Actualizado: 17/04/2024 23:20
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Crónicas

Milagros no bien vistos

El padre José Conrado, un sacerdote que no ha tenido suerte con las autoridades, hombre de soluciones, sincero y gran conversador.

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Semanas atrás, según se dice en la calle (de esas cosas no se habla en la prensa nacional y yo ni teléfono siquiera tengo), volvió a ser agraviado el ya casi legendario padre José Conrado, de la parroquia del reparto Sueño, en Santiago de Cuba.

Es un sacerdote (algunos empiezan a decir que un santo y hasta le atribuyen milagros) que no ha tenido suerte con las autoridades, a pesar de que más cordial él no podría ser. Un día de la Caridad, soltando de repente el cáliz en el altar, salió a la puerta de su actual templo y compadecido, pero severo, las invitó a entrar. Además de ser aquella la casa de Dios y estar, por tanto, abierta para todos, le decía al numeroso operativo que vigilaba enfrente que adentro podría observar mejor y, de este modo, al no tener que seguir ellos interrumpiendo el paso de los devotos a la misa, ganarían la ley y la Caridad.

Él es así. Hombre de soluciones. Sincero. Y un gran conversador. Hablar con él diez minutos es quedarse con la impresión de haberle conocido ya en otra vida. Yo diría que es el hombre que más amigos tiene en el mundo. Y con razón. Su sistema de relaciones es tan humano, que cada uno de sus amigos está seguro de tener en él a su mejor amigo. Y cuando digo amigo, no estoy hablando sólo del mediador ante Dios, porque también los tiene que no creen ni en ellos mismos, estoy hablando del amigo, amigo, del amigo que necesita compartir lo poco o mucho que pueda tener.

Malos entendidos de hoy

Hace diez o doce años llegó a España, desterrado por la Iglesia para salvarlo del odio policial que sus prédicas le habían ganado en su templo, entonces en Palma Soriano, y volviéndose loco, con el primer dinerito que en España le cayó del cielo, se dio aquel hombre el gusto de dejar de comprarse un buen abrigo y mandarnos, en cambio, a dos matrimonios de La Habana, veinticinco dólares a cada uno.

Regina, mi mujer, y yo no estábamos en la miseria, pero él en alguna de las visitas que nos hacía, cuando venía de Palma Soriano, debió adivinar que ella soñaba con quitarle al garajito, donde vivo hace treinta años, el aspecto de pecera que le diera la fachada de cristal de su época como peluquería (antes de que me lo permutaran), cubriéndosela con una de esas cortinas de plástico de sube y baja. Cuando indultado por fin, volvió José Conrado a Cuba en la comitiva del Papa, comentó satisfecho mirando las cortinas con cara de entendido: "¡Ah!, las compraron…".

Lo destinaron entonces a un lugar remoto entre el mar y las montañas de la Sierra Maestra, lejos de la civilización, lejos incluso del mundo, pero donde —menos resucitar muertos— él hizo de todo lo que de un gran hombre, santo o no, cabría esperarse. Pronto la decidida acción del entonces arzobispo Pedro Meurice, de honrosa memoria, lo trajo a Santiago de Cuba y lo puso al frente de la hoy famosa parroquia del reparto Sueño, que por aquel tiempo era ruinas y olvido.

Enseguida montó allí José Conrado una cocina y nadie sabe de cuál sombrero sacó además un jeep y unas lecheras, y personalmente salía a diario por Santiago de Cuba, llegando hasta las estribaciones del distante Santuario de la Caridad del Cobre, con alimentos calientes para las familias necesitadas, sobre todo para los ancianos solos. Cuando no tenía gasolina, llenaba el tanque de agua y le metía el dedo del corazón dos veces, pero nunca por falta de gasolina dejó de salir su jeep de los necesitados con el caliente yantar del día.

Eran milagros no bien vistos por las autoridades santiagueras, que además de descreídas, presumen de tener un sistema de asistencia social que ya quisieran en otros países pobres (lo cual no deja de ser cierto, sin que esto disminuya el júbilo con que eran esperadas las lecheras del padre Conrado), y le quitaron el jeep. Y las lecheras, después. Creo que él entonces salió del apuro inventando un sistema de cantinas y voluntarios para llevarlas o para ir a buscarlas, porque para salir de los problemas, búsquenlo a él.

Y después de esto se queja, no quiere pagar, como si él mismo no fuera el autor de los problemas que lo persiguen, decía en casa el otro día alguien que lo quiere mucho (me consta que lo quiere), pero que todavía no ha podido dejar de pensar gubernamentalmente (lo cual demuestra que mi casa no sólo es visitada por laborantes declarados). Si José Conrado quiere ir contra las ideas del gobierno, alegaba aquella persona, que empiece por colgar sus hábitos.

Yo le recordé que el padre Sardiñas se unió al Ejército Rebelde con hábitos y todo, tal como lo hicieran antes que él los doce sacerdotes que participaron en las guerras cubanas del siglo XIX, y antes Hidalgo y Morelos, en México, y Camilo Torres, en días más recientes. Hasta a monseñor Arnulfo Romero muriendo asesinado en el púlpito, como Jesús en la cruz, por predicar, le recordé.

Claro está que todos estos malos entendidos de hoy con el padre José Conrado terminarán siendo sabrosa anécdota, chistes que divertidos rememorarán mañana, entre copas, los integrantes de los operativos que hoy vigilan a ese cincuentón que no lo parece, patatón y robusto, comelón y jacarandoso, amante de la guayabera.


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