Actualizado: 17/04/2024 23:20
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Sociedad

Cóctel 2006

Último grito del régimen: La participación de un contingente de muchachos ingenuos en el saneamiento moral del país.

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Las borracheras suelen ser cómicas, por más que a menudo contengan un penoso cariz de amargura. También son propicias para el tropezón y la ridiculez.

Sobresaliente en Cuba durante las fiestas por el fin de año y el inicio de otro, ha sido la borrachera del régimen a base de un nuevo trago que hay que beber apurado, debido a su carácter volátil. Es el Cóctel 2006, último grito de la barra totalitaria, cuya fórmula, según el borracho, consiste en la decisiva participación de un contingente de muchachos ingenuos en el saneamiento moral del país.

En las borracheras suelen aflorar los fracasos mejor disimulados. Muestran lo que no está a la vista, al tiempo que nos impiden ver más allá de la propia nariz.

Cubanos de tres generaciones fueron apremiados para repetir desde niños, hora tras hora, que serían como el Che. Y a lo largo de tres generaciones terminaron siendo, no como el patrón divinizado que se les imponía, sino cómo debieron ser, ni más ni menos: producto de su tiempo y de sus circunstancias.

Los ejemplos son múltiples, de millones, pero de momento bastará con recordar tres nombres de conocidos secretarios generales de la Unión de Jóvenes Comunistas: Luis Orlando Domínguez, Roberto Robaina y Otto Rivero. Colocados para dirigir a los jóvenes cubanos en tres períodos, digamos, clave en la historia revolucionaria, ya conocen todos el final de sus carreras como instrumentos políticos.

Las borracheras suelen aligerar la lengua y ablandar los sesos. Mas, ni en medio de una borrachera cósmica podría afirmarse que a estos tres "guías ejemplares de nuestra juventud", el hechizo de la corrupción y del delito les vino del capitalismo, con el que jamás se codearon y al cual juraban odiar en todos sus discursos.

Corrupción de menores

Y si de tal manera han derivado los guardianes y moldeadores de la arcilla, huelgan los comentarios sobre el hombre nuevo que se les encargó labrar con ella.

Amor de mulo, coz y rebuzno. Esta advertencia del refrán parece venir que ni pintada, representa una especie de fotografía en cuerpo entero de las relaciones entre el régimen y los jóvenes de la Isla, quienes, a través de los años y las distintas promociones, han sido sistemáticamente utilizados, deformados y luego reemplazados como zapatos viejos, porque se vuelven incómodos y feos.

No cambian las condicionantes, ni el medio, ni el método, sólo cambia el sujeto, o lo que es igual, la víctima. Al punto que cualquier malicioso podría asegurar que se trata de un caso de corrupción de menores a escala histórica, con reincidencia y alevosía.

Bajo los efectos de la borrachera creemos estar convencidos de que nuestras ideas resultan imbatibles y que no hay aciertos tan morrocotudos como aquellos que nos da por pregonar a cuatro vientos. Ebrios, tendemos a figurarnos que somos los más fuertes, aunque todos nos vean tambaleando. En fin, las borracheras facilitan un indudable instante de placer para el borracho. Lo malo es que duran poco y que salen caras y que, para colmo, están condenadas a desembocar siempre en resaca.