Actualizado: 20/10/2021 13:39
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Sociedad, Cambios, Economía

¿Popularidad, complicidad o temor?

Primera parte de un análisis sobre la destrucción de la sociedad cubana por el régimen castrista y la necesidad de crear un frente unido dentro de la oposición

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La permanencia de los Castro en el poder en Cuba por más de cincuenta años ha suscitado diversas opiniones y puntos de vista, tanto fuera como dentro del país; unos más acertados que otros, pero lo cierto es que, sigue siendo hoy motivo de reflexión y de desconcierto para muchos. Así como, de no pocos enjuiciamientos críticos a los cubanos, sobre todo a los residentes en la Isla, a los que se atribuye la responsabilidad máxima de haber permitido la prolongación del régimen castrista. Sin embargo, a ello contestarían, de seguro, los opositores internos que es muy fácil nadar fuera del agua, y no dejan de tener también ellos su parte de razón.

De manera que el problema no es tan sencillo, y requiere ser analizado desde diferentes ángulos, pues obedece a diferentes causas. A lo largo de la trayectoria de la revolución cubana, las actitudes y motivaciones de las clases y grupos sociales dentro del territorio cubano han variado. Así como las condiciones internas del país y la situación o el contexto internacional en que se ha movido éste. Por lo que sería absurdo pretender dar la misma respuesta a esa pregunta desde 1959 hasta la actualidad, aun cuando existan elementos esenciales y factores que se repitan en cada etapa de su historia.

Ahora bien, es indudable que, tanto las causas de la permanencia de los Castro en el poder, así como las soluciones concretas a ese mal están en el territorio cubano. No podemos perder de vista que los cambios en cualquier país no pueden llevarse a cabo fuera de éste; esa es una lección que nos dejó clara José Martí desde el siglo XIX. Si bien, esto no niega el hecho de que desde el exterior pueden ejecutarse acciones que propicien el aceleramiento o el retraso de esos cambios, y el mismo Martí lo demostró durante la preparación de la gesta de 1895. No obstante, la ausencia o insuficiencia de esas acciones por parte del exilio cubano, unida a la complicidad involuntaria o calculada de gobiernos y organismos regionales e internacionales, han sido también factores que han propiciado la prolongada existencia del régimen castrista

Sin embargo, es preciso aclarar que, no pretendemos responsabilizar por esto únicamente a la política seguida por los gobernantes norteamericanos respecto a Cuba, si bien es indudable que ha influido, y así quedó demostrado durante el abortado intento de Bahía de Cochinos. De manera que resulta inevitable preguntarse por qué en todo este tiempo las administraciones norteamericanas no han puesto fin a la violación de los derechos humanos en Cuba, a diferencia de lo que han hecho y hacen en otras partes del mundo, y por el contrario, a veces hasta incluso le han seguido el juego a los Castro.

No obstante, es hora de acabar con la tendencia, casi tabú, de adjudicar al gobierno norteamericano la definición de los destinos de Cuba; pues ese razonamiento además de determinista y poco objetivo ha costado muy caro a los cubanos a lo largo de su historia. El problema es nuestro, y lo tenemos que resolver entre cubanos, sin esperar por nadie.

Para analizar algunos de los factores que han propiciado la sobrevivencia del castrismo y condicionado la falta de una acción demoledora por parte de los cubanos, es preciso partir de desentrañar la raíz del mal. Sin lugar a dudas, las causas del surgimiento de un Fidel Castro y su aceptación inicial por el pueblo cubano, hay que buscarlas en la propia Historia de Cuba y en la coyuntura continental e internacional en que se desarrolló la revolución cubana. No fue para nada un fenómeno casual ni importado por nadie. En la historia, nada es casual, todo tiene su causa, por lo general más de una, y sus efectos.

Desde los años 30 del siglo XX, e incluso un poco antes, se había generado un movimiento de corte populista en América Latina que alcanzó su esplendor en la década del 50 en algunos países y afectó a todo el continente de una forma u otra. Ante la profunda crisis que atravesaban ya los sistemas oligárquicos americanos, la sociedad latinoamericana estaba necesitada de gobiernos que contribuyeran a la revitalización de su economía y tomaran medidas que propiciaran una mayor justicia social. Recordemos los ejemplos de Lázaro Cárdenas en México, Getulio Vargas en Brasil y Juan Domingo Perón, en Argentina. Salvando sus diferencias, todos tuvieron en común un programa de corte nacionalista y un paquete de reformas en defensa de los derechos de los trabajadores y los más necesitados. Sin detenernos, pues no es nuestro objetivo ahora, en analizar su objetividad o no, es necesario subrayar su clara inclinación hacia la demagogia y el totalitarismo.

