Actualizado: 22/11/2019 12:19
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¿Por qué tentarlos otra vez?

Moscú habla de reanudar su presencia militar en Cuba, La Habana juega a la intriga y Washington traza una línea roja sobre los planes rusos.

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¿Quieren los cubanos volver a ser una pieza en el tablero militar del mundo? De momento, la pregunta no existe porque el tema ni interesa. No estamos en 1962. Pero los pocos que toman nota del asunto se persignan a manera de conjuro.

"Nos mandan (Estados Unidos) la cuarta, la quinta y la veinte flota. ¡Eso es candela!", predice un sesentón y hace la cruz con los dedos. Espera en la carnicería por la ración per cápita de huevos del mes. Son diez.

El debate se anima. "Ya ellos se lo llevaron todo de aquí. Ahora qué pretenden, no somos su juguetico", repara entre dientes un ex funcionario del Partido, aludiendo a la retirada rusa de la Isla en 2001. Para indicar que no hay más comentarios que hacer, se encoge de hombros.

"Que nos dejen tranquilos. Ya bastante tenemos con todo lo que tenemos encima, además, ya ellos no son la Unión Soviética, así que se dejen de tanto cuento", interviene una mujer que se abanica con la cartilla de racionamiento. El calor, casi a la una de la tarde, es insoportable.

Una militar, que pregunta por el último de la fila, no se da por enterada. Discretamente, alguien hace un guiño para indicar la necesidad del silencio. Chitón. La uniformada mira para sus zapatos. Ha sido una rara conversación en un país donde casi sólo se habla de dinero y, si acaso, de la telenovela de turno.

Los ciudadanos que leen la prensa o miran el noticiero supieron de la cuestión por Fidel Castro.

En una de sus llamadas reflexiones, bajo el título La estrategia de Maquiavelo, el octogenario líder respaldó el silencio intrigante del gobierno en medio de la estampida noticiosa.

"Hizo muy bien en guardar silencio digno sobre las declaraciones publicadas el pasado lunes 21 de julio por Izvestia, relacionadas con la eventual instalación de bases para los bombarderos estratégicos rusos en nuestro país", escribió Fidel, quien trata a Rusia de "esa gran potencia" y fustiga el establecimiento de misiles y radares estadounidenses en Polonia y República Checa.

"No hay que darle explicaciones, ni pedir excusas o perdón" a Estados Unidos, recalcó el ex mandatario.

La Habana, que no habló más del asunto, percibió una oportunidad de oro y atacó en todos los frentes posibles.

Recordó a Washington su plena soberanía en momentos en que la cuarta flota navega por el Caribe. De paso, complació al Kremlin haciendo saber su rechazo a la sombrilla antinuclear en Europa del Este y, por si fuera poco, abrió una puerta a las especulaciones más formidables dando la bienvenida, sin previo aviso, al viceprimer ministro Igor Sechin, para relanzar el comercio y las inversiones rusas en la Isla.

El vicepresidente Carlos Lage señaló que Cuba "está dispuesta a trabajar activamente en proyectos que den más fortaleza a los nexos entre ambas naciones, más allá de lo avanzado hasta ahora".

El régimen ha enmarcado sus prioridades con Rusia en las áreas del petróleo, el turismo, la salud, el níquel, el transporte, los cítricos y las finanzas.

Moscú ocupa el décimo lugar entre los socios comerciales de La Habana, mientras que la Isla es sexta entre los países latinoamericanos con intercambio con esa nación europea.

Ricardo Cabrisas, ministro sin cartera y un veterano en las relaciones con el Kremlin, afirmó que este es el "momento más propicio" para profundizar las relaciones con Rusia.

A principios de abril, el canciller Felipe Pérez Roque aseguró que "las relaciones entre Cuba y Rusia se encuentran en una nueva etapa".

Una herida abierta

Es difícil encontrar mejores referencias sobre los vínculos bilaterales post-soviéticos. Sin embargo, las relaciones, al menos públicas, siempre respetaron el aspecto militar. Era una herida abierta. Incluso el armamento mostrado por la Isla en sus desfiles militares habla de un ejército remendado —viejos medios soviéticos modernizados— y algunas novedades de la industria bélica local.

