Actualizado: 12/07/2024 0:11
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Radical, Martí, Nacionalismo

José Martí y el nacionalismo radical cubano (I)

Este trabajo aparecerá en dos partes consecutivas

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Sufrimos una tradición de pensamiento para la cual los problemas de Cuba tienen su causa en nuestra cercanía geográfica a Estados Unidos, y su solución en distanciarse de ellos —si no en hacerlos desaparecer, al menos en la manera en que han estado constituidos económica, política y socialmente durante los últimos 124 años. Una tradición de nacionalismo radical establecida en medio de la Primera Intervención Americana, evolucionada más tarde en castrismo, la cual se ha presentado a sí misma, desde sus inicios, como heredera o más bien como creatura del pensamiento martiano. Pero cabe preguntarse: ¿es esto último cierto?

Usemos la interpretación del pensamiento y la obra martianas por un representante de esta tradición, preferiblemente de los más abiertos de mente, para alcanzar a descubrir si realmente el radical-nacionalismo cubano, y en especial el castrismo, no son otra cosa que la única evolución consecuente del pensamiento y la obra de José Martí. Rodolfo Sarracino es un viejo diplomático castrista reciclado en investigador, en el Centro de Estudios Martianos. En su libro José Martí, cónsul argentino en Nueva York (1890-1891). Análisis Contextual, parte de una idea acertada: “…(Martí) estaba plenamente convencido de que la guerra necesaria no se decidiría solo en los campos de batalla, sino, casi en pareja medida, también en la esfera de las relaciones políticas internacionales y sus complejas interacciones”[1].

Con lo que acepta algo que la historiografía y la investigación martiana asociadas a la tradición nacionalista radical, tan interesadas en afirmar la independencia cubana de manera absoluta, como si fuese una isla utópica abandonada a sí misma en las soledades del Mar Antártico[2], han pasado por alto: que la principal dificultad para que la Isla alcanzara su libertad política no eran los ejércitos españoles sobre ella, o incluso los activos elementos integristas que la habitaban, sino su compleja situación geopolítica, su lugar central y su inserción dentro del sistema económico noratlántico. Todo lo cual ocasionó que durante buena parte del diecinueve los incontables intereses involucrados sobre Cuba prefirieran el mantenimiento del statu quo español, y que por tanto el más importante desafío ante Martí no fuera levantar la guerra necesaria en sí, sino conseguir la actitud idónea hacia nuestra independencia en cada uno de los interesados en el asunto cubano.

Mas llegado a este punto del razonamiento un intelectual de la militancia de Sarracino no puede seguir adelante de modo consecuente, ya que ello lo alejaría irremediablemente de los fundamentos ideológicos del nacionalismo radicalista, y de su evolución final, el castrismo, en el cual ha militado casi toda su vida adulta. Tendría que admitir lo evidente, que Martí no fue partidario del irredentismo manigüero, que sostenía y sostiene que para ser y mantenernos independientes basta con la voluntad de estar dispuestos a darle candela a la Isla de una punta a la otra, o a hundirla en el mar. Que por el contrario pensaba en la guerra más como un recurso secundario, una especie de protesta armada, que pudiera servir para presionar el apoyo internacional, e incluso interno español —por ejemplo, dentro del propio ejército hispano, al cual juzgaba de republicano—, que le permitiera a Cuba separarse de España sin acabar convertida en el erial en que en definitiva terminó convertida.

Que Martí calculó mal, tanto el involucramiento al que Madrid estaba dispuesto a llegar, como la ferocidad de la que sería capaz, es indiscutible, y cabe preguntarse qué hubiera terminado por hacer de continuar vivo a la llegada a la Isla de Valeriano Weyler. Sin embargo, es evidente que antes de morir no compartía la idea del irredentismo manigüero heredado de la Guerra Grande, según la cual el modo de alcanzar la independencia era lanzarse a otra guerra de desgaste total. Su pensamiento, de haber seguido vivo, pudo haber evolucionado hacia ahí, sin duda, porque después que usted inicia una guerra es muy difícil echarse atrás. Pero lo que está fuera de toda duda es que el 19 de mayo de 1895 todavía no lo había hecho, seguía apostando a una guerra “civilizada y breve”, y por lo tanto no cabe sostener que el radical-nacionalismo-irredento posterior, y su culminación, el castrismo, con sus propuestas de resistencias interminables, “hasta la última gota de nuestra sangre”, de sacrificios numantinos y hundimientos en el mar, sean su continuidad inevitable. Sin duda en el pensamiento de Martí está, como forma potencial, el radical nacionalismo y su desarrollo más acabado y consecuente: el castrismo, pero como también lo pudo estar una corriente dentro de la República en Armas que en 1897 hubiera propuesto aceptar la autonomía, en base a los mismos escrúpulos que Martí le impuso a la guerra a la que estaba dispuesto a llevar a cubanos y españoles.

