Actualizado: 01/06/2020 20:01
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Mariel, 25 años después

La generación del silencio (II)

Aunque el público y la crítica de EE UU no fueron muy receptivos con la obra literaria de los marielitos, esa situación no frenó sus ambiciones.

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Una de las fechas más importantes para ilustrar el propósito de la generación del Mariel de realizarse, de disfrutar de la libertad de expresión y de hacerse conocer, es obviamente el 23 de abril de 1983, día del nacimiento de la revista Mariel.

El consejo de dirección de la revista se componía de Reinaldo García Ramos, Reinaldo Arenas y Juan Abreu. En el consejo editorial, se encontraba además René Cifuentes, Luis de la Paz, Roberto Valero, Carlos Victoria y Marcia Morgado. El respaldo de Lydia Cabrera, así como la presencia de Reinaldo Arenas dentro del Consejo de dirección —en esos años ya internacionalmente conocido—, ayudaron a promocionar la revista.

Arenas explica en su autobiografía que con esa revista lograron realizar un viejo sueño cubano: "La asesora literaria de la revista fue, sin embargo, Lydia Cabrera, quien se brindó de manera entusiasta a ayudarnos. La revista tenía que ser costeada por nosotros mismos, que teníamos que imponernos una cuota y pagarla rigurosamente (…) El primer número salió en la primavera de 1983 y fue dedicado a José Lezama Lima; era el sueño y la ilusión que Juan y yo teníamos desde hacía muchos años, cuando vivíamos en Cuba. Era como el renacimiento de aquella revista que llamamos Ah, la marea y que hacíamos clandestinamente en el Parque Lenin".

Ah, la marea había tenido en Cuba dos números con una tirada de tres ejemplares. Los propósitos de la revista Mariel fueron claramente establecidos en su primer número: "hemos venido a realizar nuestra obra (…) Rechazamos cualquier teoría política o literaria que pueda coartar la libre experimentación, el desenfado, la crítica y la imaginación, requisitos fundamentales para toda obra de arte".

La revista representaba para esos escritores "una vía para expresarse con absoluta libertad". Explica Roberto Madrigal: "Todos habíamos sufrido el peso del poder de la cultura oficial, la que no admitía la existencia de ninguna otra que no fuera la que propagaban las instituciones y publicaciones culturales del castrismo, la cultura cómplice". Esto tuvo como consecuencia inevitable la necesidad de expresar lo que René Cifuentes llamó "una furia por desenmascarar aquel lugar donde todos habíamos sufrido tanto y por expresar la alegría de estar en otro lugar donde podíamos publicar lo que nos daba la gana", lo cual se hacía posible con esta revista.

Contra la asfixia existencial del régimen

Jesús Barquet vuelve a detenerse en esa oportunidad de desmentir las palabras de Castro a través de Mariel: "La revista Mariel tuvo también, como propósito particular, la intención de contrarrestar la versión castrista y de cierta prensa occidental sobre la naturaleza supuestamente 'antisocial' y 'criminal' del éxodo del Mariel. La revista se proponía (y logró) demostrar que ese exilio incluía literatos, artistas, músicos, pintores, teatristas, profesores, editores, críticos y profesionales de todo tipo que huían de Cuba, no por sus antecedentes criminales ni por perseguir ciegamente fáciles esquemas de bienestar económico, sino por la asfixia existencial del régimen. Se trataba de creadores que sólo buscaban realizar su obra en libertad y en un espacio que consideraban más propicio para la creación".

Al fin y al cabo, de esos 125.000 cubanos que salieron de la Isla, sólo un cuatro por ciento eran criminales y enfermos mentales, según la investigadora Lillian Bertot. Afortunadamente, se puede decir que el grupo del Mariel logró demostrar que también había intelectuales en esa masa humana.

Gastón Fernández señala en su libro sobre el éxodo del Mariel: "Veinte años más tarde, numerosos marielitos se han adaptado con éxito a los Estados Unidos y han contribuido a las artes, a los negocios, a la sociedad y a la educación. Esos emigrantes han sobrepasado el estigma y han desmentido los estereotipos negativos".


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Juan AbreuFoto

El escritor Juan Abreu, en su exilio barcelonés. (MARCIA MORGADO)