Actualizado: 07/12/2022 17:02
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Sociedad

Otra mirada trivial

La propaganda obsoleta del régimen no es lo que mantiene a los cubanos bailando en un solo ladrillo, sino otros medios un tanto más punzantes.

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La amiga de un respetable intelectual cubano residente en Estados Unidos estuvo de visita en La Habana. Y entre las pocas cosas de interés que seguramente pudo ver y escuchar, parece haber concentrado su atención en la más trivial.

Después de conversar aquí con viejos conocidos y colegas de la Universidad, la amiga del intelectual (¿o sería el intelectual a instancias de la amiga?) concluyó que entre los cubanos de adentro "no sólo los imbéciles y los ingenuos", sino también muchas otras personas decentes e inteligentes", creen que Bush fue quien mandó a derrumbar las torres gemelas.

No estoy muy seguro en cuanto al bando en que más me gustaría ser ubicado: si en el de los imbéciles e ingenuos o en el de los decentes e inteligentes que (según la observación de la amiga del intelectual) también se comportan como imbéciles al dejarse engañar tan fácilmente por la propaganda del régimen.

Lo que sí me consta es que en estos predios resulta muy reducido, ínfimo, el número de personas, imbéciles o no, que atribuyen a Bush la masacre del World Trade Center, a pesar (pero quizás también por causa) de la propaganda oficial.

En cambio, somos muchos (la mayoría, creo) los cubanos de adentro que tenemos una pésima opinión general sobre Bush. Redondeada no a partir de las graciosas fruslerías de la Mesa Redonda (un espacio que no ve casi nadie, que nadie atiende y con nivel de influencia cero), sino por Bush mismo, por sus constantes torpezas y desmadres, también en relación con nosotros.

Lo que indican las evidencias

Pero como ya viene siendo aburrido hablar mal de Bush, porque al parecer está de moda y porque más de medio planeta lo hace con argumentos más y menos razonables, quizás fuera mejor ir derecho a lo que verdaderamente nos importa, o sea, la manera tan ajena y despistada en que a veces nos miran desde lejos, incluso aquellos que son parte indisociable de nosotros mismos.

Para el intelectual amigo de la amiga que visitó a sus amigos habaneros, "lo que pasa en Cuba, ¡una vez más!, es que la propaganda ha logrado que la media piense a contracorriente del sentido común. Incluso en el mejor de los casos se trataría ahora de una sociedad donde la mayoría, embarcada en una enfermiza genialidad promedio, logra ir más allá de lo que naturalmente indican las evidencias".

Bueno, vayamos por parte. Lo que realmente indican las evidencias es que aquí no existe la más mínima evidencia de genialidad promedio, sea enfermiza o sana.

Tampoco es exacto que nuestra gente piense a contracorriente del sentido común. No sólo por aquello de que el sentido común suele ser el menos común de los sentidos (así que no fluye en una sola corriente), sino porque ateniéndonos quizás al propio sentido común de quien apuntó esta afirmación, pensar a contracorriente nos llevaría hoy por hoy a las calles, en pie de lucha abierta (y mártir), para intentar el derrumbe de los últimos muros de la tiranía. Y en verdad se necesitan adecuadas reservas de sentido común para no hacerlo.

Por eso es que tampoco comparto la opinión del intelectual amigo de su amiga cuando dice que la nuestra es "una nación saturada de lumbreras que saben matemática superior pero se equivocan en la cuenta de los días". No, por más que no lo capten las miradas triviales, nuestra cuenta está muy bien sacada, aun cuando nos encontremos lejos de ser una nación saturada de lumbreras.

El régimen tiene su sentido común

En cuanto a la propaganda oficial y al control de la información que padecemos, es imposible ignorar su efecto embobecedor de años atrás, así como el tremendo daño que nos ocasionó tanto en el orden intelectual como en el del espíritu. Pero también resulta ingenuo desconocer que si en este minuto la dictadura nos mantiene bailando en un solo ladrillo no es por la vía de su propaganda cafre y obsoleta (que ya no nos produce ni cosquillas), sino gracias a otros medios un tanto más punzantes que las lenguas de sus voceros.

A propósito, una prueba más de que nuestro sentido común mantiene su curso normal es que tampoco nos tomamos en serio la propaganda y las arengas patrióticas de ciertos políticos agrupados en lo que autodenominan muy cómicamente "exilio duro". Soñamos, no más faltara, con el día en que todos los cubanos de todas las tendencias y puntos cardinales podamos reconstruir tantos valores perdidos de nuestra nacionalidad. Pero no nos van ni nos vienen los discursos, los acuerdos, las listas, las componendas, los planes de quienes hasta ahora mismo no han demostrado estar verdaderamente interesados en la libertad y en el progreso de la mayoría de nosotros.

Más bien lo que hacen tales politiqueros, aun en este momento, es ofrecerle nuevas tramas a la propaganda oficial. Y claro, por muy esclerosado que esté, el régimen también tiene su sentido común y alguna que otra vez le da uso.