Actualizado: 20/10/2021 13:39
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Sociedad, Cambios, Economía

¿Popularidad, complicidad o temor? (II)

Segunda y última parte de un análisis sobre la destrucción de la sociedad cubana por el rérgimen castrista y la necesidad de crear un frente unido dentro de la oposición

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Quizá la etapa más crítica para el régimen cubano comenzó justamente después de La Causa Número Uno y el fusilamiento de Arnaldo Ochoa y otros militares. Se inició en 1990 y llega hasta la actualidad. Es necesario decir que ciertos cambios acaecidos a partir de 2000 y durante 2001 abrieron una herida mortal al régimen, si bien le permitieron prolongar su existencia hasta hoy a pesar de todos los pronósticos.

A finalizar el suministro de petróleo soviético a Cuba, el país se tambaleó económica y políticamente. El llamado período especial iniciado en 1990 hizo estremecerse al gobierno castrista y esto se reflejó abiertamente en todos los aspectos, incluso en la creciente actividad de la disidencia interna.

El desastre económico cubano hizo tocar fondo al régimen. La falta de recursos financieros y sobre todo la incapacidad de los dirigentes cubanos para establecer un programa coherente de recuperación económica llevaron al país a una de las etapas más negras de su historia, sólo comparable con el período de la Reconcentración decretada por el tristemente célebre General Valeriano Weyler en 1896. Los años más duros transcurrieron entre 1990 y 1993.

Las principales industrias del país sucumbieron definitivamente ante el desastre, incluida la azucarera; al punto que Cuba se vio obligada a importar grandes cantidades de azúcar para el suministro de la población. Las trabas impuestas a los agricultores terminaron por arruinar la producción de alimentos. El pueblo, el cubano de a pie, no tenía prácticamente que comer. El Estado no podía ni siquiera garantizar la cuota de alimentos establecida por años que, aunque no era suficiente, al menos ayudaba a subsistir. Se hundía el país y el régimen lo sabía. En un intento por demorar el colapso se despenalizó el dólar, se permitieron los negocios privados e incluso el susodicho mercado libre campesino, lo cual posibilitó la sobrevivencia de muchos y le dio un respiro al gobierno.

Sin embargo, esta supuesta apertura, que ayudó indiscutiblemente a una parte de la población, hizo aún más evidente la crisis social en que estaba inmerso el país al subrayar y profundizar las desigualdades sociales. El pueblo comenzó a distinguir entre cómo vivían los dirigentes y sus familias, los que viajaban o tenían familiares en el exterior, y cómo sobrevivían aquellos que no tenían a nadie en el extranjero y vivían del pago de su salario en moneda nacional.[1] Estas medidas junto a las visitas de la comunidad cubana en el exterior terminaron por destruir el velo en que habían envuelto al cubano hasta ese momento y los llevó a perder el control ideológico de la gran mayoría de la población.

El trabajo honrado dejó de ser la fuente fundamental de riqueza. La pirámide social se alteró de tal manera que los profesionales y técnicos especializados pasaron a ocupar el último lugar en la escala social, siendo reemplazados por los que negociaban con algún producto que robaban al Estado y aquellos que en sus trabajos recibían alguna ganancia en divisas. De esta forma, se desmoralizó aún más al cubano. El trabajo y el estudio, ya no garantizaban ni el presente ni el futuro del ciudadano común.

La sociedad se desmoronaba bajo el peso de las necesidades. Sólo muy pocos lograron preservar en sus familias los principios y los valores tradicionales de la cultura y la nacionalidad cubanas. El hambre y la miseria acabaron la obra iniciada por el gobierno con el fin de deformar y subyugar a la población. Una vez perdidas la dignidad, y la vergüenza, cuesta mucho recuperarlas. Afortunadamente, no sería justo generalizar y confiamos en que se imponga el cubano honrado, el cual se aprecia todavía entre los que llegan a diario a Miami, aunque cada vez en menor cantidad.

Todos los que estudiamos de alguna forma la sociedad sabemos que las fábricas se construyen en unos años, las industrias se pueden echar a andar con capital y trabajo en un corto plazo; los campos pueden volver a producir en un tiempo relativamente breve; sin embargo, los valores y los principios básicos de una sociedad hay que volverlos a sembrar y esperar, a veces, generaciones enteras para que florezcan nuevamente. Las crisis sociales son mucho más lentas de superar. Ojalá y podamos los cubanos reconstruir nuestra sociedad en corto tiempo algún día.

Duelen aún en lo más profundo de nuestro ser las palabras del gobernante Fidel Castro al jactarse de que las cubanas eran las prostitutas más cultas del mundo. ¡Qué desvergüenza!

