Cuba separarse de España ni fuera recolonizada por Alemania o Inglaterra, ni pasara a manos de Estados Unidos.

Lo que explica la confianza de Martí en que se podía alcanzar la separación de Cuba de España, sin que ello implicara la recolonización de la Isla por alguna de las potencias europeas, o la anexión a Estados Unidos, es su creencia en que este último país, por su propia naturaleza de república, basada en los valores de la democracia liberal, y por su propio discurso adoptado a lo largo del diecinueve, de presentarse a sí mismos como los campeones defensores de los valores republicanos, liberales y democráticos en el hemisferio occidental, no podrían atacar a otra república que demostrara fehacientemente constituirse sobre esos mismos valores. Lo escribirá más claramente a pocas horas de su muerte, en su último texto conocido, su inconclusa carta a Manuel Mercado[4]:

“La guerra de Cuba… ha venido a su hora en América, para evitar… la anexión de Cuba a los Estados Unidos, que jamás la aceptarán de un país en guerra, ni pueden contraer, puesto que la guerra no aceptará la anexión, el compromiso odioso y absurdo de abatir por su cuenta y con sus armas una guerra de independencia americana.”

Para Martí, la misma esencia del discurso sobre el que sostiene Estados Unidos su aspiración a extenderse por todo el hemisferio le impide enfrentar directamente a un pueblo americano que luche por su independencia. Se presenta la nación estadounidense como el campeón defensor de la libertad hemisférica, libertad en su imaginario inmanente a América y su historia de poblamiento. No puede por tanto ir contra ese discurso, y atacar a un pueblo americano que también busque esa independencia con el deseo y el valor suficientes, y que se sustente sobre los principios sobre los que basan su pretendida superioridad ante la monárquica Europa.

Es precisamente este convencimiento martiano el que nos permite afirmar que Martí no era un arbitrista de café, pero tampoco un castrista, o mejor, uno de sus antecedentes adscritos al irredentismo manigüero. El que nos permite comprender también por qué para él los europeos iban a preferir una República de Cuba, independiente, liberal y democrática, casi despoblada, a una Cuba Española. El hecho es que si ante alguien proyectaban los americanos ese referido discurso auto legitimador era precisamente ante Europa, y en Europa estaban muy claros de ello.

Por tanto para Martí, que sabía del convencimiento europeo en la precariedad cada día mayor de la dominación española en la Isla, y de la alta probabilidad de que Cuba derivara hacía Estados Unidos, mediante una venta, o cesión, resultaba factible venderle a las cancillerías europeas la posibilidad de una salida alternativa, para evitarlo. Bastaba con levantar una sublevación de los cubanos en Cuba, y con darle a esta un claro carácter republicano. Ese carácter republicano le garantizaría a los europeos la posibilidad de un Estado independiente, no unas dependencias americanas, en las recién separadas islas de Cuba y Puerto Rico. Y es que para Martí, los europeos estaban claros de que los americanos estaban obligados, por el propio discurso autolegitimador con que se presentaban ante ellos, a respetar y a defender una República Cubana virtuosa, que cumpliera a rajatabla con los principios democráticos liberales; obligación que por el contrario no tenían con una colonia de una monarquía europea venida muy a menos, por demás a la vista de sus mismas costas.

Cuba, por lo tanto, para unas cancillerías europeas que no estaban tan dispuestas a iniciar por ella una guerra del otro lado del Atlántico, aunque tampoco podían ver con buenos ojos su traspaso a manos americanas, tendría más posibilidades de permanecer fuera de las manos de Washington como república independiente y virtuosa, que como dependencia colonial de una España que retrocedía por días. Al menos esto es lo que creía Martí pensaban esas cancillerías, o lo que podría hacérseles pensar[5].

En definitiva es cierto que ante un sector clave de la opinión pública europea —sus crecientes sectores progresistas de clase media, con ideales y aspiraciones republicanas—, Estados Unidos tenía que mantener limpio su historial de grandes defensores del ideal republicano, de gobierno independiente del pueblo, por el pueblo, y para el pueblo. Porque era gracias al apoyo de esos sectores que podían aspirar a ir ascendiendo poco a poco, por entre las contradicciones entre las superpotencias europeas, para hacerse un lugar entre ellas. A contrapelo de lo interpretado por Sarracino, Martí con lo que menos contaba era con el poderoso armamento europeo, o con sus ingentes flotas para equilibrar a Estados Unidos. En lo fundamental contaba con la influencia de ese mencionado sector de la opinión pública europea, el sector de opinión pública más importante de la época, para obligar a nuestros vecinos del Norte a no traicionar su propio discurso autolegitimador.

