Actualizado: 13/11/2019 9:19
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Literatura, Novela, Poesía

Dime qué lees y te diré quién eres

Alexis Romay confiesa que hay autores a quienes regresa como si se tratase de un rito. El reencuentro con ellos le provoca un placer enorme. Pero de igual modo, siente una dicha semejante al descubrir una voz nueva

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La bibliografía de Alexis Romay cuenta con varios títulos que constituyen aportaciones significativas a la literatura cubana. Entre ellos están las novelas Salidas de emergencia y La apertura cubana y los poemarios Los culpables y Diversionismo ideológico. Es además traductor y gracias a él podemos leer en castellano, entre otras, obras de las cubanoamericanas Ana Veciana-Suarez y Margarita Engle. Asimismo, ha trasladado al inglés a su compatriota Miguel Correa. Como todo buen escritor, Romay es también un buen lector. En esta entrevista confiesa que, tras curarse de prejuicios, hoy se toma en serio la idea de escuchar audiolibros. Y para contagiar a otros el llamado vicio impune, desde el mes de noviembre del año pasado coordina un club de lectura en español en el pueblo de New Jersey donde vive con su esposa, su hijo y sus perros.

¿Qué tipo de lector(a) eras de pequeño? ¿Qué libros o autores de la infancia recuerdas?

Me gustaría decir que fui un lector voraz, pero no olvidemos que la memoria es una excelente maquillista. Mi madre cuenta que cuando estaba en primer o segundo grado —por esas fechas, ella hacía un posgrado (de arte, si no me equivoco)—, nos íbamos a la biblioteca en Santiago de Cuba (que uno no siempre fue habanero ni neojersiano) y, mientras ella se sentaba a estudiar, yo a su lado devoraba un libro tras otro. Jura que una vez un bibliotecario me acusó de (querer) robarme los ejemplares de los anaqueles, porque sospechaba de mi modus operandi: sacaba varios a la vez y me los llevaba a una mesa a dar cuenta de ellos como si se tratara de un almuerzo. Que conste que no me robé un libro de esa biblioteca.

¿Autores memorables de mi infancia? Ahora mismo pienso en Salgari, en Dumas, en Tolkien y en Graves. Pero, ya lo dijo Lezama: mi memoria prepara su sorpresa.

¿Recuerdas el primer libro que leíste?
Han caído más de un par de lluvias y nevadas desde entonces. Recuerdo que releí Hércules y yo hasta el hartazgo y un día después.

¿Qué libros tienes actualmente en tu mesilla de noche?
Mi mesilla de noche es, a ratos, una mesilla de noche virtual. Eso tiene su origen: hace década y media no me tomaba en serio la idea de escuchar audiolibros. Leer era lo que uno hacía con un libro impreso en mano y un lápiz para anotar al margen. Entonces acepté un trabajo que me quedaba a cuarenta y cinco millas de casa. Lo primero que se me ocurrió fue que a diario tendría que recorrer la distancia que separa a la isla de mi cautiverio de la tierra de mi libertad; lo segundo fue entender que al final del día no tendría ni tiempo ni energía para ese placer de toda la vida que era la lectura; lo tercero fue agradecer la inmensa suerte de que al transitar esa distancia tan cubana lo hiciera para ganarme el pan, no para huir del castrismo; lo cuarto: que a diferencia de los miles de balseros que se perdieron en el mar intentando sortear esas noventa millas de incertidumbre, alucinación y tiburones, yo le podía sacar provecho a la travesía y saciar al menos en parte mi apetito de lector. Aquel trabajo y su emblemático viaje diario fueron una suerte de penitencia que me duró más o menos el tiempo que Odiseo fue huésped de Calipso. Además de con algunos buenos amigos y colegas —luego de escuchar a razón de un libro por semana—, salí de ahí curado de mi prejuicio contra los audiolibros.

Habiendo dicho eso, tengo en cola, para escuchar: The Song of Achilles, de Madeline Miller, la nueva traducción al inglés de Emily Wilson de La Odisea —en pentámetro yámbico y leída por Claire Danes, ¡di tú!— y Real American: A Memoir, de Julie LythCott-Haims.

Por otra parte, en noviembre del año pasado, en coordinación con la librería Watchung Booksellers, lancé un club de lectura en español en mi pueblo. Nuestro libro de marzo es ¿Qué pensarán de nosotros en Japón? (Redux), de Enrique Del Risco. Este para mí será una relectura, otra vez en edición impresa; otras dos que tengo pendientes en las próximas semanas (también en libro físico): Life on the Hyphen y The Havana Habit, ambas de Gustavo Pérez-Firmat.

