Actualizado: 14/10/2019 9:31
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Argentina

Argentina: de los piqueteros al “kirchnerismo”

El historiador y politólogo Guillermo Marcelo Almeyra Cáceres responde a las preguntas de Cubaencuentro en esta entrega, que es la primera de una serie de entrevistas sobre la situación argentina

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En diciembre se cumplirá una década de las manifestaciones que dieron al traste con el Gobierno de Fernando De la Rúa y, con su caída, marcaron el declive del modelo neoliberal impulsado por sucesivos inquilinos de la Casa Rosada. En los años siguientes (2001-2011) los argentinos han sido espectadores —y protagonistas— de una dinámica de desarrollo político, signada por (re)cambios de gobernantes y movimientos sociales, políticas económicas y programas sociales, en medio de aguda confrontación simbólica e ideológica. Aprovechando las diálogos e impresiones recabados en nuestra reciente visita al país austral y con el propósito de analizar algunos hitos de semejante evolución, hemos convocado a varios académicos argentinos quienes, con miradas diversas, nos darán su evaluación del acontecer y desafíos futuros que inciden en la vida de los argentinos.

Abriendo esta serie contamos con la opinión de Guillermo Marcelo Almeyra Cáceres, destacado historiador, politólogo y militante de izquierda. Almeyra es Doctor en Ciencias Políticas por la Universidad París VIII, profesor-investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana (Xochimilco) y profesor de Política Contemporánea de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. En su prolífica vida ha participado y acompañado luchas y procesos sociales y políticos en Argentina, Italia y México, entre otros países. Forma parte del Consejo Consultivo de la revista Observatorio Social de América Latina (de la cual fuera director) además de desempeñarse como columnista de la edición dominical de La Jornada (México) y de La Jornada Quincenal (Argentina). Entre su obra más reciente destaca La protesta social en la Argentina. 1990-2004 (Buenos Aires, Ediciones Continente: 2004).

Durante las manifestaciones del llamado “argentinazo” se asistió a la eclosión de piquetes populares y asambleas de clase media, que parecían presagiar una evolución de las formas de organización y acción colectiva tradicionales. ¿Cuál es el saldo de ese proceso para la cultura y vida políticas argentinas?

Guillermo Marcelo Almeyra (GMA): En 2001 se produjo una profunda crisis coyuntural, no una crisis orgánica; ella llevó a un cambio pero en la continuidad. La política neoliberal se mantuvo, pero tuvo que adecuarse a las imposiciones de la crisis económica y a las de la crisis política del establishment. El personal político también, pero asumió un nuevo lenguaje y pasó a representar otro papel, siempre dentro del mantenimiento de la estabilidad del capitalismo. Kirchner, por ejemplo, había sido (como otros) un gobernador menemista y había apoyado y aprovechado la privatización petrolera y reclutó sus ministros entre ex derechistas antiperonistas, ex menemistas, ex cuadros de la burocracia sindical.

No podía ser de otro modo ya que el país era conservador, había elegido y reelegido a Menem; elegido en Buenos Aires y después como presidente a De la Rúa y la burocracia sindical se había integrado en el aparato del Estado e impedía la reorganización obrera. Los trabajadores habían sufrido una dura derrota y estaban divididos y desmoralizados, los gremios que resistieron las privatizaciones que hizo Menem no habían recibido apoyo solidario. La desocupación y la desindustrialización habían fragmentado a la clase obrera y minado su capacidad de resistencia. La extrema izquierda estaba pulverizada y no entendía lo que pasaba. La hegemonía cultural del neoliberalismo era indiscutida en la población.

Por eso ni siquiera puede hablarse de “argentinazo” y mucho menos de insurrección o de situación revolucionaria. Hubo sí una rebelión en la Capital Federal en la que el movimiento obrero como tal y los sindicatos y Centrales obreras no participaron, aunque sí participaron —como digo en mi libro La protesta social en la Argentina. 1990-2004— individualmente obreros y algunos dirigentes sindicales, sobre todo de la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA). Para expulsar a De la Rúa confluyeron varios sectores: los ahorristas y propietarios acomodados afectados por la congelación de los depósitos bancarios, los sectores intelectuales y asalariados más pobres de las clases medias, trabajadores cuentapropistas que no podían vivir, y hasta sectores del aparato peronista. Las cacerolas no echaron a de la Rúa: cuando mucho, quienes caceroleaban se acercaron a los desocupados de los suburbios cuyas mujeres habían creado los piquetes.

