Actualizado: 15/10/2021 16:37
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Makarenko, Educación

Recordando a las “Makarenko”

La creación de un cuerpo de maestras, procedentes en su mayoría de familias obreras y campesinas y educadas para creer, no para pensar

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La idea central del Plan era emular a Dios: crear un hombre (nunca se decía “mujer”) nuevo a través de la pedagogía socialista, cuyo profeta era Anton Makarenko.

Los fundamentos de la prédica Makarenko se centraban en la constitución de grupos no-colaborativos y opuestos a la formación individual que garantizaran la “ilustración, formación, disciplina y autodisciplina” de los maestros, como lo expresara un director de la Escuela del Partido “Ñico López”. Al considerar la colectividad ideal de la sociedad socialista, el sujeto sometía su individualidad a lo grupal con el fin de lograr el producto imaginado: el hombre nuevo.

Maida L. Donate cita el enfoque filosófico aplicado a las maestras cubanas futuras: “el mejor sistema de educación es el que se basa en el quebranto de la voluntad del educando, porque el sacrificio, como estilo de vida, es el recuerdo vívido de la verdadera condición humana y el único objetivo del ser social”.

Con el fin de lograr el quebranto inmisericorde del individuo, se designó a Elena Gil Izquierdo (Mérida, 1906-La Habana, 1985) directora del Plan de Estudios Makarenko. Como el fraile Diego de Landa, con el inquisitorial “Auto de fe de Maní”, en Yucatán, Elena Gil barrió con los modelos educativos heredados y con todos los preceptos defendidos por los pensadores y filósofos que habían atendido el tema de la educación: Luz y Caballero, Bachiller y Morales, Varela, Mestre, Varona, Martí y todos los que luego abogaron por el enaltecimiento y cultivo de las virtudes individuales y nacionales. El quebranto se logró en los años que las jóvenes permanecieron en Minas del Frío, Topes de Collantes y, finalmente, Tarará. Las maestras “Makarenko” (principalmente de familias obreras y campesinas) debían mostrar, en las condiciones de supervivencia más difíciles, una fuerte resistencia física y una fe demoledora, asfixiar las emociones y mutilar las pasiones (esas “desviaciones burguesas”), vivir el estalinismo cotidiano con disposición militar y disciplina estricta, nutrir la capacidad de liderazgo solo para controlar y dominar al medio y a las personas, mientras se vigilaban unas a las otras sin descanso. La “neutralización” de los transgresores era imperativa si se quería un mundo mejor.

En Tiempos difíciles, Dickens describía a los niños en una escuela utilitaria benthamita como “jarritos” (little vessels) a los que había que rellenar con dogmas y hechos hasta abatir el último resquicio de vitalidad e imaginación. La escuela era una fábrica de niños grises y tristes. Así “las Makarenko” fueron jarritos rellenos con la voluntad de extinguir lo creativo, lo original, lo diverso (especialmente en el ámbito de la moral sexual “revolucionaria”), por lo que se logró fabricar monjas políticas quienes, al derrumbarse la utopía y quedar desesperadamente solas, en la actualidad —mujeres de la tercera edad— son seres traumatizados, homófobos, oportunistas, sin autoestima, hipócritas, delatoras, suicidas, enfermas. Las educaron para creer, no para pensar.

El crimen moral cometido contra aquellas jóvenes no lo perdonan ni sus víctimas ni Dios.


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