También en Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt había aplicado un programa similar en respuesta a las necesidades de la clase media americana y de los trabajadores en general, bajo los efectos de la Gran Depresión iniciada en 1929. Algunos inclusive han catalogado su política interna como una suerte de populismo progresivo.

En la década de los años 50 las izquierdas parecían estar en auge, alentadas por el entonces pujante socialismo soviético que parecía abrir nuevos caminos y cuyos defensores se habían incrementado con la victoria alcanzada sobre los nazis al concluir la II Guerra Mundial. No por gusto se abrió un período de enfrentamiento político e ideológico entre los dos sistemas, el socialista y el capitalista, que puso nuevamente en tensión al mundo entero, y que es conocido como la Guerra Fría.

En este contexto, se insertaba muy bien la propuesta inicial del gobierno castrista. A lo que se sumó otro fenómeno común en Latinoamérica, y es que la carencia de una fuerte experiencia política y democrática ha sido sustituida con mucha frecuencia por el caudillismo, lo cual explica la presencia reiterada de los gobiernos militares en la región y los golpes de Estado, así como la aceptación de gobernantes autoritarios.

A todo esto, se unió la absoluta falta de confianza del pueblo cubano en sus gobiernos de generales y doctores, politiqueros corruptos e ineptos. No se puede tapar el sol con un dedo. Todos querían un cambio, los de arriba porque temían las consecuencias del mal gobierno y del descontento creciente del pueblo y los de abajo porque aspiraban a una sociedad más justa. Esto hizo posible que, aunque para muchos Fidel Castro representara el diablo en persona, la gran mayoría lo viera, en ese momento, como el Mesías.

No obstante, es preciso aclarar que el nivel de aceptación o de rechazo al régimen no se ha mantenido igual durante todos estos años, en realidad ha transitado por diversas etapas. La primera, se inició en 1959 y se extendió hasta 1976, cuando fue proclamada la nueva Constitución[1] mediante la cual se demolieron las viejas instituciones y se legalizaron las nuevas, así como los mecanismos de control del régimen castrista. También, para sorpresa de muchos, y a pesar de todo lo dicho antes por sus dirigentes, con ella se oficializó el carácter socialista de la revolución A partir de ese momento quedó destruida totalmente la sociedad civil y el gobierno adquirió el poder absoluto. Se inició así la dictadura castrista.

Sin embargo, en un inicio, el programa idílico esgrimido por los revolucionarios en el asalto al Cuartel Moncada y proclamado después demagógicamente, como el Programa de la Revolución, resultaba muy alentador y parecía responder a los intereses de todas las clases y sectores de la población, lo cual le sirvió para manipular y engañar al pueblo. Poco tiempo después, este Programa fue traicionado y echado a un lado.

Por otra parte, el talento indiscutible y la personalidad carismática del líder cubano lo ayudaron a envolver a la mayoría de la población y a hacer creíbles todos sus proyectos, hasta los más descabellados. Este impacto popular desarmó a los menos confiados, obstaculizó la labor de los opositores y le permitió ganar el tiempo necesario para fortalecerse en el poder.

A su vez, la oposición interna aunque todavía era fuerte estaba fraccionada y dispersa. Esto facilitó su penetración por las fuerzas represivas del régimen y prácticamente su aniquilamiento. El gobierno demostró su fuerza sin límite alguno. Se llenaron las cárceles y se multiplicaron los fusilamientos. Paralelamente, se produjo el fracaso del plan de Bahía de Cochinos y se ahogaron en sangre las guerrillas del Escambray y de Pinar del Río, así como otros movimientos en el país. Como resultado de todo esto, la oposición se desangró, y aunque no desapareció, quedó debilitada y descabezada. La mayor parte de sus dirigentes fueron presos o asesinados y todo el que pudo se fue, iniciándose el éxodo interminable de cubanos.

Ayuda del exterior

Ante el incremento de la represión y la falta de liderazgo interno se apoderó de muchos la idea de que la solución cubana dependía de la ayuda del exterior y esto limitó por un tiempo la efectividad de la disidencia. Aunque no todos compartían ese criterio, de hecho los dividió y los debilitó. Unido a esto, la represión del régimen a toda manifestación de oposición y la imposibilidad del acceso a los medios de comunicación masiva para divulgar sus acciones, les restó impacto entre la población cubana. Esto afectó seriamente su labor, prácticamente hasta la actualidad, ya que los grupos y principales opositores eran casi desconocidos en el país, hasta fecha muy reciente.