Los piqueteros no eran revolucionarios sino desocupados que querían trabajo y/o comida. Raúl Zibechi dijo en un libro —premiado en La Habana por la Casa de las América— que era un nuevo proletariado que no quería ser asalariado, un cambio de la clase obrera correspondiente al tiempo actual. Nada está más lejos de la realidad. Por eso los piqueteros fueron cooptados y reabsorbidos en cuanto Kirchner, que obtuvo el 20 por ciento de los votos, comprendió que podía apoyarse socialmente en la asistencia social y en la agitación de la bandera de los derechos humanos (con el castigo a los genocidas, cosa que llevó adelante, y a los corruptos y ladrones, cosa que dejó para las calendas griegas) mientras sacaba provecho de la terrible devaluación —que robó dos tercios del poder adquisitivo de los argentinos y redujo enormemente los costes salariales— favoreciendo las ganancias empresariales y la reindustrialización.

En cuanto a las Asambleas vecinales, existieron solo en Buenos Aires (donde hubo unas 200), en La Plata y Mar del Plata, una en Bahía Blanca, unas pocas en Rosario y en Córdoba. En Buenos Aires, como media, las 200 que existieron movilizaban 100-150 vecinos cada una —o sea unas pocas decenas de miles de personas en una ciudad de millones de habitantes— hasta que desaparecieron, en gran medida, debido al sectarismo de los diversos grupos de la extrema izquierda que por un lado se creían que las asambleas eran soviets y no veían qué era lo que podían hacer concretamente y además se peleaban físicamente para tratar de controlarlas ahuyentando así al vecino no organizado. Tuvieron sobre todo una importancia política porque demostraron que era posible la auto-organización, reconquistar el espacio público, discutir soluciones al margen del Gobierno. Pero no llegaron a los barrios de los desocupados y al interior. O sea, a la inmensa mayoría de la población. A pesar de su desaparición (las poquísimas que subsisten son en realidad grupos de militantes) y de la cooptación de los piqueteros por el Gobierno o por grupos políticos y de la disminución del peso de ese sector en cuanto se redujo la desocupación, las asambleas y los piqueteros, al igual que las ocupaciones de fábricas (las fábricas recuperadas), demostraron que era posible romper con el fatalismo, imponer con la lucha el camino a otras opciones, auto-organizarse, ser autónomos y presionar con esa autonomía al Gobierno.

Éste, con Kirchner, llevó a cabo una política neoliberal pero con un peso mucho mayor del Estado, como representante del capitalismo en su conjunto y, en particular, del subgrupo de los industriales. Pero, para enfrentar a las transnacionales, al capital financiero internacional, a la embajada estadounidense y a los monopolios exportadores de granos, tuvo que hacer concesiones a los desocupados y piqueteros para controlarlos, y debió utilizar los aparatos burocratizados de los sindicatos para organizarse una base, que el aparato sindical controlaba. El secretario general de la Confederación General del Trabajo (CGT) el ex peronista de ultraderecha Hugo Moyano, era así el vicepresidente de Néstor Kirchner en el Partido Justicialista (PJ).

Un grito común (y recordado) durante las manifestaciones de 2011 era “Que se vayan todos”, aludiendo al corrupto y decepcionante desempeño de las élites político-partidarias de todo signo ideológico. ¿En qué medida las viejas organizaciones (como Unión Cívica Radical [UCR] y el Partido Justicialista) o nuevas organizaciones (como el oficialista Frente para la Victoria) han tomado en cuenta aquel reclamo ciudadano, reformulando su actuación y programas políticos, en la década que ahora concluye? ¿Constituye el kirchnerismo una respuesta a semejante hastío del pueblo argentino?

GMA: Como dije en mi libro, en 2004 el grito “¡Que se vayan todos! ¡Que no quede ni uno!” era un grito de hartazgo y de repudio pero no de combate. Se dirigía indistintamente contra todos: derecha, centro, centroizquierda, ultraizquierda. No significaba “¡echémoslos a todos!” sino “¡ojalá que se mueran!”, “que se los trague la tierra!”. Era un grito de desesperación, pasivo, no la expresión de la voluntad de imponer otra política. Dos meses después, los que gritaban volvieron a poner a “todos” en el Parlamento y en el Gobierno.

El partido radical, (la UCR), que tiene 121 años, de todos modos salió herido de muerte de ese proceso tras un presidente —Alfonsín— que dejó una terrible hiperinflación y no pudo terminar su mandato y otro que tuvo que escapar en helicóptero tras matar a 30 manifestantes frente a la Casa de Gobierno. El PJ nunca fue un partido: el peronismo en efecto, estuvo dividido siempre entre diversas tendencias, desde fascistas hasta socializantes, y los obreros tomaban a los sindicatos como centro político y no al PJ. Ahora hay peronistas de derecha (los Federales) antikirchneristas, pero con escasa influencia política, y la presidenta Cristian Fernández, en su viraje a la derecha en el plano nacional e internacional, a diferencia de su marido no depende del partido sino que trata de sustituirlo con un personal político propio, comprado en otras organizaciones, o formado por jóvenes cristinistas que su hijo dirige.

