Actualizado: 23/07/2019 15:01
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Política

Majá sin cueva

Ni Raúl Castro quiere cambiar la situación de la Isla, ni puede introducir transformaciones de calado en caso de desearlo.

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Alguien ha escrito que para valorar con realismo la situación de hoy en Cuba, y sus presuntos cambios, habría que partir del enfoque de aquello que Raúl Castro no quiere cambiar. Es un planteamiento laberíntico. Por dos razones.

Primera, porque lo que Raúl Castro no quiere cambiar es la situación misma. A no ser que entendamos que esta situación es un cuerpo ajeno al sistema que la generó, un sobrante, un agregado de última hora, y que el sistema, igual que el majá, está capacitado para soltar su vieja pellejera a la orilla del camino y seguir andando como si tal cosa, con otro pellejo, como si fuera un majá nuevo.

La segunda razón es más elemental, así que resulta menos realista no considerarla: en el caso (improbable) de que Castro II deseara introducir transformaciones de auténtico calado en la Isla, no podría hacerlo. Se lo impiden las estructuras de poder creadas (ab ovo) para preservar el sistema.

Sin embargo, por estos días, cuando al parecer nadie quiere quedarse sin poner la suya, resulta común leer afirmaciones tan poco afincadas en la realidad como la anterior. Son tantas ya, que se atropellan, igual que las penas del bolero.

Aún menos realista que tales planteamientos carentes de realismo, salta ante los ojos la falta de realismo de tantos planteamientos que pasan por alto la historia del sistema.

Castro II ha dicho que para tener más, hay que producir más, con sentido de racionalidad y eficiencia. Y en vez de emplear unos minutos revisando discursos más y menos antiguos donde se dijo lo mismo, decenas, cientos de veces, nos apresuramos a apreciar en sus palabras un signo de cambio.

Dijo que todo no puede resolverse de inmediato, que hay que tener paciencia. Entonces elogiamos su actitud pragmática. Ahora sí vamos a construir el socialismo. Con borrón y cuenta nueva para el desgaste de casi medio siglo de paciente espera.

Ha lanzado (más de una vez) la rama de olivo a los yanquis, en tanto el pueblo se quedaba en la rama, sin derecho a diálogo. Pero lejos de apreciar el asunto como lo que ha sido: retórica cosmética, nos admira y dejamos que sean los yanquis, con otra retórica cosmética, quienes respondan lo debido, aparentando un respeto que jamás demostraron ante el ejercicio de nuestra libre voluntad.

Vivir para ver

Entre la barahúnda de lugares comunes y el descubrimiento del café con leche por parte de estas luminosas lumbreras que tal vez sientan nuestras cosas como suyas, aunque no las padecen, leemos a diario afirmaciones realistas de tan elevado alcance que nos cuesta entenderlas. Se refieren a nosotros, o es lo que creen hacer, pero no nos dicen nada en tiempo real. Por ejemplo:

"El camino para el futuro del país está trazado y no hay más que seguir la línea oficial". O: "el gobierno cubano movió los reflectores hacia la crítica escasez de alimentos, el burocratismo y la ineficiencia y abrió en esa forma un debate económico, que coincide con discusiones surgidas en otros medios y está produciendo una tormenta de ideas sobre el futuro de la Isla". O: "Cuba se aproxima al medio siglo de vida como experiencia singular de poder anticapitalista experimentando síntomas y demandas de transformaciones internas". O: "las Fuerzas Armadas que Raúl Castro dirige fueron un puntal con la creación de empresas, la producción de alimentos o la transferencia de directivos para las medidas —algunas de corte mercantilista— que sacaron de la crisis al país en los años noventa, cuando cayó el comunismo en Europa del Este y desapareció el subsidio de la Unión Soviética a la isla".

Y mientras el palo va y viene, nosotros, los únicos a quienes en realista realidad nos corresponde incidir en la valoración del hoy y las transformaciones del mañana, continuamos en nuestra tarea, la que nos toca, la única que nos asignan: dormir y callar, como el ratoncito Pérez, para que los genios y los jefes piensen por nuestras cabezas y hablen con nuestras lenguas.

Después de todo, ya se ha visto que sí hay males que duran cien años. Sólo que no ha nacido el cuerpo que los resista. Y no tenemos por qué ser excepción.

Tiempo al tiempo. Vivir para ver. Digan lo que digan, el majá se está quedando sin cueva. Y no es Felipe Blanco quien se la tapó. Ni siquiera ha sido el tan "odiado" Imperio, que más bien le acomoda siempre un escape, con sus torpezas, su indolencia y su habitual prepotencia. El tapón para la cueva del majá forma parte de su propio organismo, lo trae de nacimiento en el cabo del rabo.


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