Y todavía hoy su hermano Raúl se atreve a criticar la pérdida de valores del cubano y la corrupción existente a todos los niveles en el país, cuándo han sido ellos mismos los responsables de esa degradación ¿ Puede haber algo más desmoralizante para el ser humano que el ver que su trabajo no le reporta lo necesario para vivir?

El régimen se debatió en esos años, y lo sigue haciendo, entre la ineficacia económica y la crisis social. Los ánimos se caldeaban, el descontento y las protestas aumentaban, algunas con cierto éxito como lo tuvo el conocido Maleconazo de agosto de 1994, o la rebeldía de los pueblos de Regla y Casablanca ante los crímenes del gobierno que recrudeció la represión en su intento desesperado por frenar el movimiento social que amenazaba por írsele de las manos. Las protestan se multiplicaban en toda la Isla.

Consecuentemente, se incrementó el número de cubanos que desertaban y pedían refugio en cualquier parte del mundo, otros muchos se lanzaron al mar persiguiendo un sueño y una esperanza. Algunos, los que sobrevivieron, comentan hoy que prefirieron arriesgarse e ir en pos de la vida a morir en vida en una Cuba condenada al exterminio.

Por primera vez el régimen castrista se sintió en peligro, sabía que estaba sentado sobre una bomba de tiempo, todos lo sabíamos, la oposición interna y también el exilio cubano. Todos esperábamos ansiosos y a la vez temerosos la explosión social que parecía ya inevitable.

Pero, ¿por qué no estalló la bomba? ¿Qué detuvo al pueblo cubano en ese momento tan decisivo?

No cabe duda alguna que la tabla de salvación del castrismo, hasta ahora, ha sido el subsidio venezolano; pero muchos pensarán con razón que el miedo ha sido un factor determinante. Parece muy frágil la respuesta, pero lleva implícita todo un conjunto de condicionamientos sicosociales que no son tan simples de explicar y de asimilar. Sólo lo pueden entender a cabalidad los que han vivido mucho tiempo bajo el dominio del terror.

No es secreto para nadie que el miedo ha sido históricamente utilizado por una minoría como instrumento de sometimiento de las mayorías. Por supuesto que en las dictaduras, donde se violan a diario los derechos fundamentales del hombre, son el uso del miedo y del terror las únicas armas capaces de detener la rebelión social. Al menos, mientras demore la sociedad en crear sus propios mecanismos de reacción, violenta o no.

El régimen cubano se encargó de crear desde el inicio y los ha desarrollado durante toda su existencia una serie de instrumentos que fue perfeccionando o renovando, según el momento, y que han contribuido a sembrar en la población un miedo permanente, diríamos que existencial, que ha prácticamente inhabilitado a muchos cubanos.

La inoculación del miedo iniciada por el régimen desde el comienzo mismo de la revolución ha continuado perfilándose y ha dado sus frutos. Se comenzó por alimentar la desconfianza y el temor entre la familia cubana. Miembros de un mismo grupo familiar discrepaban políticamente y los defensores del gobierno denunciaban a las autoridades castristas a sus propios familiares. Luego, ese temor se trasladó a los centros de estudio, donde los niños y adolescentes llegaron a acusar a sus padres y a otros parientes por sus actividades conspirativas e incluso por sus creencias religiosas. Así se les educó y se les inculcó el fanatismo castrista.

Por otra parte, la exaltación y veneración irracional a un líder puede conducir a los crímenes más horrendos, la historia de la humanidad está plagada de ejemplos que tristemente se siguen incrementando cada día. De ahí que la labor de todo dictador esté especialmente dirigida a la exaltación de su ego y a la manipulación de las masas, principalmente de los niños, adolescentes y jóvenes. Algo en lo que se ha especializado el régimen castrista.

De igual forma, el temor se mantuvo y se ha alimentado en los centros laborales. Las personas denuncian a sus compañeros de trabajo ante el Partido, algunas veces por fanatismo, y otras por oportunismo. Esto incrementa la desconfianza y elimina todo tipo de mancomunidad, lo que sigue siendo vital para el régimen.

Por si esto fuera poco, en los barrios y en las calles continúan los Comités de Defensa con igual impacto, pues ellos vigilan no sólo las actividades o manifestaciones en contra del régimen, sino también como vive cada familia, los que los visitan y con quiénes se reúnen. Esto alimenta el odio y la envidia entre vecinos y provoca problemas personales. Algo que el régimen ha explotado en diversos momentos en su trayectoria mediante los actos de repudio a los que se iban por el Mariel y que sigue utilizando hoy como evidencian los atropellos de que son víctima los opositores internos.

Si agregamos a esta represión y control, las dificultades del diario vivir y la preocupación por lo que se va a servir en la mesa familiar cada día; es comprensible que el cubano común no tenga ni tiempo ni espacio mental para pensar en qué hacer para cambiar el orden establecido. Esa es la triste realidad, tiene que haber una labor muy fuerte y sistemática de las organizaciones y figuras de la oposición para lograr llamar la atención e involucrar a la mayoría del pueblo.