La burocracia sindical de la CGT, en la medida en que Cristina Fernández se acerca a los industriales, tiende a disputar un espacio mayor en el Gobierno, pero sin movilizar, por ahora. Y los capitalistas, en la medida en que CFK se acerca a los industriales y a un sector de los agrarios, encuentra coincidencias con la Presidenta. De ahí que ésta aparezca con el 53 por ciento de los votos, como la candidata “de todos”.

Siendo un país de enormes recursos naturales y humanos, las políticas neoliberales indujeron a los conductores de la economía argentina a privilegiar la exportación de materias primas (commodities) y expandir el sector inmobiliario-financiero, produciendo resultados económicos contradictorios y una aguda crisis social. ¿En qué medida se ha dado una continuidad o ruptura de este patrón de crecimiento/desarrollo con las administraciones de los Kirchner?

GMA: La Argentina sigue siendo fundamentalmente un país exportador de commodities. Paga puntualmente su deuda externa, que reduce al mínimo. Aplica una política neoliberal, pero no la recomendada por el FMI y el BM. Mantiene una política neodesarrollista y extractivista (desarrollo de la soya, desarrollo de la minería del oro, inversiones extranjeras —estadounidenses— en el petróleo). No ha vuelto a nacionalizar nada, con excepción de Aerolíneas Argentinas —que estaba en quiebra— y del agua. Mantiene las ganancias de los industriales con un dólar caro que frena las importaciones aunque provoca inflación y reduce los salarios reales, y con un aumento de la productividad que va a las ganancias, no a salarios, así como con subsidios a todos los servicios, también para reducir evitar que los industriales deban aumentar los salarios.

Es conocido el crecimiento del número de trabajadores ocupados y, en el sector más calificado, de los salarios, mientras subsiste una vasta capa de trabajadores en el sector “informal” y un vasto sector con salarios bajos. ¿Qué efectos produce desde el punto de vista de la unidad de la masa laboral y de la visión política de ésta? ¿Qué se está produciendo en las centrales sindicales con la incorporación al trabajo de millones de jóvenes, con concepciones de la vida y aspiraciones no tradicionales?

GMA: En condiciones de crisis serán inevitables grandes luchas por la democratización de los sindicatos o la superación de estos por organizaciones de trabajadores. O sea, el debilitamiento (y la radicalización política) de los burócratas sindicales gansteriles y la extensión del fenómeno de los sindicatos democráticos y de las fábricas recuperadas. Hoy existe un importante sector de los trabajadores que es kirchnerista porque gana cerca de 6 mil dólares mensuales. Este sector se diferencia de la mayoría de los trabajadores que no llegan a 500 dólares y de un 30 por ciento que trabaja “en negro”. El abanico salarial en las clases medias está también muy abierto, a diferencia de lo que sucedía en 2000, porque se ha desarrollado mucho el turismo y la informática, que requieren personal calificado bien pagado, y en las universidades los profesores ya tienen un salario bueno mientras el grueso de los asalariados urbanos de clase media está mal pagado: maestros, empleados de comercio, etc.

La clase obrera sigue fragmentada y no tiene programa propio ni organización independiente. Pero no está ya desmoralizada, como estaba en 2001. Y recibe ejemplos de Chile y del resto del mundo. Esta situación transitoria se expresa en la creación de tendencias y sindicatos democráticos muy combativos y, deformadamente y en las urnas, en los 520 mil votos logrados por el Frente de Izquierda y de los Trabajadores. Además, están las experiencias tanto de las Asambleas como de los piquetes, que han perdido su importancia, pero no han quedado en el olvido…

Recientes procesos electorales arrojan resultados contradictorios para la política nacional. Por un lado se consolida la legitimidad (y oportunidades) de la presidenta Cristina Kirchner al resultar la candidatura mejor votada en las recientes elecciones internas de los partidos, alcanzando una holgada ventaja frente a las apuestas de una fragmentada oposición. Por otro lado Mauricio Macri, gobernante de la ciudad capital y adversario del kirchnerismo, también cosechó éxitos en elecciones locales. ¿Qué presagian estos resultados de cara a los escenarios políticos del futuro?

GMA: CFK tiene el 53 por ciento de los votos pero perdió en la Capital ante el derechista Macri, que no excluye votar por CFK en octubre porque es también peronista (de derecha) y tiene ministros peronistas (de derecha). La oposición no tiene candidato creíble ya que el “socialista” Binner reúne votos del centro derecha y perderá votos hacia CFK y la derecha peronista (Macri incluido) se prepara para 2015, es decir, para un panorama muy marcado por el impacto de la crisis económica mundial sobre Argentina, que se espera cambie el panorama y desgaste al Gobierno.


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