Actualizado: 19/01/2021 21:47
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Independencia, Mambí, Céspedes

Un día en la vida de Céspedes

El gobierno mambí procedió contra Céspedes, ya depuesto, de manera tan familiar hoy en día que algunas notas en su último diario pudieran atribuirse a víctimas de la represión castrista

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El miércoles 7 de enero de 1874, Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo se entera de que la Cámara de Representantes procedería a investigarlo por habérsele ocurrido largar, el 24 de octubre de 1873, un manifiesto al pueblo y al ejército con instancia de si estaban a favor o en contra de su deposición como presidente de la República de Cuba en Armas. El general Manuel de Jesús “Titá” Calvar notificó al presidente ya depuesto que sería enjuiciado por la Cámara si el manifiesto se interpretaba como acusación contra determinadas personas; si no, iban a darle “pasaporte para el extranjero” [1].

Céspedes había largado el manifiesto al recibir confidencia de que el Marqués de Santa Lucía, Salvador Cisneros Betancourt, tejía “una conspiración (…) para deponerme y entrar él en mi puesto”. Y como la Cámara procuraba “darse una escolta que obedezca solamente a sus órdenes”, Céspedes dedujo: “Preparan algún golpe de Estado que pueda engendrar la guerra civil. ¡Qué horror!” Así, la nación cubana quedó ligada desde su origen a la maldita circunstancia de guerritas internas por todas partes entre quienes, hoy como ayer, se oponen a dictaduras.

Conspiración de camarones

Céspedes usaba “camarones” para referirse a los integrantes de la Cámara, quienes conforme a la Constitución de Guáimaro (1869) ejercían el poder legislativo y tenían la doble potestad de nombrar y deponer al titular del poder ejecutivo (Artículos 1, 7 y 9). Tras leer los dos acuerdos tomados por los camarones el 27 de octubre de 1873 en Bijagual (Oriente) para deponerlo y sustituirlo con el Marqués, Céspedes anotó: “Ambos en mi concepto adolecen de nulidad”. Nunca explicaría por qué y a la postre dejaría plasmado no poder “asegurar quién (de la Cámara o yo) era el equivocado”.

Ante indicios de “que la Cámara está resuelta a deponerme, porque así lo pide el ejército”, el presidente había circulado aquel manifiesto con esta justificación: “Encerrado en el círculo de la legalidad, no haría más que lo que dispusiera el pueblo soberano”. Tal y como hoy ese pueblo no es la entelequia amante de la libertad y la democracia que invocan intelectuales inorgánicos y lidericos sin masa del anticastrismo tardío, sino la gente que visiblemente marcha y vota a favor del gobierno dictatorial, ayer el pueblo soberano de la república mambisa no era otro que el “pueblo cubano visible, de los revolucionarios en armas” [2].

Aquel 27 de octubre en Bijagual, además de quienes acampaban en unas 700 tiendas de campaña, otros 1.500 revolucionarios en armas aguardaban en formación más allá del campamento. El generalato y casi todas las tropas de Oriente aceptaron y aplaudieron la destitución de Céspedes [4], quien para evitar una guerra civil entre mambises se abstuvo de alzarse con el batallón bayamés Luz de Yara y demás tropas fieles. Por eso escribiría el 21 de noviembre de 1873 a su esposa ya exiliada, Ana de Quesada, haberse “inmolado ante el altar de la patria en el templo de la ley. Por mí no se derramará sangre en Cuba” [3].

Pruritos de legalidad

Hoy la dictadura del único partido pervive con la complicidad vergonzosa de eso que llaman pueblo de Cuba, pero tanques y tanquetas dizque pensantes del anticastrismo tardío se consuelan hasta con tachar de ilegal al Partido Comunista (PCC) aunque esté refrendado en la propia Constitución como superpoder. Al mismo consuelo de ilegalidad recurrió la historia oficial en ausencia de protestas o revueltas por la destitución de Céspedes:

“Hubo ilegalidad; el quórum mínimo aprobado por la constitución y la ley electoral era de nueve y cuando Salvador Cisneros Betancourt, un poco aparentando escrúpulos, cierto pudor, se retira de la votación y el grupo de la Cámara que está reunido para deponer a Céspedes se queda sin quórum mínimo, ahí hay una violación. En segundo lugar, el sucesor legal era el vicepresidente de la república, [Francisco Vicente] Aguilera, que estaba en misiones en Nueva York, y no Cisneros, como sucedió” [5].

Vayamos a los hechos. Ni la Constitución ni la ley electoral fijaban quórum mínimo. En carta (Carojo de Caoba, 10 de mayo de 1872) a la Cámara, el propio Céspedes alude a la norma consuetudinaria de tomar decisiones “en número de siete”. Para deponerlo se reunieron nueve camarones [6]. Y Cisneros Betancourt no se retira de la votación por guardar apariencias, sino por presidir la Cámara y tener que asumir la presidencia de la república en ausencia del vice. De ahí que se excusara de votar y acabara siendo nombrado presidente interino, pues la Cámara reconoció que la presidencia titular correspondía a Aguilera.

