Actualizado: 24/01/2020 18:11
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La Habana

La bendición de los fariseos

'Iré Habana': El sesgado poema audiovisual de Jorge Perugorría.

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Alarma la falta de hondura con que muchos pretenden recrear hoy la realidad cubana. Pero alarma todavía más la intención abiertamente elusiva, acomodaticia, paternalista, medrosa y/o cómplice de quienes nos presentan esta "realidad" envuelta en celofán, como las golosinas.

A cada momento salta un nuevo cineasta (o escritor) con la retórica de que se ha propuesto recrear la "otra" Habana, su alma, dicen, que no está a la vista porque la distorsionan los enemigos de Cuba (entiéndase "del régimen"), o porque se les queda corta a los que creen reflejar mediante tópicos sus miserias, su carácter marginal, su atmósfera opresiva y angustiosa.

Esta vez el oficio de reivindicador del alma de nuestra capital le ha tocado a Jorge Perugorría, otro de los cubanos aterciopelados, con estatus de extranjero, aunque campea en la Isla como turista folklórico, con visa abierta y tarjeta de crédito, lo cual sin duda le permite mirar la realidad desde una "realidad" muy suya.

Sin embargo, en el caso de Perugorría, aún más que su visión plasmada en celuloide, nos alarma y confunde lo que se deriva de sus declaraciones a la prensa.

Ciertamente la película Iré Habana ("Iré" significa bendición en yoruba), dirigida por él, sobre la base de una rica pieza musical de José María Vitier, no es sino más de lo mismo. Y en tal sentido no habría nada nuevo que reprochar, salvo la superficialidad consciente, programada, y algunas torpezas a la hora de tratar las imágenes, que en ocasiones sofocan la "historia" hasta el aburrimiento.

Tampoco vale la pena argumentar que a través de su hipotético "itinerario por el paisaje urbano y humano de La Habana", no se nos muestra en modo alguno lo más sustancioso ni lo más revelador de nuestra realidad del momento.

A fin de cuenta, no habría por qué esperarlo, después de leer afirmaciones con las que el director puntualiza que su filme es un "poema audiovisual que habla de nuestra identidad", o que con él "hemos querido reflejar la poesía de lo cotidiano", o que "se trata de una obra que no tiene una visión abarcadora, sino que está narrada desde un ángulo concreto".

Los que no se han enterado

Cada cual hace con su pellejo el tambor que más bonito le suene. Es derecho libérrimo. Y ninguna novedad constituye que Perugorría se dedique a envolver la realidad habanera en "poemas audiovisuales" que al final no pinchan ni cortan.

La preocupación mayor entonces no la provoca nuestro excelso poeta audiovisual cuando filma sus películas, sino cuando habla para un público que no nos conoce bien.

Y no sólo por la alta dosis de vaselina que puedan contener algunas de sus palabras. Por ejemplo, aquellas con las que enuncia que en la película en cuestión "hablamos de lo que pensamos debe cambiar, mejorar, en la sociedad cubana, para que vengan tiempos mejores. Y trabajando se consigue".

Ni siquiera resulta demasiado preocupante cuando declara que lo más que le molesta es que en el exterior "nos encasillen como un paraíso para el turista que busca placeres fáciles; la imagen de que somos buscavidas sin escrúpulos, pícaros sin remedio".

Claro, no es que no haya razones para molestarse. Lo confuso es que Perugorría se moleste por las consecuencias y que no se atreva a escarbar en la causa de aquello que tanto le molesta, aunque tal vez sería pedirle demasiado.

Lo que confunde y decepciona en todo caso es que ni siquiera insinúe pálidamente que si hoy nos encasillan de esa manera tan triste, los culpables no son quienes nos encasillan desde afuera, sino quienes nos oprimen desde adentro, quienes nos asfixian en la miseria y no nos dejan otra alternativa más que la del buscavidas, la de pobres objetos del placer ajeno, la del pícaro.

Con todo, las peores no son sus palabras resbalosas ni aun las decepcionantes. Lo que verdaderamente aturde es oírle decir a un renombrado como Jorge Perugorría que hoy por hoy la sociedad cubana no es estática, sino al contrario, pues "la verdad es que está cambiando como debe ser, de abajo a arriba".

Lástima que los de abajo no se hayan enterado. No sólo porque los de arriba no conceden ni el más mínimo chance para el cambio, sino porque además de imponernos a la fuerza los esquemas de una sociedad estática, además de prohibir por ley el ejercicio, la expresión, los pensamientos tendientes a cambiar, cuentan con la ayuda de aquellos que por un lado dicen bendecirnos con su obra y por el otro nos condenan con sus declaraciones públicas.


Jorge PerugorríaFoto

Jorge Perugorría.