Perder el miedo

Si comparamos esta situación de los cubanos con la de otros países que han sido víctimas de dictaduras recientes, podremos constatar la similitud en los daños que provoca el miedo. Veamos cómo analiza el chileno Adolfo Castillo el problema:

“…El miedo a la muerte, la tortura, el exilio, llevan al sin sentido y de ahí a la pérdida de los límites morales y, por cierto, a la abdicación de los ideales democráticos…

…La vida comienza a ser asumida como una confrontación cotidiana por la sobrevivencia”.[2]

Este miedo permanente es un reflejo condicionado, creado expresamente por los dictadores para manipular a su antojo a su pueblo y es independiente de la voluntad de éste. No se trata de cobardía, ni de indolencia de nadie; su incapacidad para reaccionar orgánica y oportunamente ha sido científicamente estudiada y, en consecuencia, fríamente calculada.

No por gusto, Gandhi aseguraba, con mucha sabiduría, que hay que perder el miedo, porque si pierdes el miedo al tirano este pierde su poder sobre ti.[3] El dilema está en cómo lograr vencer a ese miedo, en cómo perderlo.

Hasta dónde alcanzan los efectos de ese temor puede ser fácilmente apreciado aún aquí en Estados Unidos, entre los cubanos recién llegados; si los observamos bien, podremos apreciar cuanto demoran en expresarse libremente y sin temor a ser reprimidos, o criticados. Sin embargo, ya gozan de la libertad que les fue negada por tanto tiempo; pero el miedo en que han vivido no es tan fácil de borrar de su conciencia y su conducta.

No es tarea simple contrarrestar el trabajo ideológico desarrollado por el aparato

gubernamental para deformar al pueblo cubano. Eso lo sabemos únicamente, los que lo padecimos por mucho tiempo. Sin embargo, esto es posible, si se aprovechan bien sus propias debilidades y errores y se utilizan las estrategias adecuadas.

Tampoco ha sido el miedo la única razón que ha contribuido a la sobrevivencia del gobierno cubano, aun con el rechazo casi generalizado de que es objeto internamente, incluso dentro su propia élite, y de su creciente descrédito internacional. A pesar de los esfuerzos de sus amigos presidentes latinoamericanos, tales como el fallecido Hugo Chávez, Rafael Correa y Daniel Ortega, entre otros.

Desde el año 2000, hasta el momento actual, se han combinado otra vez un conjunto de factores que han permitido la permanencia del castrismo en el poder contra todos los pronósticos. Sobre todo, hay que tener en consideración el resurgimiento en la palestra latinoamericana de un populismo trasnochado o neopopulismo, protagonizado por Venezuela, Ecuador y Argentina, que es seguido también por otros países que merecen menor atención.

Como acontece en toda enfermedad terminal, hay períodos de cierta recuperación, eso es lo que ha ocurrido con la economía cubana gracias a la ayuda del petróleo venezolano y las remesas de los cubanos del exterior. Sin estos dos factores, es muy probable que ni el miedo hubiese podido detener el derrumbe estrepitoso del régimen.

Sin embargo, Raúl Castro consciente de la inestabilidad de esa aparente revitalización, ha tomado recientemente una serie de medidas que pretenden contribuir al crecimiento económico del país. Ahora bien, analizadas estas bajo el prisma de momentos similares anteriores, no parecen ser más que otro intento del castrismo por ganar tiempo. No nos dejemos engañar por los cantos de sirena de un gobierno acosado por sus deudas y su incapacidad económica.

Durante esta etapa se dio también una situación, que fue muy bien utilizada por el régimen y muy poco aprovechada por la disidencia interna y por el exilio. Se trata de la gravedad de Fidel Castro y su dilatada sustitución en el poder por su hermano.

Estratagema o no, ya lo sabremos en algún momento, lo cierto es que la ausencia pública del líder creó por casi un año una brecha importante en el sistema y esa oportunidad la perdimos todos, los de allá y los de acá; nos desgastamos en disquisiciones acerca de si sobrevivía o no el mandatario y si su hermano, que sabíamos ambicionaba el papel protagónico desde hacía mucho tiempo, haría los cambios necesarios para una transición hacia la democracia. Las oportunidades se dan una sola vez, y esa la dejamos pasar.

Desde luego que en esta etapa, al igual que en las anteriores, la inseguridad y el miedo sembrados durante décadas, continúan limitando la reacción organizada y unida del pueblo. Igualmente, la estrategia del gobierno sigue siendo la misma: divide y vencerás, y hasta ahora hemos permitido que le funcione.