¿Qué te influye a la hora de escoger un libro? ¿El boca a oreja, las críticas, la opinión de un amigo de confianza?
La opinión de un amigo de confianza,

la reseña de un crítico notable,

el susurro de una boca confiable,

lo que me recomiende Sancho Panza,

una buena nota en contraportada,

el azar que ha dictado mi destino,

traducciones del japonés o el chino

y hasta un libro salido de la nada.

Robert Graves fue mi padre putativo,

luego tuve otros padres más afines

que me enseñaron tierras muy distantes.

A veces leo un libro sin motivo.

Siempre busco viajar a otros confines

a la grupa de mil y un Rocinantes.

¿Qué libro se supone que debía gustarte, pero no te gustó? ¿Qué clásico o autor famoso detestas?
Vayamos por partes. Yo detesto a Fidel Castro y su dinastía, a Nicolás Maduro y su estirpe, a Donald Trump y sus huestes. Esta no es una lista exhaustiva, pero es la más actualizada con respecto al escalafón de mis rencores. Los escritores me gustan o no me gustan. La cosa no va de detestar.

Habiendo citado ese hermoso poema de Lezama Lima, ya va siendo hora de confesar que no pude con Paradiso. Cada dos o tres años hago por leerlo. Y cada dos o tres años desisto. Ah, eso que llaman realismo mágico tiende a aburrirme hasta la pared de enfrente. Hago un aparte para destacar lo soporíferos que me resultan los culebrones de García Márquez y, en específico, Doce cuentos peregrinos, de cuya misoginia escribí en vida del autor.

Dadas mis preferencias estéticas, hace un par de décadas dejé de leer a Isabel Allende. El mes pasado, incluí Más allá del invierno, su novela más reciente, en mi antes mencionado club de lectura. Terminé el libro por compromiso. Lo bueno es que ya sé a quién no leeré en los próximos veinte años.

¿Recuerdas el último libro que abandonaste? ¿Qué te hace abandonar la lectura de un libro?
No recuerdo el último libro que abandoné (espero que haya otros, muchos), pero recuerdo los dos más recientes: The Complete Essays of Montaigne y Notturno cileno, de Roberto Bolaño. A Montaigne lo eché a un lado después de terminar los primeros dos volúmenes de sus obras completas. Sé que regresaré al tercero, pero por ahora tomaremos una pausa para anuncios. Nocturno de Chile es un libro que me encanta, pero (el reto de leer) esta edición en italiano —que he disfrutado hasta ahora— me demostró que el más reciente Super Bowl no es la única cura contra el insomnio.

¿Qué libro te gustaría haber escrito?
La obra completa de Jorge Luis Borges; Al norte del infierno (que traduje al inglés), de Miguel Correa Mujica; Americanah, de Chimamanda Ngozi Adichie; Bobby Fischer Goes to War, de David Edmonds y John Eidinov (más que escribirlo, me habría gustado hacer el trabajo investigativo); Quid Pro Quo, de Valerie Block; Those Who Knew, de Idra Novey (este al menos me encantaría traducirlo)... ¿Quieres más?

¿Con qué personaje te gustaría tomar un café mañana?
Con Sócrates —ese fascinante personaje de Platón—, con el Virgilio de Dante, con Circe (ya que estamos, con la Circe que recrea Madeline Miller).

¿Cuáles son los géneros que más te gusta leer? ¿Y cuáles intentas evitar?
Leo mucha ficción (más novela que cuento), ensayística y poesía. Evito todo lo que huela a autoayuda. Claro, no hay mejor autoayuda que leer a los clásicos, escritos y pensados para eso, para enseñarnos (y ayudarnos) a vivir.

¿Prefieres leer obras nuevas o releer?
Decía Borges que “leer es una actividad posterior a la de escribir: más resignada, más civil, más intelectual”. Lo mismo es aplicable a la relectura. Hay autores a quienes regreso como si de un rito se tratase. El reencuentro con esos textos me provoca un placer enorme. Es como dialogar con viejos amigos a quienes no he visto en mucho tiempo y al vernos la conversación fluye como si hubiésemos hablado el día antes. Igual dicha me aguarda al descubrir una voz nueva. La misma analogía de la amistad es lícita aquí. De esos hallazgos recientes, recomiendo muy encarecidamente a Idra Novey, a Mariana Enríquez y a Julie Schumacher.

¿Cuándo y cómo te gusta leer? ¿Libro impreso o e-book? ¿Lees por la mañana o por la noche? ¿Un libro cada vez o varios de manera simultánea? ¿Lees con música de fondo?

Leo siempre que puedo, en edición impresa o en audiolibro, rumbo al trabajo, en medio de labores domésticas, antes de dormir, al despertarme. Si fuera Dr. Seuss, te lo habría dicho en rima.

Mi esposa lee muchísimos libros electrónicos en su tableta; yo tengo varios almacenados en la mía, pero, aunque he empezado varios, no he terminado ni uno; esto lo achaco al artefacto, no a los textos (véase mi anterior reparo a los audiolibros).

