Actualizado: 29/02/2024 16:32
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Fleites, Biblioteca de Babel, Literatura

La Biblioteca de Babel

Alex Fleites confiesa que como lector es monógamo a medias: alterna la narrativa con la poesía. Y admite que no puede leer un poemario de un tirón, pues por lo regular es una experiencia tan intensa, que lo deja exhausto

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En una entrevista que le hizo Marilyn Bobes, Alex Fleites se refirió a cómo comparte la vocación de poeta con la de periodista: “Escribo versos solo cuando siento la visitación de lo inefable. Y hago periodismo exclusivamente sobre temas que atrapan mi atención como ciudadano. Esto se da de forma natural. Se puede cocinar y atender el jardín al mismo tiempo. He trabajado en diarios y revistas de periodicidad más espaciada, así es que me siento muy cómodo en la condición de colaborador, sin una agenda temática impuesta ni una política editorial que me someta. La poesía es una fatalidad, algo que va a darse o no inexorablemente. El periodismo es un oficio”. Desde hace décadas, Fleites compagina con igual seriedad y talento la labor creativa con la actividad periodística.

Nació en Caracas, pero sus padres eran cubanos exiliados y regresaron a su tierra natal poco después de triunfar la revolución. Desde entonces ha vivido en Cuba, donde se formó y ha desarrollado toda su obra. En 1980 se graduó en Literatura Hispánica en la Universidad de La Habana. Aún era estudiante, cuando empezó a hacer periodismo en la sección de cultura del diario Juventud Rebelde. Posteriormente pasó a El Caimán Barbudo, donde trabajó como crítico, redactor y editor jefe, entre 1983 y 1987. Ha sido además editor jefe de las revistas Cine cubano (1987-1992), Unión (1994-1997) y Arte Cubano (2000-2002), y en 2009 asumió la asesoría de arte de la Revista Amnios, especializada en poesía. En la actualidad, sus colaboraciones se pueden leer en la publicación digital OnCuba News.

Fleites comparte generación con figuras relevantes de la isla como Leonardo Padura, Reina María Rodríguez y Víctor Rodríguez Núñez. Como poeta, ha publicado los libros Primeros argumentos (1974), Dictado por la lluvia (1976), A dos espacios (Premio Julián del Casal, 1981), De vital importancia (1984), El Arca de la serena alegría (1985), Memorias del sueño (1989), Ómnibus de noche (1995), Un perro en la casa del amor (2003), La violenta ternura (2006), Canta lo sentimental (2011) y Fishes of Light/ Peces de luz (en colaboración con Marjorie Evasco, 2013), Alguien enciende las luces del planeta (2014) y Ángel con ala rota (2019), que mereció el Premio de la Crítica 2020. En 2012 debutó como narrador con el libro de relatos Canta lo sentimental, que tiene ediciones en México, Cuba y España. Textos suyos, tanto en verso como en prosa, se han traducido a varios idiomas. A su vez, él ha trasladado al castellano textos de poetas portugueses y brasileños como Vinicius de Moraes, Drumond de Andrade, Manoel Bandeira, Cecilia Meireles, Pessoa, Manoel de Barro y Arys dos Santos.

Hombre agudo, inteligente y dotado de un notable sentido del humor, en los últimos años publica con frecuencia comentarios y críticas de arte cubano en revistas nacionales e internacionales. También ha sido curador de las exposiciones Calma locura del color paciente, en homenaje a José Luis Cuevas (México, 2010), y Bola viva. Pintura cubana de hoy (Colombia, 2012). Como conferencista y profesor visitante impartió charlas en universidades de Estados Unidos, España, Venezuela y República Dominicana.

Acerca de Alex Fleites, su colega y compatriota José Pérez Olivares expresó: “Si me preguntaran cómo definir a un poeta de sus características, yo diría que Alex es como el Fayad Jamís de nuestra generación. Elogio que merece tanto por la calidad de su obra como por la forma en que ha sabido unir los problemas del ser humano a la impronta amorosa Su mirada (…) va del ser humano al entorno, y de este al ser humano, palpando siempre los sitios más dolorosos, acariciando desastres y carencias, unas veces con mal disimulado cariño, otras con mal disimulado rencor”.

—¿Cuántos libros tiene tu biblioteca?

Actualmente, unos 500. Llegué a reunir unos dos mil, pero hace años regalé la mayor parte. Libros valiosos, que en su momento leí con gran fruición, pero que ya no volvería a leer.

—¿Cómo los tienes organizados: por autor, por temas, ¿por áreas lingüísticas o indiscriminadamente?

Por géneros, pero no sé si “organizados” sería el adjetivo. De tiempo en tiempo los ordeno, pero ellos tienden a la anarquía. Recientemente mandé a reparar el librero. Entonces, se mezclaron todos, a la espera de que vuelva a dedicarles un fin de semana de mi vida. Para… volverse a regar a su aire.

—¿Qué criterio sigues para comprar: un criterio racional, la recomendación de un amigo, ¿las críticas que se publican o te dejas llevar por el impulso?

Ya no compro. Desde hace décadas. Leo libros prestados, que devuelvo puntualmente y en perfecto estado, para que me presten más. Mis motivaciones son esas que enumeras. Pregunto a los amigos qué leen, leo críticas que me orientan levemente… Pero prima la curiosidad, lo sugerente de un título, la procedencia del autor. Durante mucho tiempo me interesaron los escritores africanos, de Oceanía. Busco literatura desconocida para mí. Me interesa el otro, su forma de vivir, su filosofía, y la literatura satisface en una medida considerable ese interés.

