Actualizado: 17/04/2024 23:20
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Los ángeles de Castro

Trabajadores sociales: ¿Se pretende acabar con la corrupción fomentando un ejército de corruptos?

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A primera vista, pudiera parecer redundante el tema de los trabajadores sociales, esa última novedad como fuerza de choque del gobierno cubano; sin embargo, la realidad cotidiana demuestra de manera alarmante que esta variante de la represión va tomando visos insospechados. Tampoco dude nadie de que se trata de un cuerpo represivo.

Lo que en un principio parecía un ingenuo intento por detener, controlar y revertir los altos niveles de corrupción de la sociedad cubana, ha continuado manifestándose paralelamente como una expresión tácita de los caprichos del poder, ejercidos a pura voluntad y sin el más absoluto respeto por los derechos ciudadanos.

Un ejemplo reciente es la experiencia de un conocido cineasta cubano en una gasolinera de la capital: una "desafortunada" frase de su esposa contra los nuevos "ángeles de Castro", los condujo a ambos a una estación policial, donde estuvieron detenidos durante horas y fueron multados por "desacato a la autoridad".

El caso demuestra que nadie está a salvo cuando esta nueva versión de los "camisas pardas" se considera ofendida por la ciudadanía común y corriente. Constituye además una advertencia que estos muchachos, entrenados por el régimen de la misma manera que el fascismo alemán entrenó determinada raza de perros para controlar a las masas imperfectas, están —para el gobierno— por encima del bien y del mal.

Estamos asistiendo, por así decirlo, al nacimiento de una nueva casta cuya palabra es ley: ellos son "autoridad" y cualquier cuestionamiento de la ciudadanía a este propósito es considerado "desacato".

La nueva clase

Si la intención declarada del régimen es la lucha contra la corrupción, resulta clara la intención adicional de contar con una fuerza que siembre una suerte de terror entre la población: cualquier cubano puede ahora ser acusado de corrupto o de enemigo de la revolución, en tanto los trabajadores sociales están más allá de cualquier crítica, son inmunes, lo que los convierte en paradigma de la perfección para la moral revolucionaria.

Una nueva clase llamada a preservar un régimen caduco, para lo cual se le crean privilegios y se le mantiene aislada (albergues especialmente condicionados para ellos, servicio de transporte, actividades recreativas y culturales, etcétera). No obstante, se siembra entre ellos una especie de conciencia competitiva: en un reciente discurso, el Comandante en Jefe reafirmó que estos jóvenes merecen todas estas prebendas y más adelante acotó que incluso se asignarán computadoras "a los más destacados".

Hasta qué límites están dispuestas las autoridades a llevar esta situación, es algo que está por verse, toda vez que los privilegios y el prestigio de que gozan los elegidos de turno, no tienen antecedentes en cuanto a lo rampante y público de sus manifestaciones.

Tal fue la impresión que recibí cuando, en los primeros días del mes de enero, leí un anuncio manuscrito sobre una sencilla hoja de papel en el mural de la consulta No. 1 del Cuerpo de Guardia del Policlínico habanero Van Troi, sito en la Avenida Carlos III, esquina a Hospital.


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