"Lo que hace falta son nervios de acero en estos tiempos de genocidio, y Cuba los tiene", advirtió Fidel Castro en las reflexiones de marras, haciendo suponer que esa serenidad serviría en principio para estudiar fríamente una eventual propuesta rusa en materia de colaboración militar estratégica. De cualquier manera, quita horas de sueño a los planificadores del Pentágono.

Aunque el propio vocero del Ministerio de Defensa, Ilchat Baichurin, desmintió que bombarderos rusos recalarían en Cuba y lo describió como una "patraña", el primer ministro Vladimir Putin, el mismo que repatrió la base de espionaje electrónico de Lourdes, dijo hace unos días: "necesitamos restablecer nuestras posiciones en Cuba y otros países", durante una reunión del consejo de ministros dedicada al programa federal de lucha antiterrorista.

Tal vez sea tarde. La Habana nunca hubiera pedido desmantelar "esas posiciones en Cuba". Le resultaban de suma importancia política, tan sólo por el hecho de que eran unos oídos en el pecho de Estados Unidos, aunque, como se dijo después, la información acopiada por Moscú era compartimentada.

Arrastrar a Cuba en una eventual réplica rusa a los planes estadounidenses en Europa del Este tendría todas las desventajas para la Isla: replantearía un escenario frustradamente ya vivido hace 46 años, con el agravante de que la potencia de entonces sólo existe en los textos de historia y la Cuba de hoy es un país atascado en un ciclo de reformas y contrarreformas que lo devora a sí mismo.

Además, una crisis militar con Estados Unidos, aun cuando no se dispare un tiro, complicaría la supuesta estrategia actual del gobierno de, en lo posible, evitar más tensiones sobre la gente.

En enero último, el gabinete cubano pasó por alto una iniciativa de Venezuela y Nicaragua de crear un ALBA militar, de modo que los países miembros de la Alternativa Bolivariana para las Américas, respondieran de conjunto a un ataque a uno de sus integrantes.

"El enemigo es el mismo, si se meten con uno de nosotros tendrán que meterse con todos nosotros, responderemos como uno solo", advirtió Chávez entonces.

El desastre sobrevino

En el otoño de 1962, los soviéticos retiraron sus cohetes de alcance medio de Cuba, luego de negociar secretamente con el presidente Kennedy. Fidel Castro se enteró por los cables de prensa y desde entonces decidió no confiar jamás en la palabra de los líderes moscovitas. Había sido humillado.

Para en parte lavar la afrenta, los soviéticos inundaron la Isla de armas gratuitas, equipando uno de los mejores ejércitos convencionales del mundo y posicionando una brigada de combate y una base de espionaje electrónico que Putin cerró en 2001.

Se dice que pagaban por ello 150 millones de dólares y que registraban cotilleos telefónicos desde Alaska a la Florida. Ahora, la llamada ciudad de los rusos es la UCI, la Universidad de Ciencias Informáticas.

Durante una conferencia a militantes del Partido Comunista, el entonces jefe del Departamento Ideológico, Carlos Aldana, se mostraba dramático a fines de los años ochenta.

"Si se llevan la base de Lourdes, entonces el último que apague el Morro". Aldana preveía un escenario casi inconcebible para las autoridades cubanas.

La realidad desbordó sus cálculos. El desastre sobrevino. Aldana es ahora un ciudadano común que se cubre del sol con una gorra de larga visera y con su auto Lada se gana la vida como taxista. Fidel Castro es el único estadista que sobrevive a sus pares de la Crisis de Octubre y escribe sus memorias.

De filosofía rumbosa, los cubanos de 1962 coreaban al son de las tumbadoras: "Nikita, Nikita, lo que se da no se quita". Es difícil encontrar alguien que lo tararee ahora. Pocos recuerdan que los rusos se llevaron los cohetes en una de sus peores "traiciones". ¿Por qué tentarlos otra vez, pero, sobre todo, en aras de qué? Son las preguntas que se hacen algunos que peinan canas. Es inútil inquirir en los jóvenes. Muchos no saben que hubo una vez un país llamado la Unión Soviética.


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