Así que la destitución de Céspedes no pecó de ilegalidad, aunque trajera su causa de la intriga y la envidia que se manifiestan —ayer como hoy— entre lidercillos incapaces de “lograr cierto grado de unidad de objetivos como oposición [a una dictadura mientras gastan] tanta energía en serrucharse el piso los unos a los otros” [7].

La idea de que la Cámara destituyera al Presidente fue agitada por el propio Aguilera, quien se reviró al designar Céspedes al general Manuel de Quesada —removido del cargo de General en Jefe por la Cámara — como agente en USA de la República en Armas. Y casi todo el generalato mambí guardaba animadversión al Presidente por sus regaños. Calixto García, por ejemplo, sostuvo decisivamente con sus tropas la decisión de la Cámara ya que, entre otras cosas, fue reprendido el 1º de agosto de 1872 por Céspedes como consecuencia de “los abusos y excesos [de la] soldadesca desenfrenada y autorizada por jefes” [8].

Hoy como ayer

No en balde se atribuye a Fidel Castro haber soltado: “Nosotros entonces hubiéramos sido como ellos; ellos hoy hubieran sido como nosotros” [o al revés]. En Bijagual, el camarón Luis Victoriano Betancourt lanzó contra Céspedes un dardo que el castrismo usaría a mansalva: “Vosotros le conocéis, señores; no es el enemigo de fuera, es el enemigo de dentro; no es el que nos ha perseguido, es el que nos ha acompañado” [9].

El gobierno mambí procedió contra Céspedes, ya depuesto, de manera tan familiar hoy en día que algunas notas en su último diario pudieran atribuirse a víctimas de la represión castrista: “Creo que el [poder] ejecutivo trata de coartar mi libertad, no solo negándome mi pasaporte, sino obligándome a estar en el lugar de su residencia / Casi todas las cartas que recibo traen señales de haber sido abiertas / Tengo que ocultar mis papeles / Aquí estoy detenido por acuerdo de ambos poderes [Eje-cautivo y Legis-dativo (sic)] / Sigo en la creencia de que tratan de demorarme con alguna idea”.

Y resulta curioso que hoy se honre al primer presidente de la nación cubana con el término que él mismo usó ayer para tachar a los camarones: “Toda la gran política de estos venerados Padres de la Patria (sic) se reduce, según se descubre por su manejo, a hacerle la guerra al general Quesada. ¡Qué vergüenza!”

Mano incógnita

A la última entrada del diario de Céspedes siguen varias notas con letra muy diferente, entre ellas: “Parece que Céspedes, al verse sorprendido por fuerzas españolas, se disparó el revólver procurando suicidarse y no habiéndolo conseguido, se arrojó huyendo por un barranco y concluyó sus días por el fuego [del batallón] de San Quintín (…) Parece que el Bon. de San Quintín (o sea, su jefe) recibió un aviso o confidencia del punto donde se encontraba el expresidente, y que este aviso se lo dio un negro presentado [esto es: que por voluntad propia se había entregado a las autoridades coloniales] que había sido sirviente, ordenanza o asistente (algunos dicen que fue esclavo) del Presidente, Marqués de Santa Lucía”

Coda

Y así parece que en vez de Martí, como decía Lezama Lima, el misterio que nos acompaña desde ayer es la muerte de Céspedes, que hoy tiene réplicas rocambolescas como la desaparición del Comandante Camilo Cienfuegos o el deceso de Oswaldo Payá.

Notas

[1] Las citas pueden verificarse en el diario del 25 de julio de 1873 al 27 de febrero de 1874, que andaba perdido y vio la luz, según Hortensia Pichardo, gracias a “la tenacidad investigativa y la vocación cespedina” del finado Dr. Eusebio Leal Spengler. Zoe Valdés alega que también se debe a “la transcripción paleográfica [con] lámpara lupa” que ella misma hizo. De paso afirma que por entonces vivía en el inmueble donde “Martí y Maceo fraguaron la Guerra del 95”.

[2] Carta de José Martí a Manuel Mercado, Campamento de Dos Ríos, 18 de mayo de 1895.

[3] Cartas a su esposa Ana de Quesada, La Habana: Instituto de Historia (1964), 197.

[4] Figueredo-Socarrás, Fernando: La revolución de Yara, La Habana: M. Pulido y Cía (1902), 8.

[5] “Céspedes en la hora de San Lorenzo”, Granma, 26 de febrero de 2016.

[6] Cf.: De Céspedes y Quesada, Carlos Manuel: Carlos Manuel de Céspedes, París: Tipografía de Paul Dupont (1895), 176. En Bijagual concurrieron, además del Marqués, los camarones Ramón Pérez, Tomás Estrada Palma, Luis Victoriano Betancourt, Fernando Fornaris, Jesús Rodríguez, Eduardo Machado, Marcos García y Juan Bautista Spotorno.

[7] Farrar, Jonathan: “The U.S. and the role of the opposition in Cuba”, Cable confidencial 09HAVANA221, 15 de abril de 2009.

[8] De Céspedes y Quesada, Carlos Manuel: Ob. cit., 210.

[9] Cf.: Pirala, Antonio: Anales de la guerra de Cuba, Madrid: Imprenta y Casa Editorial de Felipe González Rojas (1896), Tomo II, 653.


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