Actualizado: 13/12/2017 9:30
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UMAP, Homosexuales, Represión

Para colaborar con Mariela Castro (I)

Primero de una serie en seis partes, sobre las atrocidades sufridas por quienes fueron enviados a las UMAP

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La sexóloga cubana Mariela Castro, hija del actual mandatario Raúl Castro y directora del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex) ha dado a conocer en estos días su disposición para investigar sobre las particularidades de las UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción), establecidas en la década de 1960, justamente entre los años 1965-1968, por el régimen existente en Cuba. Castro propone investigar “el tema, partiendo de los testimonios que tiene y de otros que ya le anuncian personas interesadas en narrar sus vivencias”. Y aclara la sexóloga que “hay que aprender de la historia con honestidad y transparencia, y asumir responsabilidades”.

Debemos colaborar.

A las seis de la tarde del sábado 18 de junio de 1966 un nutrido grupo de hombres se presentó en la llamada Carretera de Sagua —en el norte de la ciudad de Santa Clara—, en un edificio conocido como la OIR (se supone que por el nombre de la estación de radio que allí había existido), una dependencia del Comité Militar Municipal. Ellos llevaban una citación oficial en la cual se aclaraba que, en caso de no presentarse en el lugar ordenado, a la hora y día señalados, serían encarcelados. Nadie les había dicho para dónde irían, aunque podrían imaginarlo atendiendo a sus “personalidades” si las vinculaban con esa cosa tenebrosa que existía en la provincia de Camagüey, de la cual tantos hablaban pero nadie, a ciencia cierta, sabía con exactitud de qué se trataba, solo que les llamaban “las UMAP”.

Para entrar en el edificio mencionado, los hombres debían mostrar la citación y así franquear los fusiles de los soldados vestidos de verde militar. Afuera quedaban los familiares que los habían acompañado; pero sobre todo las madres, que tampoco sabían —y nadie les respondió esta pregunta— para dónde se llevaban a sus hijos. Será por esto que lloraban, clamaban, gritaban en las afueras del lugar. Una de ellas gritó: “!¿Habrá alguien que no sea Dios con poder suficiente para arrancarle a una madre su hijo sin decirle para dónde lo mandan?!”.

Entre los citados, que eran de diferentes zonas de la entonces provincia de Las Villas, se hallaban religiosos de diversos credos—campesinos incluidos—, estudiantes de bajas notas, obreros, borrachines nocturnos y de fin de semana, y homosexuales. Claro, algunos contaban con más de uno de estos atributos. Y las edades iban desde los 16 a los 40 años y un poco más, a simple vista. Allí se hallaban, entre otros, Luis Becerra, de 16 años de edad, estudiante nocturno y domiciliado en Santa Clara; Jorge Blondín Iparraguirre, de 26 años de edad, trabajador agrícola en el central Washington, donde vivía, y de religión protestante; Julio Rivero, oficinista y residente en Santa Clara. También se encontraban Rigoberto González, homosexual y mecánico automotor, dueño de un pequeño taller de este giro ubicado en Carretera Central y Marta Abreu, y quien, quizás para no dejarse dominar por el pánico, jaraneó: “Sí ya yo estoy de asilo, ¿pa’dónde me llevan?”. Rigoberto tendría entonces unos 40 años de edad, la misma que debía tener el Maestro (solo escribo el apodo porque él nunca fue homosexual confeso, aunque ya convicto lo era en ese momento). De los alrededores del municipio de Placetas era Colavito —su apellido—, mulato, homosexual evidente, y quizás uno de los seres más propensos a las lágrimas de frente al terror, a sus 37 años de edad. Cepillo, también homosexual, residente en Santa Clara y trabajador de una cafetería en esa ciudad (no digo su nombre ni su otro sobrenombre porque posiblemente, como otros de aquéllos, ya haya muerto: tendría entonces algo más de 40 años de edad). Del municipio de Encrucijada eran los negros Pinchaejubo, trabador del campo, especialista en subir cocoteros; Bambán, también trabajador agrícola —ambos de 25 años aproximadamente—; de la raza blanca Pedro Bernia, campesino y evangelista de unos 20 años de edad; Manuel Valle, de la logia Orfelos y de unos 20 años. De Cabaiguán Eurípides Ferrer, de acaso 23 años de edad y estudiante; de Cienfuegos, Víctor Soriano, de 27 años, obrero fabril y aquejado de una enfermedad pulmonar; de Ranchuelo, Guillermo Jiménez, de 30 años de edad, llamado el Guille la Rumba y sin trabajo oficial reconocido; de los campos aledaños a Sancti Spíritus el Fiji, de gestos amanerados, de unos 17 años de edad, estudiante y católico. Son solo ejemplos típicos. La lista, como se supone, sería muy larga.

Los convidados aguardaban sentados, algunos tirados, en el piso del salón, que se hallaba apiñado, respiración contra respiración. La mayoría de los soldados y oficiales que entraban y salían los miraban con desprecio, con un desprecio que querían demostrarles de manera enfática. Un subteniente, haciendo un gesto abarcador con un brazo, dijo en alta voz antes de entrar en una oficina: “Banda de maricones”.

Sobre las 10 de la noche llegaron unos camiones que ocuparon el patio, que rodeaba al edificio por los cuatro lados. Los militares dieron la orden de subir. Cuando los camiones salían por la misma puerta por la que habían entrado los convocados, algunos familiares decían adiós al azar —y gritaban nombres el azar, y maldecían al azar—: las luces del exterior habían sido apagadas.

El trayecto hacia los arrabales oeste de la ciudad duraría unos 40 minutos. En el extremo de cada camión, sujetos a una cuerda de baranda a baranda, iban soldados con armas cortas. Varios jeeps militares escoltaban a los camiones; avanzaban, se detenían, retrocedían, según el caso.

Llegaron hasta una explanada rodeada de maniguas. La única luz era la de los faros de los camiones. Junto a un barracón de mampostería, vasto, estaban otros soldados; estos eran, sin duda, soldados en campaña, los anteriores parecían “soldados de ciudad”. Estos les “entregaron” los hombres a los que habían estado esperando, quienes, a gritos de donde se podía entresacar la palabra “lacras”, sobre todo, hicieron bajar a los hombres y los conminaron, a bayoneta calada, para que entraran en el barracón.

El piso del barracón era de cemento, polvoso y cubierto de cagarrutas de chivo. El techo estaba en lo alto; la luz era escasa, proveniente de unos bombillos incandescentes que se hallaban muy arriba. También las ventanas estaban a una altura desproporcionada, y entreabiertas. El calor era muy intenso. Los soldados ordenaron a los hombres que se acostaran en el piso, con las cabezas pegadas a la pared, los pies hacia el centro del barracón; pero una buena parte tuvo que hacerlo en medio del área: el espacio no alcanzaba. Luego de pedir y recoger las cuchillas de afeitar que trajera cada uno, lo soldados dieron la orden de que los hombres dormirían con sus equipajes como almohadas, estrictamente; es decir, durante la noche no podían sacarse el equipaje de debajo de sus cabezas.

A medianoche apagaron las luces.

No todos pudieron dormir. Hasta el amanecer se escucharon ayes, ruegos a la madres, sollozos, súplicas por el hambre. Y las botas de los soldados sonando en uno y otro sitio.

“¡La bayoneta no! ¡La bayoneta no!”, gritó en la madrugada alguno de los reclutados, con ese tono de pavor propio de quien despierta de una pesadilla.


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