Sarracino no puede admitir esto, y para evitar dejarse llevar por un razonamiento que lo alejaría de la tradición de pensamiento en que milita, simplemente renuncia a seguir adelante. Ha comenzado muy bien, pero su militancia no le ha permitido ir muy lejos. Y es que aquí está el límite de lo que puede admitir su tradición de pensamiento, sin tener que reconocer su inadecuación con la realidad.

En su lugar, tras constatar lo ya citado, Sarracino pasa a magnificar el papel de Estados Unidos en el contexto martiano, a convertirlo para el Martí de 1894 en lo que ha sido para un militante de su tradición desde 1901: el enemigo de la independencia cubana por antonomasia[3]. Algo totalmente disparatado, si nos damos cuenta de que para Martí, durante toda su vida, ese enemigo solo pudo ser España.

Al Martí real, el que murió en mayo de 1895, a más de tres años del fin de la soberanía española, sin duda le preocupaba Estados Unidos, pero también Inglaterra. Recordemos que en esos años previos a 1895, Don Juan Gualberto Gómez, su mano derecha en la conspiración al occidente de la Isla, denunció desde las páginas del diario del cual era propietario una conspiración para traspasar la soberanía sobre la Isla a la Gran Bretaña, la cual contaba con el apoyo tanto de peninsulares como de insulares[4].

Y a Martí, claro, también le tenía que preocupar Alemania, la súper potencia industrial que para los más enterados estaba llamada a desplazar a Inglaterra en el dominio mundial en unos pocos años. La nación disciplinada y voluntariosa, pero privada de colonias, ansiosa de dotarse de un imperio colonial comparable al británico. En cuanto a esta no puede de dejar de mencionarse el que el general Juan Prim, en 1870, al proponerle a Bismark que un miembro de una de las ramas de la familia real prusiana ocupara el trono de España (Leopoldo de Hohenzollern-Sigmaringen), había puesto como condición el que el heredero declarara que Cuba permanecería bajo soberanía española, o lo que es lo mismo: que no la cedería bajo ninguna circunstancia a la Prusia que ya iba para Imperio Alemán[5]. Lo que demuestra que algún interés debía de haber entre los teutones, cuando un político como Prim se apresuró a sentar tal condición.

Para hacernos una más clara idea del real contexto internacional del pensamiento y la obra martianos, de si en realidad era Estados Unidos ese formidable poder que la tradición nacional radicalista pretende hacernos creer, consideremos estos dos puntos:

Primero: para 1895 el Canal de Panamá, aunque con serios inconvenientes y períodos de incertidumbre, seguía en manos de una compañía francesa, la Nouvelle Compagnie Universelle du Canal Interocéanique de Panamá. O sea, sobre el Canal por entonces los americanos tenían un muy limitado dominio —cierto número de acciones—, y aunque era probable que terminaran la obra en que literalmente se habían encharcado los franceses, no era algo todavía seguro. Dependía de la buena voluntad anglo-germana el que los americanos pudieran controlar una obra que les iba a permitir poner en contacto, con menores costos de flete, a sus costas este y oeste —el trasporte por mar a través de Istmo resultaba más barato que por ferrocarril, cruzando todo el continente norteamericano.

Segundo: si indagamos en los registros navales de Washington comprobaremos que la numeración de los barcos acorazados de Estados Unidos comenzó con el Indiana (BB-1), asignado el 20 de noviembre de 1895. Por tanto, a la muerte de Martí la marina americana no tenía terminado ninguno de los acorazados Clase I que por entonces construía, incluidos los futuros BB-2 Massachusetts, y BB-3 Oregon[6], por demás todos con evidentes deficiencias técnicas —la principal un francobordo demasiado bajo. Lo cual situaba a la marina americana, en vida de Martí, por detrás de la inglesa, de la francesa, de la alemana, de la italiana, de la austro-húngara, de la rusa, e incluso de la japonesa o la española[7]. Y en cuanto a su despliegue en el Pacífico, hasta la comisión del USS Oregon en ese océano, en 1897, la misma cedía allí ante la marina chilena.

La realidad en tiempos de Martí es que los estadounidenses tenían una menor capacidad de proyectar su poder fuera de sus fronteras que España. El poder estadounidense en 1894 no era todavía ni con mucho el que llegaría a ser con el Nuevo Siglo Americano, el XX. Sobre todo en sus décadas de los cincuenta y sesenta, periodo de surgimiento y apogeo del castrismo; una corriente política profundamente traumatizada por esa coincidencia.

