Actualizado: 10/07/2020 19:25
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Sociedad

Los votos y las balsas

Frente a la ficción de las 'elecciones' y las marchas del pueblo combatiente, la realidad de la crisis demográfica y las balsas del pueblo navegante.

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El domingo 20 de enero se llevó a cabo en Cuba la segunda parte de las elecciones que han determinado la composición de la Asamblea Nacional del Poder Popular. El resultado, por demás previsible, fue un voto casi unánime en favor de los candidatos gubernamentales, la mayoría funcionarios del Partido Comunista, única entidad política con existencia legal en el país.

El nombre mismo de los comicios resulta equívoco. Porque el sustantivo elección procede del verbo elegir, que según el diccionario significa escoger, preferir o seleccionar. Y en Cuba, el votante que acude a las urnas apenas tiene dónde escoger: o vota en blanco o aprueba en masa a los candidatos oficialistas.

Como suele ocurrir en los sistemas de ese tipo, la mayoría de los que desearían dejar la boleta en blanco para manifestar su rechazo al régimen no se atreven a hacerlo, porque están convencidos de que el voto no es secreto y temen a las represalias que las autoridades podrían aplicarles. En un país donde el gobierno controla el 95% de la economía e interviene hasta en los más nimios detalles de la vida privada, la obediencia y el conformismo encuentran siempre sólidas coartadas.

Además, como me explicaba recientemente un amigo que vive en La Habana, ¿para qué calentarse la cabeza y buscarse problemas, si a fin de cuentas un voto más o menos no va a cambiar la situación del país? Esa doble tenaza del miedo y la indiferencia es uno de los pilares que todavía mantienen en pie al sistema comunista cubano.

Votar con los pies

Al mismo tiempo, en las semanas que ha durado el "proceso electoral" han seguido llegando balseros/lancheros a Estados Unidos y se han asilado en diversos países cientos de cubanos, célebres o anónimos, un número que apunta a una pronta superación de las marcas de los últimos diez años. Es la otra modalidad del sufragio, la que ni siquiera los regímenes comunistas alcanzan a desnaturalizar: votar con los pies.

Según cálculos conservadores, Cuba se vacía a razón de 40.000 personas al año. O sea, más de 100 cubanos abandonan definitivamente la Isla cada día. Es la reacción de supervivencia de la sociedad civil ante la asfixia que provoca la falta de libertad, la penuria económica y la tramoya de consignas triunfalistas, estadísticas hinchadas y entusiasmo ficticio que componen las páginas del Granma, las Mesas Redondas televisivas y las marchas del pueblo combatiente.

El asunto, ya de por sí revelador y preocupante para la nomenklatura, se agrava al combinarse con la crisis demográfica que padece el país. El índice de natalidad cubano es uno de los más bajos del mundo, las tasas de divorcios y suicidios figuran entre las más elevadas y la población envejece a un ritmo acelerado. Es como si las mujeres en edad fértil hubiesen decretado una huelga de vientres vacíos en respuesta a las condiciones de vida que el gobierno les ha impuesto. A lo que cabría añadir que la inmigración es casi inexistente.

En irónico paralelismo con lo que ocurrió en el período republicano, de 1902 a 1958, cuando la Isla acogió a más de un millón y medio de inmigrantes, la era castrista ha generado una cantidad casi igual de emigrantes. El resultado de estas tendencias es que ya en 2006 la población de la Isla empezó a disminuir en términos absolutos y, si no ocurre un milagro, seguirá reduciéndose en el futuro.

Esto significa además que cada día hay en Cuba menos niños y jóvenes, y mayor número de ancianos. No hace falta explicar las repercusiones que este fenómeno, tan difícil de revertir, puede tener en los años venideros.

Dentro y fuera de Cuba, el argumento esencial de los voceros del castrismo es que también los demás países del continente generan corrientes migratorias con destino a Europa y Estados Unidos, lo que demostraría que la emigración es de origen económico, no político. Además, afirman, la ley norteamericana de "pies secos/pies mojados" constituye un estímulo constante a la emigración ilegal.

El problema de ese razonamiento es que ningún gobierno latinoamericano controla la casi totalidad de la economía de su país ni les confisca los bienes a quienes emigran, ni les impide volver a su tierra cuando les dé la gana. El régimen cubano es el único que, por razones estrictamente políticas, ha estatizado el 95% del aparato productivo, despoja a los emigrantes de sus propiedades y, una vez que están en el extranjero, les aplica medidas de chantaje y discriminación que contravienen todas las normas internacionales de derechos humanos.

Mientras esas medidas sigan vigentes, Estados Unidos puede y debe mantener una política especial de acogida para quienes huyen de la Isla.

Conjunción catastrófica

Sin duda alguna, el exilio de determinadas capas sociales y la reducción de la natalidad formaban parte, ya en 1959, si no de los objetivos, al menos de las consecuencias previsibles de la política revolucionaria. Desde los primeros días del triunfo, el nuevo régimen utilizó todo el poder del Estado para atacar a los grupos que consideraba incompatibles con su proyecto de ingeniería social.

A los burgueses y los gusanos, les esperaba el paredón, la cárcel o, en el mejor de los casos, el expolio y el ostracismo. La "liberación" de la mujer iba a generar batallones de milicianas y aguerridas tractoristas que tendrían menos hijos que sus madres. El aborto se despenalizó y se hizo gratuito. Los anticonceptivos también. Las restricciones en materia de alimentación, vivienda, transporte y energía eléctrica hicieron el resto.

Lo que los jerarcas del castrismo no previeron jamás fue que la conjunción de las tendencias migratorias y demográficas iba a durar medio siglo y terminaría por alcanzar dimensiones catastróficas para la nación. Las consecuencias de esa ceguera saltan hoy a la vista: los jóvenes se marchan, las mujeres no paren y Cuba se está convirtiendo en un inmenso asilo geriátrico.

Poco importa que el gobierno proclame con titulares pomposos que obtuvo el 95% de los votos en el simulacro electoral del 20 de enero. A la ficción de los comicios amañados y las marchas del pueblo combatiente responde la realidad de la mengua demográfica y las balsas del pueblo navegante.


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