Actualizado: 20/11/2019 9:47
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Crónicas

Un título que colgar

Hoy están de vuelta los generales y los doctores, aunque sin el dril 100 de los años de República.

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Una mañana de principios de 1962, al llegar sobre las diez a la Unión de Escritores y Artista de Cuba, fui testigo de un curioso momento de amargura del poeta Roberto Fernández Retamar, secretario coordinador de aquella institución desde su fundación en agosto del año anterior.

Por lo que me contó mientras con el brazo echado sobre el hombro me acompañaba a tomar café, todas las mañanas al bajar a merendar en la cafetería interior de la UNEAC tenía la desdicha de encontrarse al pie de la escalera, ya situado en posición gentil para repetir su saludo diario, a cierto poeta medianamente conocido en los años anteriores, cuya obra carente de valores estéticos no le permitiría engrosar las filas de la nueva institución. El saludo del hombre consistía en tres palabras, tres solamente: "Buenos días, doctor". Dicho esto, desaparecería hasta el día siguiente.

Mortificado con aquel poeta de segunda que, sin embargo, había ideado una ingeniosa manera de insultarlo casi, ahí en su propia cara, me decía Roberto: "Yo soy un poeta y él lo sabe. Lo de doctor es para mis alumnos en la Universidad".

Se explica doblemente la indignación de Roberto. Como no es un secreto, cualquiera que se lo proponga y tenga la oportunidad de ir a la universidad puede ser doctor, en cambio al poeta y sus compañeros de camino, los demás artistas, los hacen en otra parte.

En segundo lugar, vivíamos aquellos estruendosos años de tambores y banderas verdaderos en que de la noche a la mañana, por primera vez en su historia, el pueblo cubano había pasado de objeto a ser sujeto. En un hermoso poema titulado Con las mismas manos, el propio Retamar confesaría poco después la vergüenza que sintiera cuando haciendo trabajo voluntario en la construcción de una escuela, con las que pensó que serían ropas de trabajo, los harapientos trabajadores de la obra le dijeron señor.

El sueño de una sociedad sin clases

Los doctores habían quedado en el pasado. Surgieron a principios de siglo como parte de la respetabilidad con que se disfrazaron los políticos en su afán por emparejarse en la lucha por el poder con los fundadores de la República que todavía traían el machete de la manigua en las manos y el caballo entre las piernas. En el siglo anterior, desde Varela hasta el Martí de Dos Ríos, ningún intelectual cubano usó el título de doctor. Y en la República, al menos los creadores serios, tampoco. Nadie oyó nunca hablar del doctor Lezama, del doctor Eliseo Diego, del doctor Virgilio Piñera, y así. Risa daría pensar en oír hablar del doctor Caturla o el doctor Roldán.


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