Actualizado: 13/12/2019 11:14
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Sociedad

Ubres cibernéticas

Se levanta la veda de los artefactos de vídeo: En el mercado callejero la oferta crece a empujones de la globalización y a contrapelo de la 'batalla de ideas'.

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Está eufórico. "¡Al fin… Gracias Fifooo!", suspira mirando al cielo y suelta una bocanada. Es de los que convierte una buena noticia en una promesa de mercado.

Detrás de sus espejuelos de pasta, su pelo recién cortado y su aire de inspector, Ariola capta al vuelo la nueva que la trae el vecino. Los cubanos ya pueden importar individualmente todo tipo de equipos de vídeo.

Semanas antes de ser publicada en la Gaceta Oficial, la gente ya manejaba el dato en la calle.

La exclusión estaba vigente desde 1979 y se había reforzado en 2002. "Resulta conveniente eliminar la prohibición", expresa un lacónico texto firmado por la ministra Georgina Barreiro, para "las importaciones que sin carácter comercial se realizan por viajeros y mediante envíos".

El Estado nunca comercializó máquinas de vídeo de ningún tipo, aunque permitió la entrada al país a cuentagotas autorizando a un mínimo grupo de viajeros a introducir los aparatos: personal aéreo, diplomáticos, marinos mercantes y colaboradores civiles en el extranjero.

El resto corría el riesgo del decomiso, salvo que estuviera dispuesto a pagar una buena suma a los aduaneros.

Para el cubano de a pie las ofertas en el mercado negro son difíciles de responder: un DVD cifra los 250 ó 300 convertibles. En cambio, los vídeos VHS han caído en desgracia por su obsolescencia: se pueden obtener por 60 u 80 convertibles.

Una política de apariencias

En la retórica oficial, todos esos artefactos no hacen otra cosa que "envenenar conciencias". Sin embargo, las casas estatales de alquiler de películas nunca han tenido pudor en circular, en su mayor parte, el cine más comercial que se factura en Occidente y Oriente.

Una política de apariencias estaba intacta. Ahora con la entrada permitida de equipos de vídeo tal parece que la lucha ideológica, rebautizada como "batalla de ideas", se bate en retirada y que los pruritos ya no importan para quienes tomaron la medida.

En un mercado subterráneo que vive de mostrarse, cada disco —ya sea de música o de cine o videojuegos— se tasa en dos convertibles o cincuenta pesos, que es su equivalente.

Para el Estado cubano, la competencia es incontestable. En sus tiendas una película de vídeo cuesta diez convertibles y un DVD quince. Sus competidores callejeros están fuera de todo alcance.

"Todo esto lo voy a vender", dice Ariola planeando la mano sobre el bastidor atestado de títulos. La frase parece más audaz que convincente. La venduta está parapetada a la entrada de un sólido edificio habanero. Si hay peligro de inspección, en un santiamén será desmontada y "¡aquí no pasó nada!".

En este tenderete de DVD y CD la gente se detiene, mira, revisa, pero apenas "si cae alguien en el jamo", explica este jubilado de la empresa eléctrica. Aunque no venda un peso, nunca pierde el buen humor. Su vida, como la de muchos cubanos, se acomoda a los altibajos.

Con 72 años aprendió rudimentos de computación en uno de los clubes habilitados por el Estado y comenzó en el "giro de quemar películas y juegos".


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