Sarracino, en su libro citado, escribe más adelante: “Martí, que obviamente conocía ese proyecto expansionista[8], concluyó que con la independencia de Cuba y Puerto Rico podrían detenerse o demorarse los planes estratégicos norteamericanos, contando con el apoyo de algunos países hispanoamericanos y de una o varias de las grandes potencias europeas, sobre todo Inglaterra y Alemania, con intereses contrarios a los norteamericanos en el Caribe, Centro y Sudamérica y el Pacífico.”

Al leer este fragmento de Sarracino, y colocarse en el contexto real en que vivió Martí, uno se lleva una primera impresión de que para nuestro autor este no pasa más allá de uno de esos arbitristas de café madrileño o habanero, que entretenían por entonces sus días haciendo planes disparatados para resolver los problemas del mundo, y no alcanza a verlo como un político que se ha impuesto independizar a Cuba de España. Algo que no había conseguido toda una generación de cubanos dos décadas antes, en una guerra de diez años, con incontables sacrificios y decenas de miles de muertes, quizás cientos de miles; algo, separar a Cuba de España, que en 1894 a nadie podía parecerle tan fácil, como para considerarlo una etapa menor en un plan mucho más amplio.

Para Sarracino, como no puede hacerse de otro modo desde su militancia, las indicaciones de los beneficios concretos que según Martí para otros tendría la independencia de Cuba, no son modos de sonsacarle a aquellos el apoyo para esa causa. Desde ese radical-nacionalismo suyo, esas propuestas de “equilibrio del mundo” son las que supuestamente en realidad le importaban en última instancia a Martí, y en la realización de las cuales la independencia de Cuba solo jugaba un papel instrumental: conseguir una masa humana, un Estado, con los cuales poder llevarlas adelante.

De más está decir que esos supuestos verdaderos planes de Martí no son otros que los adoptados como los propios por ese radical-nacionalismo en el que milita Sarracino, o más exactamente, los que el castrismo se habría propuesto en 1894, con su conocimiento de la evolución geopolítica posterior del mundo —detenido ese conocimiento, por cierto, en 1960, porque el castrismo no ha conseguido, ni puede avanzar más allá de esa fecha.

En verdad solo a posteriori de la independencia cubana puede interpretarse la estrategia martiana de esta manera. Solo después de 1898 cabía fantasear que “el equilibrio del mundo” era el objetivo principal martiano, y no otra cosa que poesía del mercadeo, marketing, mondo y lirondo, para vender al mayor número de fuerzas implicadas en Cuba la posibilidad de su separación de España. Un resultado que en 1895 se conservaba tan problemático, de tan difícil solución, como al final de la Guerra Grande.


[1]José Martí, cónsul argentino… página 13.

[2] Con esta imagen definía Enrique José Varona el ideal de Cuba para la naciente tradición Radical-Nacionalista que él vio nacer, en su carta de respuesta al general Maximiliano Ramos, de 21 de agosto de 1900.

[3] En verdad no es Estados Unidos el enemigo por antonomasia de la independencia cubana, es la realidad, que incluye a ese Estados Unidos a la vista de nuestras costas, la que no permite la realización de la concepción absolutista de la soberanía que el nacionalismo cubano ha heredado precisamente del aislacionismo americano del diecinueve.

[4] La Fraternidad, en la estratificada sociedad cubana de la época un periódico en lo fundamental de negros y mulatos.

[5] Prim, a inspiración de los franceses, pensaba que el enfrentamiento con Estados Unidos por Cuba era inevitable a largo plazo, y que por tanto el nuevo rey español se vería obligado, en algún momento futuro, a pedir ayuda a otros gobernantes de su casa. En consecuencia intentaba dejar establecido a tiempo que esa ayuda no podría condicionarse a que Cuba le fuera transferida al Reino de Prusia.

[6] El USS Texas, o el posterior USS Maine, botados y asignados antes de la muerte de Martí en Dos Ríos, no eran propiamente capital ships, sino acorazados Clase II, o cruceros acorazados, obsoletos tecnológicamente para la época en que fueron botados. Era público su blindaje débil, y el que no servían para enfrentar a las principales marinas del momento: frente al Pelayo español poco hubieran podido hacer. Pero si no servían para acorazados tampoco tenían utilidad como cruceros, dada su baja velocidad. Por demás un defecto en su distribución de peso obligaba a disparar sus cañones principales en un ángulo muy limitado con respecto a su eje principal, dejando a dos los navíos indefensos a los ataques desde los costados.

[7] A la muerte de Martí España contaba con un acorazado de fabricación francesa, el Pelayo, y dos acorazados de II clase: el Infanta María Teresa y el Vizcaya. El Almirante Oquendo, semejante a los anteriores, sería asignado el 21 de agosto de 1895. Por tanto, el Martí real solo pudo conocer a una marina española superior a la americana.

[8] En José Martí, cónsul argentino… página 125: “…garantizar (los Estados Unidos) la seguridad en el Paso de los Vientos para los aproches y la construcción posterior de un canal interoceánico.”


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