Actualizado: 28/10/2020 15:50
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La Habana

Así era entonces

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Fue allá por el año 1963 cuando aparecieron en la Isla los Marinít. Eran unos establecimientos dedicados a la venta de productos del mar, que llegaron en una hora de desabastecimiento general de la población, a sustituir a los populares Caporal: comercios cómodos y elegantes, construidos con maderas preciosas en algunos casos, en los que por cincuenta centavos podías comerte un cuarto pollo frito y por diez centavos tomarte un tazón de excelente caldo de pollo, pero que tuvieron una corta vida.

Creados a mediados de los años cincuenta, desaparecieron con las dificultades aparecidas con el proceso de las nacionalizaciones y como parte de la respuesta estadounidense que siguiera la "invasión" de Girón.

En el Marinit, invención de José Llanusa, trabajador incansable dotado de un impresionante cerebro empresarial, primer alcalde habanero después de 1959 y entonces, entre otras funciones de gobierno, a cargo del INIT o Instituto Nacional de Turismo, podías, según tus gustos y posibilidades del bolsillo, comer ruedas fritas de serrucho, cherna, pargo y de otras especies de la aristocracia marina, entre ellas los hoy igualmente fugitivos el camarón y su inseparable compañera de viaje, la langosta.

Éramos tan pobres en esos días de nuestra posteridad, que podíamos darnos vida de turistas. Por un peso te daban una caja de cartón con tres señoras ruedas de pescado, si era para llevar, y por dos pesos te servían una contundente ración de langosta o de camarones, enchilados o con mayonesa, que hoy en los restoranes a donde por lo general sólo pueden ir los extranjeros, cuestan alrededor de veinte dólares.

Fue la época en que rompiendo el silencio en que caía La Habana, cuando después de las diez de la noche parecía haberse ido a dormir igual que un pueblo de campo, apareció la cafetería La Pelota, abierta las veinticuatro horas en un establecimiento donde antes de 1959 iba la gente a charlar y hacerse servir café con leche y tostadas. Remozado el local, le añadió Llanusa churros y chocolate. Y con esto, al menos allí en 23 y 12, volvió La Habana a ser La Habana.

Una vez fuimos turistas

Muy poco durarían los Marinit. Cuando un día, al salir repentinos y solidarios el marisco y el pescado de alcurnia a buscar divisas en el extranjero, Llanusa, sin saber que con eso estaba creando una revolución alimentaria en el país, introdujo la pizza y el espagueti. Introdujo, porque el espagueti, al contrario del macarrón, no tenía tradición en la mesa cubana.

En cuanto a la pizza, contadas eran las personas que la conocían. Los tres restoranes de comidas italianas que existían en La Habana antes del 1959, dos en Consulado, y uno en el Vedado en 8 y l9, eran poco conocidos, no la trabajaban, y ahora por falta de queso y pastas, venían agonizando a media asta.

Gloria eran el olor y los sabores de aquellas pizzerías donde La Habana y luego el resto de la república aprendiera a comer el espagueti en todas sus formas: a la napolitana, a la bolognesa, al burro, al ajo, gratinado, y en fin, como lo pidieras, siempre abundante y con mucho queso. Y si aun te parecía poco el queso, pedías otra razón que te pondrían delante con una sonrisa y sin costo. La pizza y el espagueti a la napolitana, un peso veinte centavos, y si con jamón, un peso cincuenta centavos. O sea, la cuarta, quinta o sexta parte de un salario medio.

Esto en las pizzerías populares, donde por su calidad y cantidad era considerado una hazaña comerse un espagueti y una pizza. En las más exclusivas, con turno, acceso a la barra y penumbras para el que por alguna razón estuviera buscando un poco de misterio o no quisiera parecer gente común, eran todavía mejores aquellos platos de ensueño que después no han vuelto a verse y valían sólo un peso más cada uno: o sea, dos cincuenta el espagueti y dos cincuenta las pizzas.

Cuando en el año 1970 desaparece Llanusa, en una época en que desde el comienzo de la fracasada zafra de los diez millones de toneladas, dieciocho meses atrás las colas le daban la vuelta a la manzana de las pizzerías, la extrema pobreza en que ha caído el país, sólo comparable a la que encontraran los Marinit, pero esta vez causada por el exceso de circulante y la falta de productos, también había empobrecido a la pizza, al espagueti, a la lasaña. El antaño abundante queso que estiraba como chicle, era ahora una telita apenas visible y la rica salsa de tomate parecía una solución de agua con dos gotas de mercurocromo.

Después la lasaña siguió degradándose hasta desaparecer, y tampoco las pizzas y el espagueti recuperarían jamás el esplendor de sus días iniciales, a pesar de haber visto aumentar su precio doce y quince veces en las pizzerías oficiales, sin que los salarios subieran.

En los puestecitos de la calle aparecidos en la última década, las hay de seis, nueve, trece y quince pesos. Estas dos últimas, superiores a las de las pizzerías oficiales más exclusivas, y también más baratas, pero igualmente lejos, insisto, muy lejos, de la calidad de aquellas primeras cuyo recuerdo nos acompaña como un inestimable bien perdido, junto con la añoranza de la langosta y el camarón de los que sólo hemos vuelto a saber por los extranjeros, pero que nos permiten a los espíritus melancólicos recordar que también nosotros una vez fuimos turistas.