Esta etapa fue clave para el castrismo porque durante la misma se tomaron todas las medidas que le garantizarían actuar con toda impunidad en contra de su pueblo,

amparado por la Constitución y protegido por un aparato represivo diseñado al estilo de la KGB[2] soviética que abarcó todas las esferas de la sociedad. Por si fuera poco, con la creación de los Comités de Defensa de la Revolución y la Federación de Mujeres Cubanas, los tentáculos del régimen llegaron hasta los barrios y las calles de todo el país. Era prácticamente imposible moverse sin que alguien te delatara. Incluso, las instituciones religiosas fueron vigiladas y los creyentes reprimidos de diversas formas.

Durante estos primeros años, el gobierno castrista le fue arrebatando a los cubanos cada una de sus prerrogativas; incluso fue minando las bases de su sociedad a partir de la división de las familias por sus simpatías políticas y separando a los hijos de los padres mediante planes creados con ese fin, que iban desde el plan de becas hasta el sistema de las Escuelas al Campo y sus variantes posteriores. Igualmente fueron socavando los valores tradicionales de la nacionalidad y la cultura cubanas, e inculcándole al pueblo elementos de otras culturas ajenas por completo a su idiosincrasia, lo fue desmoralizando y, lo más importante, le sembró el miedo y la inseguridad.

Hay que entender que no se trata de un miedo cualquiera, es un miedo crónico[3] que no se limita al miedo a la cárcel, a la muerte, a la tortura, al exilio, o a la supuesta invasión extranjera. Se ha ido extendiendo a todo y a todos, al vecino, al amigo, al familiar, a la pérdida del trabajo, a no tener que vestir o comer, etc. Y ha ido acompañando permanentemente al ciudadano, cortándole toda iniciativa e interés. El sometimiento de un pueblo por el terror es un viejo procedimiento aplicado por la política que cobra mayor efectividad hoy gracias a los adelantos de la ciencia y la tecnología.

Mediante el abuso de confianza y de poder, el pueblo cubano fue subordinado al Estado, o mejor dicho, al Partido Comunista, que además de ser a lo castrista, no tenía contrincante, pues fue el único partido permitido desde entonces. Por si esto fuera poco, quedó también constitucionalmente abolido el derecho a oposición, al ser declarado enemigo de la revolución, y por lo tanto sujeto a sus leyes, todo aquel que pensara de manera diferente a la establecida por el gobierno y se atreviera a expresarlo de algún modo. Liborio[4] quedó definitivamente amarrado y amordazado.

La segunda etapa a analizar se extiende desde la aprobación de la Constitución de 1976 hasta aproximadamente el año 1989, cuando se produce el derrumbe del Campo Socialista y la debacle soviética. Durante la misma quedaron sepultadas definitivamente las esperanzas de los que aún creían en la posibilidad de una mejoría económica y en el cumplimiento del proyecto revolucionario.

Al inicio, todavía muchos cubanos pensaban sinceramente que estaban contribuyendo a la construcción de la nueva sociedad y no reparaban en cualquier sacrificio en aras de un futuro mejor para sus hijos y nietos. Esto obviamente fraccionaba la sociedad cubana y limitó la posibilidad de que prosperara y se desarrollara una oposición más fuerte en ese momento. Aún no se les había caído totalmente la venda de los ojos. Afortunados aquellos que supieron evaluar desde el inicio la magnitud del desastre y del engaño.

Tanto adentro y fuera de Cuba muchos observaban esperanzados los logros de la revolución en los campos de la educación y la salud, que en esta época eran en cierta medida reales. Esto contribuyó a aumentar el prestigio del castrismo ante el mundo, y a que lograra el apoyo de los organismos internacionales. Incluso, sirvió de instrumento para la demagogia gubernamental y sus alardes de solidaridad con otros pueblos del orbe, aun cuando muchos sabían que Cuba sobrevivía gracias al apoyo financiero soviético y que en realidad lo que se pretendía era exportar la revolución. Sin embargo, es innegable que ese discurso confundió a muchos alrededor del planeta durante demasiado tiempo.

