Actualizado: 31/03/2020 11:47
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Represión

Pequeños viajes a la libertad

El preso político Horacio Piña Borrego imaginaba atajos para engañar al tiempo y contaba con la voz de su madre, que ahora ya no está.

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Horacio Piña Borrego descubrió en la cárcel una vía rápida para alcanzar unos minutos de libertad. Con una armoniosa combinación de memoria e imaginación, convidaba a otros presos a comer en su casa, en Las Martinas, en el extremo occidental de Cuba, donde los guajiros juran que en las noches claras ven las luces de México.

En la prisión de Canaleta, en Ciego de Ávila, donde cumplió los dos primeros años de su condena de 20, Piña invitaba a la gente de su galera a la mesa que servía su madre, Ada Borrego.

En medio de las hambres viejas que ataca en las celdas, el hombre describía con deleite los manjares criollos que preparaban allá, en Pinar del Río, y un grupo de reclusos, incrédulos y silenciosos, asistía al banquete de aire y delirio que Piña cerraba siempre con un café carretero que se podía oler por encima de las tres cercas de seguridad y de la garita de los guardias.

Piña, un activista de derechos humanos, fue trasladado después hacia la cárcel de Kilo 5½, de su provincia natal, y para allá se llevó esa trampa y muchas otras que inventaba, día a día, para que el tiempo rompiera la extraña velocidad que asume detrás de las rejas.

Para la nueva celda se llevó todos los achaques de sus enfermedades, un padecimiento fatal que le produce sordera y, es verdad también, el amor de una muchacha, más vivo en la papelería de su correspondencia que en ninguna otra parte de la Isla.

Con el traslado de su hijo, Ada Borrego se evitó los largos viajes, las caminatas por La Habana, las noches de espera en terminales de trenes y ómnibus, y estancias en habitaciones prestadas por amigos o instituciones caritativas.

Pero ella siguió con las jabas al hombro rumbo a la cárcel, cada día de visita, con las cartas y las llamadas telefónicas para saber de su hijo y de sus compañeros de viaje, y con las visitas a La Habana para reunirse y trabajar con el grupo de las Damas de Blanco.

Ada era la voz de Horacio, y de ella es este texto que envió a la prensa: "Yo, Ada Rosa Borrego Aragón, madre del sindicalista y bibliotecario independiente, Horacio Julio Piña Borrego, quien cumple condena en la prisión Kilo 5½, en Pinar del Río, denuncio al mundo las arbitrariedades que sufre mi hijo en ese penal y cómo su joven vida se consume sin una asistencia médica adecuada, por lo que está casi postrado, y necesita la ayuda de su compañero de litera para poderse incorporar de la litera, además de que oye muy mal del oído izquierdo".

Piña Borrego tuvo esa voz en lugar de la suya hasta marzo de este año, que se va a acabar dentro de pocos días. El 2 de marzo pasado, Ada se murió en su casa de Las Martinas, víctima de un cáncer.

Tres días antes, recordó hace poco la periodista Miriam Leiva, la señora Borrego le había dicho por teléfono que trataba de reponerse, pero que creía que no podría asistir ya a la próxima visita de su hijo. Y no pudo ir.

Horacio Piña Borrego entrará ahora en su sexto año de prisión. Como es un hombre que tiene confianza y fuerza, seguirá con sus pequeños viajes imaginarios a la libertad, mientras llega la verdadera, la definitiva.

Esta es una nota para recordar con afecto y respeto a Ada Borrego. A todas las mujeres que trabajan, se arriesgan, sufren y luchan en Cuba por la libertad de sus familiares presos, a las Damas de Blanco.

Hoy no se conmemora ninguna fecha relacionada con estas personas y estos hechos. Es un día más, un día cualquiera que cada uno vive y acepta a su manera, y que los presos políticos tienen que pasar encerrados por una dictadura extenuada y, por eso mismo, peligrosa.


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