Actualizado: 24/05/2019 17:31
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«Con casi 50 años, no podía esperar más a que Cuba cambiara»

Carlos Otero, el protagonista de la fuga más sonada de 2007, habla con ENCUENTRO EN LA RED.

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Tres semanas después de protagonizar la fuga más sonada de 2007, el veterano presentador televisivo Carlos Otero se siente en Miami como en casa. La ciudad le resulta familiar, al punto de asegurar que orientarse aquí le resulta fácil. "No me siento exiliado, sino como si estuviera en otra parte de Cuba", dice. Relajado, sonriente, con su sencillez característica, el presentador de Para Bailar, Sabadazo y Con Carlos y punto, conversó por dos horas con ENCUENTRO EN LA RED sobre los motivos y consecuencias de su fuga, así como su futuro artístico como exiliado.

¿Le sorprendió la reacción de la dirección del ICRT al conocer que usted había llegado a Estados Unidos?

Sí, yo pensé que podría ser noticia, pero no tanto. Lo que pasa es que nunca se imaginaron que me quedaría. Creyeron que yo era "confiable", porque en Cuba creen que si no tienes problemas económicos es menos probable que oigas los "cantos de sirenas", y yo tenía una buena casa, un buen carro, un celular y un salario de 4.500 pesos mensuales. Para ellos, todos los que desertan buscan más dinero, pero yo no me fui por eso. Yo quiero poder expresarme libremente, hacer una televisión libre, y no tener que criar a mi hijos [Alejandro, de 10, y Julio, de 8] en un sociedad donde el futuro es incierto, donde los jóvenes estudian una profesión y tienen que botear o hacer otras cosas para ganarse la vida.

He tenido noticias de un acto de repudio en la puerta de M del ICRT encabezado por [el periodista] Froilán Arencibia. Me parece que me dieron más valor con el comunicado que leyeron en el espacio de mi programa, acusándome de traidor. Mis compañeros de trabajo reaccionaron de forma diferente. Me contaron que varias personas en el ICRT se enteraron allí monitoreando los canales extranjeros y empezaron a aplaudir, eso me emocionó. Todos los días, desde que me fui, recibo decenas de emails que aplauden mi decisión.

¿Cuándo comienza a decepcionarse del sistema?

Mi padre, Moisés Otero, fue dirigente del INDER y era fidelista. Durante mi juventud, como muchos cubanos, yo creía que aquel sistema era el mejor del mundo. Me empiezo a dar cuenta de las injusticias a raíz de lo que le pasó a Salvador Blanco, el conductor de Para Bailar. Salvador era el tipo más popular de Cuba y purgó tres años en la cárcel porque alguien se imaginó que quería irse del país.

Recuerdo que un día —ya yo había salido del programa— estaba durmiendo por la mañana y mi padre me despertó para decirme que me estaba buscando la Seguridad [del Estado]. En Cuba, despertarse con una noticia así te garantiza un dolor de estómago del carajo. Me informaron que Salvador estaba detenido por intento de salida ilegal del país, y que estaban entrevistando a sus compañeros de trabajo para ver si sabían algo. Nos dijeron que habían tenido la "deferencia" de ir a ver a las casas a los presentadores de Para Bailar en vez de citarnos a Villa Marista. Yo, desde luego, les dije la verdad, que no sabía nada.

Salvador y yo teníamos dos estilos diferentes, pero sosteníamos una buena relación, incluso un par de veces celebramos nuestros cumpleaños juntos: él visitaba mi casa y yo la suya.

Al poco tiempo de su encarcelamiento, me pidieron que regresara a Para Bailar para sustituirlo. Creo que de ahí viene el rumor de que yo lo chivateé. Por esos años, los rumores del chivatazo también apuntaron a otros artistas, pero creo que él se encargó de aclarar eso en una entrevista (Ver Para bailar con Salvador).

Otro caso que me marcó fue el de Eduardo Cáceres Manso [Cachito, actual productor del canal 41, América Teve, de Miami]. A Cachito lo metieron preso como dos años en una de esas operaciones del llamado "Plan Maceta", porque vivía un poco mejor que el resto de la población. Años después, ni eso ni intentar salir del país era delito, pero ese tiempo que pasaron en la cárcel Salvador y Cachito, ¿quién se los devuelve?

Otra experiencia que marcó mi decepción fue un viaje a África. En 1987 me mandaron a Etiopía a un espectáculo como humorista e hicimos una escala de 3 ó 4 horas en Angola. Un soldado, al que le decían Taoro —porque le gustaban mucho los jugos de esa marca—, me llevó a un cementerio de cubanos. El pobre, estaba medio desquiciado y me contó historias terribles de lo que la UNITA les hacía a los cubanos que cogían presos. Durante esa escala conocí al general Arnaldo Ochoa [fusilado en 1989] y me preguntó: "¿Primera vez en Angola?"; yo le respondí: "No, la última". Me di cuenta de lo inútil de la participación de miles de jóvenes en esa guerra injusta, de la cantidad de gente que no tuvo la oportunidad de decidir no ir.

En una entrevista para el programa A mano limpia, del canal 41, usted dijo que ese programa había influido en su forma de pensar. ¿Por qué? ¿Cómo podía ver el programa en la Isla?

Yo tenía antena [parabólica] en mi casa. Las entrevistas a personas que antes fueron funcionarios o agentes de la Seguridad en Cuba y se decepcionaron de aquello, las cosas que contaban, contribuyeron a que yo abriera más lo ojos.

¿Cuándo consideró por primera vez la posibilidad de establecerse fuera de Cuba?

Esto nunca lo he contado: En el año 1994 viajé a México y conseguí un trabajo con Televisa. Pero mi primer hijo, Carlos Manuel, nació con problemas cardiacos y lo habían tenido que operar dos veces. Consulté al cardiólogo que lo atendió y me desaconsejó de viajar a México con mi familia, me dijo que el esmog y la altura podían perjudicar la salud de mi hijo.

Recuerdo que después que a mi hijo le hicieron la segunda operación, en 1992, vi al cirujano comiéndose un plato de congrí con boniato ahí en el hospital, y le dije a la que era mi esposa entonces: "esto no aguanta más". Tanto ese cirujano, como el cardiólogo que me aconsejó no llevar a Carlos Manuel a México, están hoy en Estados Unidos.

El público recuerda que usted estuvo un tiempo alejado de la pantalla. ¿A qué se debió eso?

En 1997 tuve varios encontronazos con la dirección del ICRT por la falta de recursos. Yo estaba haciendo el programa 23 y M y no había ni luces, ni cámaras, ni micrófonos ni nada, para no hablar de una gotera del baño del restaurante El Mandarín, que caía sobre el estudio donde grabábamos. Todavía hoy el estado de las instalaciones del ICRT es terrible, el único programa que interesa y que tiene recursos es la Mesa Redonda, pues hasta la escenografía la trajeron de Venezuela. La gotera de El Mandarín sigue ahí. En el '97, ante la falta de apoyo, decidí dejar 23 y M. Viajé solo a Panamá para tratar de conseguir un contrato de trabajo, pero no lo logré. Al regresar a Cuba también me encontré sin trabajo.


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