Actualizado: 31/10/2020 1:43
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Canarias

Carta para un homenaje

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Querida Nivaria,

dentro de cuatro años nuestra amistad cumplirá medio siglo. Recordarás que nos conocimos al comienzo de 1959, en La Habana. Habías vuelto de París atraída por la nueva historia que comenzaba en la Isla y, como yo, como tantos, querías actuar en ella. Pero, a lo mejor has olvidado que desde la página "Arte Literatura", de aquel Diario Libre incautado al ancien régime, Severo Sarduy y yo te dimos la bienvenida publicándote un poema y un dibujo y anunciando que ya estaba en marcha, en la Universidad de Las Villas, la primera edición en español de tu novela El barranco.

Aquel mismo año, publiqué en el periódico Hoy un artículo sobre tu novela. El artículo incluía reparos, pero lo cerré con esta cordial profecía: "Tenemos fe en el talento de nuestra joven escritora y esperamos que este libro represente algún día el buen antecedente de una obra novelística que enriquezca nuestra prosa narrativa". Obviamente, la profecía se cumplió. Sin embargo, El barranco, releído hace poco, no me parece un "antecedente" de tu obra, sino parte vital de ella.

De aquella época de Diario Libre, recuerdo la borrascosa asamblea que los redactores de "Arte Literatura" (Sarduy, Frank Rivera, Fernández Bonilla y yo) y algunos colaboradores de la página celebramos en el reservado del viejo y más bien enorme café situado en la esquina que hacen las calles Barcelona y Águila, adonde íbamos todas las noches después de terminar nuestra faena en el periódico.

Si la memoria no me traiciona, fuiste tú quien nos convocó a esa asamblea, cuya finalidad era impedir que un enfurruñado José Rodríguez Feo, usando el poder que tenía, por ser quien pagaba las facturas de Ciclón, cumpliera su amenaza de expulsar de la dirección de la revista a nuestro ídolo Virgilio Piñera, con quien había tenido una de las volcánicas trifulcas que amojonaron (léase como quiera) sus relaciones. Haciendo triunfar la llamada justicia poética entre cervezas, alegatos, bocadillos, exclamaciones y tazas de café con leche, logramos detener la mano vengativa del primero. (Lo que no recuerdo es si estuvieron presentes Virgilio y Pepe).

Después, cuando el gobierno revolucionario te dio un puesto en la Embajada de Cuba en Francia y a mí, una beca para estudiar en Europa, nos vimos en París (año 60: guerra de Argelia, De Gaulle en l'Élysée, visita de Jruschov a Francia). Tú vivías en una tétrica versión parisiense de solar habanero, en la rue de Vercingètorix. Ocupabas, frente al excusado y con puerta a un patio común, gélido y plomizo (donde siempre lloviznaba, aunque en la ciudad reinara el sol), una habitación con barbacoa.

La barbacoa era el taller donde Antón pintaba cuadros para una galería. Como en los primeros meses de la beca las mesadas brillaron por su ausencia, a Sarduy, a Rolando Ferrer y a mí, becarios olvidados por la burocracia socialista, nos invitaste a comer en muchas ocasiones aquellos arrabaleros ajiacos al gálico modo llamados pot-au-feu, que tan buenos te quedaban (¿o era Antón le chef de cuisine?), y que, aliados al pan y al vino, nos recargaban las baterías para seguir esperando, bajo el invierno de Lutecia, la llegada del dinero.

Durante uno de esos almuerzos, pusiste en tu grabadora una cinta —me parece que la estoy oyendo— de la que saltaba la voz abrasiva de Antonin Artaud, quien declamaba, con arrebatos de predicador, un poema castigado por trompetazos y golpes de timbal. Un poema imprecatorio, trepidante, creo que grabado por Artaud poco antes de irse con su ira y su lira al otro mundo. ¿Sería "Pour en finir avec le jugement de Dieu"?

No sé cuántas veces, aquel año, nos sentamos en un bistrot a tomarnos un café y ver fluir la ciudad mientras comentábamos tantas cosas, por ejemplo, los acontecimientos del zoológico que era la Embajada cubana, con el anciano embajador Manuel Gran como afable paquidermo decorativo, la atildada consejera —estilo imperio— Flora Díaz Parrado (a su hermana la llamábamos Fauna) como ave del paraíso y el agregado cultural Fernández Retamar como tarántula para nuestra angustia.

Conservo las cartas que me enviaste a Sofía desde Roma (esa "vieja ciudad decadente sin el espíritu de lucha de París", dices en una de ellas), cuando eras agregada cultural de la Embajada cubana en Italia y yo desempeñaba el mismo cargo en Bulgaria. En la de fecha 19 de junio del 64, te quejas de la incomunicación entre los amigos y colegas. "Entre nosotros", escribiste, "no hay ningún contacto vivo; sin embargo, debería haberlo, por el propio trabajo. Por qué, me pregunto siempre". Y concluyes: "En fin, es así, somos así. El tiempo, los años, de este modo, dejarán su huella de vacío. Luego, con ese vacío, acaso cambiaremos, nos acercaremos...".

Ahora, desde el vacío de los años, te me acerco con estas escenas que compartí contigo y que están, como ves, entre las huellas con que los días han ido tatuando mi memoria. En este largo tiempo de silencio mutuo, a la pregunta: ¿qué será de Nivaria?, siempre reaccioné convocando los recuerdos o leyendo alguno de los poema tuyos que me acompañan. Tratándose de la amistad, el silencio es peor que la distancia porque puede parecer olvido. Por eso, lo rompo hoy con esta carta nostálgica, escrita para tu homenaje.

* El número 39 (invierno de 2005-2006) de la revista Encuentro de la Cultura Cubana dedica su sección "Homenaje" a Nivaria Tejera.