—¿Qué haces para controlar la superpoblación, la cantidad excesiva de volúmenes?

Arriba dije que ya no compro. Y no es del todo así. Lo cierto es que compro muy poco. Y cuando lo hago, sobre todo si me gustó mucho el libro, enseguida lo regalo a alguien que quiero y que sé que le va aprovechar.

—¿Cuál es el ejemplar más valioso que posees?

Entiendo el calificativo valioso desde una perspectiva afectiva. No soy coleccionista. Conservo una edición Aguilar de la Obra completa de García Lorca que mi padre le regaló a mi hermano mayor cuando este tenía 10 años, allá por los primeros 50 del pasado siglo. Me parece un regalo inusual para un niño cubano de la época, emigrado en México. Amo ese libro por lo que contiene y por lo que habla de la singularidad de mi padre, un obrero lector de gran voracidad.

Tengo libros dedicado por poetas que frecuenté o que encontré al paso: Eliseo, Lezama, Juan Gelman, Efraín Huerta… Y, por supuesto, de autores de mi generación, cubanos y no.

El libro de Efraín es un tomo de su poesía que Casa de las Américas publicó en la colección La Honda; está plagado de erratas, versos de un poema atribuidos a otros, etc. No se salva una sola página. El poeta estuvo toda una noche corrigiéndolo a mano, con pluma de fuente y tinta azul, para obsequiármelo al día siguiente. Tiene esta dedicatoria: “Para Alex, del cocodrilo mayor, este muestrario de erratas y algunos pocos versos.”

—¿Cuál es el libro que más veces has releído?

Trilce y Los poemas humanos, de Vallejo; Estravagario, de Neruda; Muerte de Narciso y Fragmentos a su imán, de Lezama; El guardián en el trigal, de Salinger; Las cuitas del joven Werther, de Goethe…

—¿Hay títulos de los cuales tienes más de una edición?

Los de mi egoteca.

—¿Tienes un lugar específico para los libros escritos o editados por ti, eso que podríamos llamar la egoteca?

Sí. Es un anaquel aparte. Están sin orden, a la mano. Afortunadamente, no son tantos.

—¿Lees solo libros impresos o también electrónicos?

Me resistí cuanto pude al libro electrónico. Amo el libro como objeto, su olor, las diferentes calidades del papel. Tengo siempre una montañita de libros por leer en la mesa de noche. Dan calidez a mi cuarto. Pero terminé comprando un Kindle. Fue la época en que descubrí la novela policial nórdica. Nunca había leído tanto en tan poco tiempo, hasta tres novelas por semana. Leía a toda hora. Ahora alterno libros físicos y electrónicos, aunque mi volumen de lectura se ha visto afectado por la frecuentación de las redes sociales, algo contra lo que tengo que luchar.

—¿Acostumbras prestar libros a tus amistades?

No. Los que tengo no se prestan. Son un destilado de pasadas bibliotecas. Una de mis frustraciones mayores es buscar un libro en el librero y encontrar su espacio vacío.

—¿Devuelves los libros que te prestan?

Religiosamente. La felicidad para mí sería vivir al lado de una biblioteca pública de los Estados Unidos, que tienen ese sistema fabuloso de mandar a buscar los libros que solicitas a otras bibliotecas que pueden estar distantes, incluida las del Congreso. Una vez tuve acceso a la biblioteca del Instituto Tecnológico de Massachusetts: una orgía. Tenía todo un piso para la colección de libros en español, originalmente escritos en esa lengua o traducidos a ella. Pasaría feliz ahí los últimos años de mi vida.

—¿Tienes un lugar y un horario fijos para leer?

La cama. A la hora de la siesta y a la hora de dormir. Si me desvelo, no me fajo con el sueño: agarro el libro de turno.

—¿Sueles subrayar y anotar los libros que lees?

Antes, sí; ahora, no. Son prestados. En cambio, me encanta leer lo que subrayan los otros e imaginar qué de notable encontraron en tal frase o párrafo.

—¿Eres monógamo para leer o lees más de un libro a la vez?

Monógamo a medias. Alterno la narrativa con la poesía. No puedo leer un poemario de un tirón; por lo regular es una experiencia muy intensa, que me deja exhausto. Por eso rechazo cuanto puedo integrar jurados de concursos de poesía.

—¿Qué libro estás leyendo ahora?

Una antología poética de Rilke en español que me regaló una amiga nueva. Es más bien una relectura. Son poemas que leí muy joven, y los había sepultado en la memoria. Una experiencia muy gratificante, como encontrar a un amigo después de mucho tiempo.

Por último, si alguien quisiera iniciarse en la lectura y te pidiese ayuda, ¿qué diez títulos le recomendarías leer?

Depende de mi estado anímico. No siempre recomendaría los mismos. Una manera sería remitirlo a los libros que contribuyeron a formar lo que soy, cualquier cosa que signifique esto, aunque con la reserva de que a él o a ella les pueden dejar indiferentes. Van sin orden de ningún tipo:

Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne.

Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift.

Romeo y Julieta, de Shakespeare.

Los poemas humanos, de César Vallejo.

La montaña mágica, de Thomas Mann

El gran Meaulnes, de Alain Fournier

La poesía ignorada y olvidada, de Jorge Zalamea.

Libertad bajo palabra, Octavio Paz.

Cólera buey, de Juan Gelman.

Campos de Castilla, de Antonio Machado.