Tal designio de Martí, de aprovechar los mismos principios republicano-liberal-democráticos sobre los que se asienta Estados Unidos, para defenderse de cualquier amenaza a nuestra independencia que naciera desde esta nación, e incluso de las amenazas que nacieran desde otras, queda aún más claro en un fragmento de su obra con el cual Sarracino necesariamente tuvo que trabajar bastante en sus estudios del caso Cutting[6], y al cual, de manera inexplicable, y no por dislexia, el autor no logra sacarle todo lo que tiene. Me refiero a aquel en que Martí escribe:

En los Estados Unidos se crean a la vez, combatiéndose y equilibrándose, un elemento tempestuoso y rampante, de que hay que temerlo todo, y por el Norte y por el Sur quiere extender el ala del águila, —y un elemento de humanidad y justicia, que necesariamente viene del ejercicio de la razón, y sujeta a aquel en sus apetitos y demasías. Dada la dificultad de oponer fuerzas iguales en caso de conflicto a este país pujante y numeroso, es útil irle enfrenando con sus propios elementos y procurar con el sutil ejercicio de una habilidad activa, que aquella parte de justicia y virtud que se cría en el país tenga tal conocimiento y concepto del pueblo mexicano, que con la autoridad y certidumbre de ellos contraste los planes malignos de aquella otra parte brutal de la población, que constantemente se elabora por la seguridad de la fuerza y el espectáculo del éxito: a un informe falso, un informe verídico: a un artículo avieso, un artículo en que se exhibiesen las razones de él, o se denunciaran sus errores. A diarios hostiles, un diario defensor. A libros enemigos libros justos. Todo en la lengua hostil, con prudencia a la par que viveza. En suma, un estandarte permanente, clavado en el campo que pudiera convertirse en enemigo[7]

Martí considera que el mejor modo de que México, y en consecuencia una futura Cuba independiente, detengan los intentos americanos de hacerlos desaparecer como unidades políticas independientes, está en que logren usar a su favor los principios republicano-democráticos que los americanos daban por los fundamentos de su existencia como nación.

¿Con qué debía cumplir dicha República Cubana para poder sacar todo ese provecho de la naturaleza republicano-democrática de Estados Unidos? Aquí me permito citar un fragmento de una carta de Martí a Gerardo Castellanos, que alguien como Roig de Leuchsenring dio por suficientemente buena como para citarla a su vez:

No hay más modo seguro y digno de obtener la amistad del pueblo norteamericano que sobresalir ante sus ojos en sus propias capacidades y virtudes. Los hombres que tienen fe en sí, desdeñan a los que no se tienen fe; y el desdén de un pueblo poderoso es mal vecino para un pueblo menor. A fuerza de igualdad en el mérito, hay que hacer desaparecer la desigualdad en el tamaño. Adular al fuerte y empequeñecérsele es el modo más certero de merecer la punta de su pie más que la palma de su mano. La amistad, indispensable, de Cuba y los Estados Unidos requiere la demostración continua por los cubanos de su capacidad de crear, de organizar, de combinarse, de entender la libertad y defenderla, de entrar en la lengua y los hábitos del Norte con más facilidad y rapidez que los del Norte en las civilizaciones ajenas. Los cubanos viriles y constructores son los únicos que verdaderamente sirven a la amistad durable y deseable de los Estados Unidos y de Cuba[8].

Es este en esencia la estrategia geopolítica martiana, mediante la cual se proponía lograr la independencia de Cuba. Que al final no rindiera todos los resultados que se propuso su inspirador no lo demerita, sin embargo, como a todo plan al que siempre las circunstancias superarán, y al cual sus impulsores deberán corregir sobre la marcha. No debemos nunca dejar de comprender que era una estrategia trazada sobre las circunstancias de un hombre que murió en mayo de 1895, cuando el Canal de Panamá era todavía un sueño y estaba en manos francesas; tres años antes de que los marinos ingleses estacionados en Hong Kong, al ver partir a la escuadra americana con destino a Filipinas, se dijeran entre ellos que aquella iba a una segura derrota, al atreverse a enfrentar a una nación que contaba con una mucho mayor tradición naval; y cinco años antes de que su compatriota José Ignacio Rodríguez, uno de nuestros más preclaros anexionistas, escribiera un libro desengañado, con el fin de demostrar que lo que se proponían hacer McKinley y su camarilla con Cuba, y ya hacían con Puerto Rico, nada tenía que ver con las aspiraciones, los sueños que habían inspirado el ideal anexionista en miles de buenos cubanos durante todo el siglo.

No obstante es imprescindible agregar que aunque en sus planes latinoamericanos Martí tuviera un claro fiasco, no ocurrió así con el factor central sobre el que se desenvuelve su estrategia política: aprovechar el discurso auto legitimador de los americanos para independizar a la Isla y luego sostener a una futura república cubana. Porque si algo contuvo a McKinley y su camarilla imperialista de alcanzar a hacer lo mismo con Cuba que con Puerto Rico, o Filipinas, fue la demostración que ante las opiniones públicas europeas y americana dieron los cubanos de su decisión de vivir independientes, según los modos republicanos. De hecho, como calculó Martí, si los europeos se abstuvieron de involucrarse en apoyo de España estuvo dado por la Resolución Conjunta, que declaraba la intención americana de intervenir en la guerra en Cuba solo para asegurar su independencia. Porque desengañémonos, esa declaración tenía como destino principal precisamente al público, y a las cancillerías europeas —no la opinión interna de la Unión Americana, como sostiene la historiografía tradicional.

