Actualizado: 07/12/2022 17:02
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Rodamos ponchados

La operación 'apología del pasado' inunda los medios oficialistas y desmiente a Hegel.

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Aquí la historia está rodando ponchada. Es como esas bicicletas con un neumático sin aire, sobre la cual seguimos pedaleando, ansiosos por llegar a la meta, aunque persuadidos de que finalmente nos quedaremos sin meta y sin bicicleta.

La meta del régimen en este caso parece ser la exhumación de aquel fósil seco al que llaman conciencia revolucionaria del pueblo. En tanto, su bicicleta es el recuento machacón y aberrante de (digámosle) pasadas glorias.

De repente, la eterna letanía sobre el futuro se ha disuelto en apología del pasado. Es el último operativo (¿el último?), destinado a incentivar nuestro orgullo patrio.

En los horarios estelares de la televisión y la radio, en las planas principales de la prensa escrita, los programas de estudios educacionales de todos los niveles, las reuniones, los congresos, las conmemoraciones, las piñatas, en los sepelios, se aprecia un afán totalmente desequilibrado y desequilibrante por la recreación en plan didáctico de viejos hechos y figuras (trascendidos, falseados o pisoteados) de esta cosa que aún llaman la revolución.

Todos los estanquillos habaneros para la venta de periódicos comercializan como maní tostado (al precio insignificante de un peso, moneda nacional) el nuevo manual de historia de Cuba, firmado por Ignacio Ramonet, en segunda versión de quien dictó la primera y que ahora lo publica en tabloides, por capítulos, igual que las novelas de Dumas, aunque tal vez un tanto más imaginativo y menos entretenido.

En las páginas culturales, los jóvenes que quizás ignoran y los mayores que fingen sin quizás, se han destapado a descubrir extraños en el paraíso (del tipo Allen Ginsberg, Jack Kerouac, la contracultura o el movimiento hippie…), diciendo que junto a fuerzas tales, a las que nunca se nos permitió acercarnos, rompimos ataduras y alteramos las terminales nerviosas de Occidente.

Aunque bien mirado, Ginsberg podría estar hoy muy cerca de nosotros (por más que nos lo hayan prohibido antes). Tal vez hasta se inspirara en nuestras gloriosas experiencias, si se le concediese volver a escribir como nuevos aquellos versos de Aullido: "Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura".

Regresando al lugar del crimen

Por otro lado, o por el mismo, las momias del trono gozan leyendo a diario sus hazañas antidiluvianas, mientras contemplan sus fotos de juventud que reproducen constantemente los medios de difusión, y, contemplándolas, parecen tararear por lo bajito aquella popular cancioncilla: "Me gusta pero me asusta…".

Los mal pensados podrían pensar que se trata del efecto exultante de un tipo de conducta que los psiquiatras diagnostican como obsesivoide, y que obliga a quienes la padecen a regresar una y otra vez, irremediablemente, al lugar del crimen.

Pero mejor no nos propasemos. No resulta saludable. Después de todo, vivir del recuerdo (dicen los recitadores de versos engolados) es también una manera de resucitar.

Pongamos entonces que esta nueva "batalla de ideas" es sólo un operativo, uno más, dispuesto por los mismos de siempre, los que, fieles, no a la dialéctica, ni siquiera a los preceptos marxistas-leninistas, sino más bien a cierta sentencia lanzada por Orwell en 1984, saben (o creen) que quien controla el pasado, controla el futuro; quien controla el presente, controla el pasado.

Puede ser que sean santas las bocas de los optimistas que pronostican cambios más o menos inminentes en nuestra economía y hasta en las estructuras políticas de la Isla. Ojalá. Quizás desde lejos se vea más cercano lo que tan lejos se ve desde cerca. En cualquier caso, si algo parece ser seguro es que resultará muy difícil encontrar el camino del cambio rodando ponchados.

Hegel, entre otras ilustres lumbreras, quiso enseñarnos que aprender de la historia, de la realidad, proporciona muchos más beneficios que intentar acomodarla a nuestro antojo. Pero todo indica que pifió en su empeño. Por lo menos pudo haber pifiado en casos como el de la nueva vieja dinastía cubana. En fin, allá ellos. En resumidas cuentas, no es Hegel quien tarde o temprano (y más temprano cuanto más tarde sea) deberá enfrentar las consecuencias.