Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Laura Pollán

Dama de Blanco, Dama de Cuba

Las Damas de Blanco, con Laura Pollán al frente, derrotaron a la dictadura

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La muerte es un fenómeno tan cotidiano, y a la vez tan dramático, que nos las ingeniamos para creer que es algo que le ocurre a los demás, y que demorará mucho más. Hasta que aparece, de repente —siempre es de repente, pues no estamos preparados para esa realidad— y entonces nos damos cuenta de la fragilidad de la vida, y de que es necesario continuar el camino a pesar de los golpes, por duros que sean

Laura Pollán ha fallecido el mismo día en que el Partido Comunista de Cuba hacía público su documento base para la primera Conferencia Nacional de la organización, donde asegura que “Patria, Revolución y Socialismo están fusionados indisolublemente”, pretendiendo convertir en no-personas a quienes tienen opiniones diferentes. Con su muerte, y con su vida, Laura demuestra que la Patria es mucho más que como pretende definirla una camarilla aferrada al poder por más de medio siglo.

No seré yo quien se deje guiar por teorías de conspiración y análisis tremendistas, sencillamente porque no hay evidencias para demostrar que su muerte haya sido un asesinato fríamente premeditado, o que los médicos que la atendían no hayan actuado como corresponde. Sin embargo —y de esto la historia nunca podrá absolver a la dictadura—, es evidente que las constantes presiones físicas y psicológicas a que estaban sometidas Las Damas, como todos los opositores, tienen que haber dañado la salud de muchas de ellas.

Sabíamos que la líder de Las Damas de Blanco padecía de diabetes crónica y otros problemas, y que el acoso constante que enfrentaba tendría que repercutir sobre su salud, además de que las continuas golpizas y abusos estarían minando su cuerpo, pero siempre la veíamos tan valiente, tan rozagante y decidida, incluso capaz de sonreír en medio de la tormenta, sin odios ni rencores, que creíamos que sería eterna, que siempre estaría, con su gladiolo en la mano, al frente de esas valientes cubanas.

Cuesta mucho imaginar que Laura Pollán ya no esté entre los suyos, entre todos los cubanos, entre todos nosotros, cuando hace tan poco tiempo la veíamos al frente de las corajudas Damas de Blanco, sin títulos oficiales, pero siempre al frente, ya fuera en la calle o desde su propia casa, enfrentando las bandas de energúmenos —disfrazadas de pueblo enardecido— que el régimen envía continuamente con la misión de amenazar y golpear, asustar y humillar, aplastar y silenciar, desprestigiar y desmoralizar, desconocer y ningunear.

Todas las estrategias de la dictadura contra las Damas de Blanco fracasaron ante la digna tozudez y valentía de este pequeño grupo de mujeres encabezadas por Laura Pollán, que no se dejaron intimidar y nunca estuvieron dispuestas a acobardarse ante las embestidas de la barbarie, y que tras largos años de valor, perseverancia y resistencia, lograron al fin que sus familiares salieran de las prisiones, aunque fuera para partir al destierro o continuar viviendo en la gran cárcel en que se ha convertido nuestra Patria.

Más allá de los objetivos personales que perseguían Las Damas de Blanco, y lograron, supieron darse cuenta que la lucha no podía limitarse a lo que podría ser calificado como sano egoísmo en defensa de sus familiares, y plantearon que la tarea debería continuar mientras quedara un solo preso político en la cárcel, fuera quien fuera, y mientras el régimen pudiera considerarse con derecho a encarcelar a quien considere conveniente.

Toda la estulticia y la mala intención de un régimen represivo se volcó inútilmente contra un grupo de mujeres que lo único que hacían —y hacen y seguirán haciendo— era asistir a misa y desfilar en silencio por las calles habaneras, con gladiolos en las manos, rezando y pidiendo por la libertad de sus seres queridos y de todos quienes están presos solamente por pensar de manera diferente a la oficial, por no estar dispuestos a permitir que una camarilla piense por ellos. Nunca el silencio ha sido tan expresivo como con Las Damas de Blanco.

Ese comportamiento, tan sencillo, pero a la vez tan profundo, puso en jaque a la dictadura más prolongada de América, y poco a poco, desde 2003, el mundo fue conociendo que el paraíso socialista cubano no era la panacea que anuncian constantemente los medios oficiales y defienden sin apelación los apologistas más abyectos, y que quienes estaban y están tras las rejas en las ergástulas políticas del castrismo no eran mercenarios extranjeros, conspiradores, millonarios, ni privilegiados, sino sencillas personas decentes, humildes y trabajadoras, hombres y mujeres del verdadero pueblo cubano, seres humanos con dignidad y pensamiento propio, que deseaban para sus familiares, sus hijos y sus nietos, y para todos los cubanos, una vida mejor, más digna, y con menos odios y rencores, que la que puede ofrecer la dictadura a falta de progreso y resultados positivos.

Dicho muy sencillamente: Las Damas de Blanco, con Laura Pollán al frente, derrotaron a la dictadura. Sin más recursos que el coraje, el tesón y la convicción de que una idea justa desde el fondo de una cueva es más fuerte que todo el armamento, la represión, las mentiras, la barbarie y la vileza de una dictadura.

La dictadura tiene miedo. Mucho miedo. Por eso grita y ruge, para ver si no nos damos cuenta.

No por gusto la represión aumenta a cada instante en el país, y va dejando de ser sofisticada y discreta, de baja intensidad, para pasar a ser cada vez más abierta, extendida, brutal y descarnada, no solamente en la capital, sino a lo largo y ancho del país. No por los macabros proyectos de un enemigo que el régimen siempre trata de encontrar fuera de sus fronteras, sino porque los cubanos han dejado de creer en las promesas sin resultados y en la represión sin límites.

Por eso la dictadura trata ahora, además de silenciar la muerte de la luchadora, de impedir que puedan expresarse las múltiples manifestaciones de admiración, cariño y respeto que tantos cubanos sentían por esta digna mujer que, con un gladiolo en la mano y una voluntad de hierro, le demostró al mundo que hay otra Cuba, digna, esforzada, optimista y cargada de amores y futuros, para contraponerla a la Cuba oficial de rencores y repudios, escándalos y vejaciones, fracasos, miserias y tristezas, aferrada al pasado porque no tiene futuro que ofrecer.

Con su muerte, Laura ha derrotado una vez más a la dictadura. Ahora finalmente podrá descansar en paz, sin tener que soportar insultos y agresiones, y sabiendo que se fue de esta vida sin temerle a la barbarie y habiendo contribuido a la magnífica obra de haber logrado que salieran de la cárcel personas que nunca debieron estar presas por pensar como pensaban.

A pesar de toda la ofensiva de la dictadura para mancillar la imagen y la obra de esta valiente cubana, los cubanos —en Cuba y en el exilio— sabremos enarbolar cada día un gladiolo virtual en memoria de Laura Pollán, que si en vida fue la imagen de Las Damas de Blanco, con su muerte prematura se ha convertido en La Dama de Cuba.


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