Esto nos deja ante otro de los aciertos martianos, del cual el radical-nacionalismo, y el castrismo, con su apuesta total por el unanimismo político y los mandos militares únicos a lo Céspedes o Maceo, ha preferido no darse por enterado. Martí estuvo en lo correcto al suponer que el lograr la independencia solo podría conseguirse si la revolución asumía un gobierno republicano, aunque ello implicase un cierto entorpecimiento de las acciones militares, y disminuyera la efectividad combativa del Ejército Libertador. Solo así se conseguiría “obligar” a los americanos a respetar a la naciente república, y a los europeos a no meterse en problemas, al desafiar al Campeón de la Libertad y las Democracias en el Hemisferio Occidental.

Por tanto la respuesta es no: el radical-nacionalismo surgido como resultado de la Enmienda Platt, y su evolución más acabada posterior, el castrismo —un desarrollo a su vez del Guiterismo—, no es la única evolución posible del pensamiento y la obra martianos. De hecho hay demasiadas diferencias claves como para que se pueda sostener una continuidad entre Martí, y el radical-nacionalismo anti-plattista, cuya culminación es el castrismo.

En primer lugar el radical-nacionalismo, por tal de conseguir la independencia absoluta, está dispuesto a llegar a cualquier sacrificio, incluido el incendiar a la Isla de una punta a la otra, o a hacerla hundir en el mar. Martí nunca llegó tan lejos, y de hecho una de sus preocupaciones constantes es que la guerra que levantaba fuera “civilizada y breve”, y no dejara detrás un erial. En segundo, Martí no considera a Estados Unidos como el obstáculo por antonomasia a la independencia de Cuba y Puerto Rico, sino más bien como el factor determinante para el logro de esa independencia en un mundo, el de 1894, en que los estados minúsculos solo existían por la buena voluntad de un vecino poderoso, o los equilibrios de poder a su alrededor. Relacionado a esto está el compromiso de Martí con los valores republicanos y liberales, que incluso en la misma guerra consideraba vitales para el logro de la independencia, muy al contrario de la tradición radical-nacionalista, la cual con el castrismo ha llegado a la idea contraria, o sea, que la independencia de Cuba solo puede sostenerse sobre el estatismo y el unanimismo político más absolutos, sobre el país convertido en campamento, a las órdenes de algún “Máximo Líder”.

Por tanto no, Martí no es el antecedente intelectual de Fidel Castro.


[1] Martí, que en realidad no es el más grande de los pensadores cubanos de nuestro periodo colonial, ni mucho menos, ha sido convertido por los cubanos, sin embargo, en una especie de Dios Civil. Alguien con todas las respuestas, infalible, cuyos planes solo pudieron fallar por su temprana muerte y la traición a su alrededor.

[2] En vida de Martí lo único que podían hacer los americanos, más allá de México o de la región del Caribe y Centroamérica, era intentar, por la vía diplomática, establecer uniones monetarias o aduaneras en el Hemisferio, cual hicieron en 1889 con la Conferencia Panamericana. No en balde poco antes de esa fecha el presidente del comité de asuntos navales del Congreso había predicho que en caso de que la totalidad de la flota americana se hubiese enfrentado en mar abierto al recién adquirido acorazado brasileño Riachuelo, ninguno de esos barcos regresaría a puerto.

[3] En los cálculos de Martí estuvo siempre presente su errada subvaloración de la capacidad de España para poner sobre la Isla a un ejército tan considerable como el despachado durante la Guerra Grande. En ese error de cálculo fue determinante lo sucedido durante la I Guerra del Rif entre 1893 y 1894, cuando a sus puertas España no fue capaz de responder con rapidez y contundencia a la amenaza que por esos días padeció su enclave africano de Melilla, a la vista de la Península.

[4] Contrario a lo que creemos los cubanos la citada carta no termina en el conocido: “En silencio ha tenido…” Lo que sucede es que los cubanos somos gente muy impresionable, y después de leer esa línea ya no podemos seguir con la lectura.

[5] Los cubanos hemos convertido a Martí en una especie de Divinidad Nacionalista, que no se equivocaba, y era capaz de ver el futuro con absoluta claridad. La realidad es que muchos de los supuestos sobre los que Martí armó sus planes se demostraron completamente erróneos.

[6]José Martí y el caso Cutting, Rodolfo Sarracino, Centro de Estudios Martianos, 2004.

[7] Carta de José Martí del 8 de enero de 1887, desde Nueva York, al director de El Partido Liberal, publicada por ese diario el 28 de enero de ese mismo año. Esta carta no aparece en las Obras Completas. La hemos consultado en la versión digital de Colección de Archivos. José Martí en los Estados Unidos. Edición Crítica, tomo II, del Centro de Estudios Martianos, a cargo de Roberto Fernández Retamar y Pedro Pablo Rodríguez.

[8] Fragmento de la carta que José Martí le hiciera llegar a Gerardo Castellanos con fecha 9 de agosto de 1892, a modo de instrucciones para su misión secreta en Cuba. Cita tomada del ensayo Ideario de la Revolución (de 1895), de Emilio Roig de Leuchsenring. En Cuadernos de Historia Habanera, 1945.


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