Hasta no hace mucho, en ocasiones leía varios simultáneamente; no sé cuándo descubrí que, en mi caso, eso equivale a posponer al infinito la lectura de cada uno de dichos libros. Ahora leo uno a la vez. De enero a la fecha, he dado cuenta de ocho; quiero mantener ese ritmo. Pregúntame en junio.

Escribo con música, por lo general jazz, preferiblemente instrumental —de Paquito D’Rivera a Bill Evans, pasando por Duke Ellington y Miles Davis—, pero no puedo leer con música.

¿Has robado libros alguna vez?

Vaya por delante aquel axioma de que ladrón que roba a ladrón tiene mil años de perdón. Y recordemos que las escuelas al campo a las que nos condenó el castrismo durante nuestras mocedades —más allá de facilitar la pérdida de la inocencia (colectiva e individual)— constituyeron incontables jornadas de trabajo forzado, sin remuneración, lejos de la familia.

En una de esas —ya ni recuerdo si durante el preuniversitario o en mis días en el Pedagógico—, nos albergaron en una por entonces recién desmantelada beca (un internado, para los lectores no cubanos, si los hay por estos lares). Ya se había caído el muro de Berlín y la instalación, como el país y su régimen, estaba en pie de puro milagro. A uno o dos días de terminar nuestra condena (creo que trabajábamos en la cosecha de papa), alguien descubrió que cuando clausuraron el centro educacional, antes de reconvertirlo en barracones para los futuros cimarrones —heme aquí, al norte del infierno—, a las autoridades del ministerio de educación se les había olvidado empaquetar los libros de la biblioteca, que ni se tomaron el trabajo de cerrar con llave. Así que nos aventuramos en aquel espacio virgen —“yo, que me figuraba el paraíso bajo la especie de una biblioteca”— y vimos esos libros echados a morir en el olvido de unas estanterías que no atraían ni a las arañas. Más que un robo, acordamos considerarlo un acto de caridad. Recuerdo que salí de ahí con una colección de los cuentos completos de Guy de Maupassant. También me adueñé de un libro de Mario Benedetti (que uno no siempre tuvo buen gusto), pero no recuerdo cuál. Es posible que fuese Gracias por el fuego y más posible es que hasta lo haya leído.

¿Tienes algún héroe ficcional favorito? ¿Y antihéroe o villano?
Ya estoy un poco crecido para estos lances. Pero como te digo una cosa te digo la otra: en noviembre empecé a mirar, con mi hijo, en orden, las películas del Universo Cinematográfico de Marvel. Por allá por los ochenta, Carlos Varela cantaba que no tenía a Superman (que es de DC Comics, ya sé), pero que se conformaba con Elpidio Valdés. Yo no. Y mira que Elpidio Valdés me entretuvo en mi infancia. A mí también me habría gustado crecer codeándome con estos superhéroes.

Si organizaras una cena literaria, ¿a qué tres escritores, vivos o muertos, invitarías?
Vayamos con los muertos, que con los vivos todavía va y se da. Y digamos cuatro, como las patas de la mesa: a Sócrates, que no dejó escritos, pero nos legó su diálogo; a Joseph Campbell, que me enseñó el ciclo del héroe; a Sor Juana Inés De la Cruz, que escribió contra viento y marea y a Silvina Ocampo, a quien me habría gustado descubrir muchísimo antes.

¿Qué libros te gustaría ver adaptados al cine?
A decir verdad, ninguno. Yo los voy adaptando mientras los leo. Pero, igual, soy de ver películas adaptadas de novelas.

Si hubiese un libro que ha hecho de ti quien eres hoy en día, ¿cuál sería?
La filosofía de Ortega y Gasset tiende a resumirse con su famosa máxima: “yo soy yo y mi circunstancia”. En esa clave, soy los libros que he leído y olvidado; soy quien soy gracias a ellos y a pesar de ellos. Hoy me es difícil señalar uno y decir éste. En la segunda canción de su álbum Livro, Caetano Veloso dice (la traducción es mía):

“(...) Mas los libros que a nuestra vida entraron

son como la radiación de un cuerpo negro

que apunta a la expansión del universo,

porque la frase, el concepto, la trama o el verso

(y, sin duda, sobre todo el verso),

es lo que lanza mundos al mundo”.

¿Qué autor te gustaría que escribiese la historia de tu vida?
¿No quedó claro? Caetano Veloso.

¿Hay escritores cubanos que no han sido traducidos tan internacionalmente como deberían? ¿Cuáles recomendarías?
La generación del Mariel, Enrique Del Risco, Ramón Fernández Larrea, Francisco García González, Daína Chaviano y todo un mar de escritores cubanos del exilio, publicados mal y poco en español y poco y mal en inglés.