Actualizado: 22/11/2019 16:09
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Mi Bella

Su tiempo es el de la nostalgia, cuando aún creíamos que podríamos ser felices.

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"Amé lo que ellas pueden tener de hospitalario". (Antonio Machado)

Se nos murió Bella. A mí y a todos los que algún día llegamos a su casa, cuando Arroyo no era un mito, sino nuestra casa. Podíamos llegar tímidamente, de puntillas, pero de pronto, la risa cálida y ronca de Bella, la sonrisa que danzaba en sus ojos, nos hacía tomar posesión de aquel jardín, aquel portal, aquellos sillones. Aquel Arroyo, el de la inocencia edénica, antes del sobresalto que nos despertó al dolor.

En aquella Habana de mi juventud estaban Lezama y Virgilio, Eliseo, Cintio y Fina, Mario y Lorenzo, Octavio, Cleva, Agustín, el Padre Gaztelu. Y estaba Bella. Y Bella era la poesía. Bella era unos brazos abiertos, sólidos, amorosos, donde cabíamos todos.

Una voz ronca, siempre cómplice. El humo de un cigarro. Una hipoglicemia en medio de una conferencia de Lezama en el Lyceum (Anita, ¿tienes caramelos? Me voy a desmayar) o en cualquier otro lugar, en los momentos más inoportunos.

Veranos en Santa María del Mar, cuando todavía podían sentarse juntos en una mesa de dominó Mario, Eliseo, mi padre y el padre Carlos Manuel, cuando todavía se podía invitar a un arroz con pollo y cerveza.

Ese fue el verano de la invasión a Checoslovaquia, de la apisonadora de la Primavera de Praga, y ya nada volvió a ser lo mismo nunca más.

El tiempo de Bella es como el de El Gran Meaulnes, el de Mariana de mi Juventud. Es el tiempo de la nostalgia, cuando aún creíamos que podríamos ser felices.

Después comenzó el desguace. A todos nos rompieron, nos despiezaron. No se sabe bien dónde están los pedazos.

Bella siguió estando donde siempre: en la hospitalidad, el plato de comida, un sitio para dormir si hacía falta. Sobre todo, un sitio para soñar, reír, cantar, conversar, al abrigo del ruido y de la furia. Un sitio para llorar, abrazarte a su tronco siempre acogedor, lanzar tu grito. Un sitio para viajar al pasado y escuchar a Abuelita Chifón tocando triunfalmente el piano y a Felipe Dulzaides cantando, en una Nochebuena maravillosa, pese a que ya había sido abolida por decreto. Arroyo era así. Allí te encontrabas con todo lo que, aparentemente, no existía.

Y era Bella la que conseguía esa magia. Eternamente bruja buena, hada madrina Bella, que nos supo dar esos momentos de felicidad, lo máximo que da la vida. Y lo hizo a las verdes y a las maduras, como diría Lichy.