Actualizado: 23/10/2017 23:51
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Editorial

Un símbolo moral

La actitud y dedicación de Laura Pollán saca su muerte y su vida del entorno doméstico, y la convierte en un símbolo de la dedicación a un país y a un pueblo que en muchas ocasiones, por temor o por indiferencia, ha presenciado inerme las golpizas, los atropellos e insultos, los abusos contra las Damas de Blanco

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En una entrevista reciente Laura Pollán afirmaba que la labor a favor de los cambios democráticos en Cuba tenía un precio, pero que ella no iba a rendirse.

“Nos han dado golpes, nos han pateado. Pero vamos a continuar. Sabemos que vamos por el camino correcto. Muy pronto Cuba será libre. El pueblo está despertando”, dijo entonces la líder de las Damas de Blanco.

Hoy la noticia de su muerte ha sorprendido como un portazo inesperado. Laura Pollán no murió en una cárcel, no fue asesinada por el régimen cubano, pero su fallecimiento se une a la larga cadena de vidas perdidas tras el empeño de llevar el respeto de los derechos humanos a Cuba. Si existiera la democracia en la Isla, su muerte no sería más que un doloroso hecho familiar. Hoy es el fin temprano de una luchadora por un país mejor, que no quiso abandonar su patria y continuó en su empeño más allá del logro inicial de conseguir la libertad de su esposo.

Esa actitud, esa dedicación, saca su muerte y su vida del entorno doméstico y la convierte en un símbolo de la dedicación a un país y a un pueblo que en muchas ocasiones, por temor o por indiferencia, ha presenciado inerme las golpizas, los atropellos e insultos, los abusos contra las Damas de Blanco.

Que 15 mujeres representen la moral de un país es una carga muy dura. Que esa carga influyera o determinara un deterioro de salud es innegable. Es el precio a que hacía referencia la Dama de Blanco.

Sin caer en exageraciones y acusaciones hasta ahora no comprobadas, se puede afirmar que el gobierno de los hermanos Castro tiene una gran parte de responsabilidad no solo en la muerte de Laura Pollán, sino también en su vida. Que se la acortó y amargó, igual que a otros cientos y miles de ciudadanos cubanos que han sufrido la prisión y la angustia por simplemente defender una causa justa.

No es por gusto que ya se ha iniciado una nueva ola represiva, para impedir la asistencia a los funerales de la activista a otros opositores pacíficos, desde disidentes a Damas de Blanco y de Apoyo. Una vez más, el régimen de La Habana trata de sustituir el dolor con el miedo, o de aumentar ambos.

A Laura Pollán siempre se le recordará vestida de blanco. Fue profesora de literatura para la enseñanza media, ama de casa y esposa abnegada. Méritos sencillos pero importantes, que por muchos años mantuvieron a un lado un coraje único y una dedicación plena, que saltó a la luz pública tras el arresto de su esposo, Héctor Maseda. Es en este momento que, sin pudor, puede catalogarse de histórico, cuando adquiere su dimensión pública, la trayectoria que va a definir por completo su vida. Ya no será más la ama de casa o la maestra, labores que seguro continuó realizando y que quizá hasta llegó a añorar, sino la opositora que desafiaba al régimen de forma pacífica.

Es precisamente esa biografía familiar la que la convierte ahora en uno de los muertos más temidos por el régimen. Porque Laura Pollán representa al ser humano que llega a la política a empujones, cuando es precisamente la política quien se mete en su casa. Así que la politización de su vida, y de su muerte, es más por rechazo que por vocación. Siempre, en todo momento, hasta el final, se mantuvo firme, reclamando que su actividad no era política sino de lucha por los derechos humanos, rescatando el hogar para la familia y no para la plaza o la trinchera.

Ahí precisamente radica uno de sus méritos mayores. En demostrar que a un régimen totalitario se le puede desafiar con una sonrisa y un gladiolo.


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