Actualizado: 10/07/2020 19:25
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La Habana

Puñalada trapera

Ropa reciclada, donaciones y otros eufemismos.

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De pronto, la maldita circunstancia del agua que nos rodea por todas partes parece transformarse en la patética circunstancia del trapo. En casi todas las tiendas habaneras del mercado por pesos, en todas las calles de tradición comercial, cunde la ropa vieja con su olor a berrenchín y su aspecto de última carta de la miseria. La invasión nos ha caído como un trueno de agosto, sin aviso previo, queriendo aparentar que alumbra cuando en realidad mata. O remata.

Nadie sabe de dónde salieron, dónde han estado metidos durante decenios, camiones y camiones de pantalones con la onda histórica pero definitivamente ajada de Elvis Presley, toneladas de blusas y sayas con las costuras hechas polvo, camisetas que se destiñen al más ligero contacto con la piel, zapatillas de un solo pie, camisas de la época bacteriana, en forma y contenido, shores que perdieron su textura habitual y ahora son como de lata o de cartón.

Hace muy pocos días, en la tienda Fin de Siglo, dos hombres (al parecer padre e hijo), cuya estatura no sobrepasaba el metro con sesenta, perdieron una hora tratando de hallar pantalones de su talla entre la gran montaña. Pero era inútil, todos les quedaban chicos. El espectáculo podría pasar como un gag de los hermanos Marx, si se elimina la expresión, entre atónita y desolada, de aquella pobre gente.

¿De qué planeta proceden esas piezas? Tal vez de la Isla de Nunca Jamás. O de China, pero fabricadas antes del primer viaje de Marco Polo. Más antiguas no podrían ser, ya que el Homo Erectus no usaba pantalones. O acaso les ocurre como al régimen, que se ha ido encogiendo con el paso del tiempo y ya no hay forma de que le venga bien ni a los desesperados, por más que intenten metérselo a tirones.

Ellos les llaman donaciones

Esta "ropa de reciclaje" —así le llaman, con eufemismo tecnicista y todo— se asemeja igualmente al régimen en el hecho de que no guarda la menor correspondencia entre su beneficio práctico y el alto precio al que aspira ser vendida. También en la pretensión de manejar las necesidades del pueblo como virtudes propias.

Todo indica que a lo largo de muchos años fueron almacenados los trapos de desperdicio que con su proverbial sensibilidad y con su misericordioso altruismo premian nuestra "resistencia" los progres del mundo. Ellos les llaman donaciones. Y es posible que el nombrecito sea el causante de que tales "donaciones" no llegaran a tiempo a las manos de los más menesterosos, sino quedaran clavadas, esperando sabe Dios qué caprichosa orden.

Como aquí el gobierno se autodenomina "Cuba", resulta fácil entender que cualquier regalo procedente del exterior (sobre todo de los progres) sea para "Cuba", que es única y total. De modo que "Cuba" decidió almacenar la rica carga, quizás a la espera de que aquellos filántropos recogieran nuevas donaciones en los tachos de basura, con el fin de que alcanzara para todos, aunque fuese a pieza por cabeza, ya que de la cabeza no hay quién consiga bajarlas sino hechas ripios.

Más o menos así pudo ocurrir, habida cuenta la vocación igualitarista de "Cuba", especialmente a la hora de repartir la pobreza, los palos y la ropa vieja.

Entonces pasó el tiempo y un águila sobre el mar. Hasta que un día, justo ahora, cuando las shopping amanecen cada vez más peladas —dicen que debido a otra caprichosa orden que dispuso prescindir de todos sus proveedores habituales para utilizar únicamente a los que vienen de China y Venezuela—, vemos emerger victoriosamente de su bóveda la ropa de reciclaje.

Lo peor, lo que asusta, no es que nos pongan delante todo el bulto de un tirón y de improviso. No es siquiera que llegue a las tiendas en tan calamitoso estado. Lo morrocotudo es que determinaran distribuir este aporte de los desprendidos progres luego de haberlo privado hasta de su carácter de obsequio o de limosna.

Digo, a no ser que nuestros flamantes directivos de la Academia Cubana de la Lengua también le hayan cambiado el sentido a la palabra donación y ahora signifique: "trapo podrido y de misteriosas tallas que se vende a precios de horror, por lo general impagables para el bolsillo de los desarropados".