Por otra parte, el temor al desencadenamiento de una guerra civil y su costo en vidas ha sido y es hoy una preocupación latente tanto en los opositores internos como en los exiliados que abogamos por una transición pacífica a la democracia en Cuba. Esto actúa como un freno en la mente de muchos. Sin embargo, todos sabemos que lamentablemente esto no siempre es posible y a veces es un riesgo que hay que asumir.

Otro elemento que ha entorpecido el éxito de las acciones de la disidencia y que ha contribuido a la permanencia del castrismo en el poder, ha sido la falta de liderazgo tanto de la oposición interna como en el exilio. Sólo temporalmente han sobresalido algunas cabezas, pero muy eventualmente, y muchas veces han sido boicoteadas por los mismos opositores, no sólo por el régimen castrista.

Mientras los cubanos no seamos capaces de dejar a un lado el ego, las ambiciones personales, los prejuicios y no pongamos por delante de nuestras discrepancias el bienestar de la patria, seguiremos aplastados y manipulados por el castrismo.

En todo proceso, en toda acción, para que sea exitosa, tiene que haber un líder, dejémonos de cuentos y no dilatemos más su elección. No importa mucho quien sea, si se equivoca ya lo cambiaremos, lo que sí importa es que estemos todos dispuestos a seguirlo y a apoyarlo.

De igual forma, es extremadamente importante secundar todo intento de los opositores internos de denunciar y mejorar su situación y la del pueblo cubano. El apoyo financiero, material y propagandístico que seamos capaces de brindarles será lo que les permitirá involucrar cada día a más cubanos, pues levantará su moral y probará que no están solos, lo cual reforzará su prestigio e impacto social.

Sin embargo, por falta de visión o de iniciativa, no se han explotado lo suficiente momentos tan importantes como lo fue el movimiento generado alrededor del Proyecto Varela [4] en el año 2002, el presidio y la liberación de Oscar Elías Biscet, el impacto de la muerte de Orlando Zapata Tamayo, las manifestaciones de las Damas de Blanco y los atropellos de que han sido víctimas, entre otras actividades desarrolladas en la Isla, que han tenido una tibia y eventual respuesta por parte del exilio. Es necesario lograr una mejor coordinación entre los cubanos de adentro y de afuera si verdaderamente se quiere liquidar al castrismo.

La falta de unidad que ha caracterizado a los luchadores cubanos dentro y fuera de Cuba ha sido sin lugar a dudas nuestra principal limitación en el enfrentamiento a los Castro. Y es lo que ha determinado la prolongada agonía de nuestro pueblo. Ese ha sido y es nuestro reto.

Puede ser muy fácil para el gobierno totalitario apagar una voz, como ya lo ha hecho tantas veces, encarcelar a un grupo que protesta, o maltratar a mujeres indefensas, como ha ocurrido con las Damas de Blanco; pero no sería tan simple controlar manifestaciones de protesta que estallen al unísono en todo el país y que sean divulgadas al mundo entero, incluida, claro está, la respuesta del régimen. Es cierto que para ello se requiere mucha coordinación y esfuerzo, pero sobre todo, unidad y liderazgo.

Hoy día existen varias organizaciones opositoras activas en Cuba, cada una con su propio programa de acción para derrocar al régimen castrista. Igualmente hay figuras que han escrito páginas heroicas y de dignidad en su enfrentamiento a la tiranía, es decir, nos sobran líderes, pero siguen sobrando también los desacuerdos. Lamentablemente no solo no se han logrado unificar los esfuerzos de toda la oposición, sino que hasta incluso algunos opositores se permiten el lujo de desacreditar y combatir los proyectos de los otros; mientras esto ocurra seguirá el castrismo ganando la partida.

No va a ser el Proyecto Emilia propuesto hace unos meses por Oscar Elías Biscet, ni la Demanda Ciudadana por Otra Cuba de Antonio Rodiles, ni El Camino del Pueblo por sí solos, por muy loables que nos parezcan cada uno de ellos, los que logren derrocar al régimen. Es necesario unir todos los esfuerzos para ser más efectivos. Es por eso que en el camino a la unidad, puede ser crucial el paso dado por Guillermo Fariñas y José Daniel Ferrer al fundir sus organizaciones en la Unión Patriótica de Cuba (UNPACU). Tal vez, esto sirva de ejemplo y demuestre la viabilidad de un programa común que contemple todas las demandas y respete la autonomía de cada organización.

Algo bien distinto a lo acaecido hasta hoy pudiera ocurrir en lo adelante en nuestro país si se pudieran unir todos los proyectos en un solo programa que fuese puesto en práctica en Cuba y respaldado por los cubanos que están fuera de ella. Ojalá y muy pronto, por el bien de todos, podamos los cubanos vencer todas las barreras que nos han separado hasta hoy y unidos, como un solo pueblo, emprendamos la lucha final por la libertad definitiva de nuestra patria.



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