Actualizado: 09/12/2021 14:23
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Bola escondida

Un equipo de béisbol y varias respuestas, a propósito del Clásico Mundial.

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Cuando Víctor Mesa intentó robarse el home en el juego decisivo de aquel verano inolvidable de 1984 y lo achicharraron a una cuarta del plato, yo sufrí.

Sin embargo, salté de alegría en el sillón de mimbre de mi casa con el jonrón sideral que disparó Lourdes Gourriel en el Campeonato Mundial de Italia en 1991, y me consternó la voz de bajo de Héctor Rodríguez que anunciaba peligro ante un error garrafal del árbitro dominicano, en primera base, después de un simple roletazo de Luis Giraldo Casanova.

Sufrí, lloré y le escribía emocionado desde Centro Habana a mi padre, porque pensaba que el béisbol, nuestra pelota, era de todos. Pura y redonda. Así no más.

La respuesta desde Long Island llegó más tarde: "No Mickey, no me alegro cuando gana un equipo de la Isla, porque es un equipo de Castro". Esa nota me dejó en tres y dos.

Hoy no pienso que mi padre sea un anticubano o un hombre que no logra separar la política del deporte. Ya no creo eso. Siento que a mi también me engañaron: nunca me dijeron que el equipo de Estados Unidos de ese año, el anterior y el próximo estaría formado por jóvenes estudiantes de colegios.

Tampoco me explicaron que los equipos de Puerto Rico y Venezuela estaban conformados por trabajadores aficionados y amantes de la pelota. Nunca hubo un programa televisivo explicando que en Holanda o Italia, las Copas Intercontinentales de Béisbol eran un pasatiempo para el verano de esas regiones, o simplemente un viaje a la isla de las muchachas morenas, tabacos, playas y ron.

Nos alegraban esos torneos porque se convertían en un viaje al patriotismo barato. Donde nuestro equipo nacional, formado por hombres viejos, experimentados en decenas de eventos internacionales y nacionales, seguramente saldría ganando frente a discretas novenas de tercera o cuarta división, que sólo tenían rangos de primera ante los micrófonos de los adoctrinadores deportivos.

La bandera de algunos

Que me perdonen ahora todos esos números de las camisas de aquellos equipos que tanto amé. Que me perdonen los héroes de mi infancia o aquel equipo de Las Villas al que quise tanto, pero la bandera de la estrella solitaria que ellos hacen ondear no es la de todos. Nunca lo ha sido: allí no están los fusilados, los cientos de presos políticos que estuvieron y están en las cárceles. No están las decenas de miles de cubanos muertos en el mar.

Allí no está mi gente dispersa por Miami, Madrid o Nueva York. Ni contaron con la soledad de mi tío en Sancti Spíritus o con la oscuridad de mi abuelo.

En sus banderas faltan los 75 presos políticos de la primavera de 2003. En ese equipo no contaron con los tormentos y las separaciones de mi madre, ni con mis abuelas, ahora distantes, entrañables y muertas.

Ya entendí la historia, y la respuesta de mi padre. Ese equipo de pelota no es el de Cuba. Ese es el de Fidel Castro y sus cómplices y su dictadura. Y yo quiero que pierda.


Miembros del equipo Cuba, antes de un encuentro amistoso con la selección de NicaraguaFoto

Miembros del equipo Cuba, antes de un encuentro amistoso con la selección de Nicaragua. (AP)