Todo esto permitió que a pesar de los errores económicos garrafales cometidos, que fueron sentando las bases de la crisis estructural de la economía cubana, se gozara de períodos de cierta bonanza económica que sirvieron para alimentar las ilusiones del cubano que soñaba todavía con una Cuba mejor. Esa fue la época del mercado paralelo, que luego fue reemplazado durante un tiempo por el mercado libre campesino, que tuvo corta duración, pues una de las bases del régimen castrista ha sido siempre, y lo será, no permitir el enriquecimiento económico de la población y mucho menos del sector privado, pues si algo saben muy bien, es que el poder económico acaba por imponerse al poder político. Por eso no hay que confiar demasiado en ninguna reforma gubernamental en ese sentido.

Esta posición de confianza de una gran parte de la población estuvo reforzada por la élite castrista, una nueva clase social alimentada por el régimen, que depende de él y por supuesto lo apoya como única forma de sobrevivencia. Ahí están incluidos los dirigentes del partido y del Estado, sus familiares y amigos más allegados. Esta masa no es homogénea y es bastante maleable, así lo han demostrado los hechos posteriores. No obstante, en esa etapa, aunque profundamente corrupta, les era bastante fiel.

Con las armas al alcance exclusivamente de las Fuerzas Armadas y el Ministerio del Interior, con un sistema de inteligencia reconocido como uno de los mejores del planeta; auxiliados además por los Comités de Defensa de la Revolución, las Brigadas de Acción Rápida y otros engendros más creados para vigilar y acosar a los desafectos al régimen en todas partes, obviamente se hizo cada vez más difícil la acción de la oposición.

¿Cómo podría competir entonces la disidencia interna contra el andamiaje castrista y su maquinaria propagandística sin tener recursos, ni medios para desmentirlos? Todavía hoy, a pesar de la internet, de los blogueros, del teatro y el cine independientes, y de los celulares, sigue siendo difícil para los opositores su labor de divulgación y movilización.

A lo que hay que agregar, que una de las tareas a las que mayor atención ha dedicado el gobierno, en todos las etapas, ha sido la de crear falsos disidentes; además de penetrar, dividir, descabezar y desacreditar a la disidencia real. Esta ha sido, sin lugar a dudas, una de sus cartas de triunfo hasta la actualidad.[5]

Sin embargo, al finalizar esta etapa, la mayoría de los cubanos se habían dado cuenta ya del divorcio existente entre la teoría y la práctica del régimen. Tendencia que se fue a acentuando a partir de la perestroika y las publicaciones rusas a mediados de la década de 1980. Que también fueron neutralizadas y atacadas por el gobierno cuando se percató del peligro que representaban para su control absoluto sobre la conciencia de los cubanos. Aunque el daño ya estaba hecho, muchos empezaron a pensar diferente.

A pesar de la aparente estabilidad que gozaba el sistema en esta etapa, hubo dos momentos en que su control se resquebrajó y reverdeció la esperanza en el pueblo cubano. Lamentablemente, ni la oposición interna ni las organizaciones del exilio supieron o pudieron aprovecharlos convenientemente.

El primero se dio durante la preparación y la celebración del V Congreso de la Unión de Jóvenes Comunistas en 1987, cuando la juventud cubana, encabezada entonces por Roberto Robaina, se enfrentó al Partido Comunista y a su dirección reclamando cambios de todo tipo, económicos, de igualdad social, de libertad y porque se le diera un espacio político a su generación. Por supuesto, fueron mediatizados, reprimidos o aleccionados. Vale recordar que a continuación del evento juvenil Robaina desapareció, y luego se supo que había sido enviado a combatir al África en donde estuvo por casi un año. Este pudo ser un gran momento, pues el líder juvenil había llegado a competir en popularidad con el propio Fidel Castro, quizás eso explique muchas cosas.

El otro momento interesante se produjo con el caso de Ochoa. La Causa Número Uno fue una clara expresión de la profunda descomposición del sistema, pero muy especialmente, del resquebrajamiento del poder absoluto de Castro. Hay muchos lados oscuros aún en ese asunto y en otros casos que le siguieron; pero sin dudas significó una fisura importante en el aparato militar del régimen, que no fue convenientemente explotada por la oposición interna ni por las organizaciones del exilio. Aun cuando el régimen pretendiera mostrarlo como un caso más de corrupción, el pueblo no quedó convencido.

Ahora bien, lo cierto es que muchos cubanos dentro de Cuba perdieron para siempre sus esperanzas en la revolución a partir de ese hecho. Este incidente marcó un punto final y un comienzo en el despertar de la conciencia del pueblo cubano, a pesar de la propaganda, de la represión y del miedo. Para muchos, se abrió una nueva época.

La segunda parte de este análisis se publicará mañana miércoles.



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