Actualizado: 13/12/2019 11:14
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Cambios, Izquierda

La “otra” diáspora (II)

Entrevista al profesor Ariel Hidalgo: “Un consenso donde se destaque el rechazo a la violencia y la voluntad de fundar una sociedad participativa”

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Con frecuencia los medios hegemónicos —de la Isla y el exilio— presentan de un modo sesgado la real diversidad cultural e ideológica que caracteriza, cada vez más, a la diáspora intelectual y política cubana. En esta serie de entrevistas pretendemos dar un espacio a voces pertenecientes, por obra y filiación personal, a las disimiles posturas que conforman el panorama de las izquierdas dentro de esta comunidad global. A través de sus experiencias personales y análisis políticos, los entrevistados compartirán con los lectores de CUBAENCUENTRO sus perspectivas, permitiéndonos conocer estos otros rostros cuyos aportes enriquecen el presente y los futuros de la nación y emigración cubanas.

En esta segunda entrega nuestro entrevistado es Ariel Hidalgo, profesor y activista social, radicado en la Florida, quien nos narra su estremecedora y rica historia personal, así como las propuestas que —para un futuro progresista y democrático en Cuba— ha impulsado durante todos estos años de entrega y compromiso personales.

¿Podrías contarnos cuales fueron los “caminos” que te llevaron a la izquierda?

Ariel Hidalgo (AH): Durante mi infancia muchas veces tocaban a la puerta de casa, niños harapientos pidiendo sobras de comida y veía a familias campesinas durante el tiempo muerto durmiendo en los portales de las casas. Me decía entonces: “Algo anda mal en este mundo”. Nada sabía, en aquella época, de referencias de izquierdas y derechas, ni de socialismo. Mis padres apoyaron la lucha contra Batista y un tío mío alcanzó el grado de capitán del Ejército Rebelde muy vinculado a Fidel Castro y Celia Sánchez. Contemplé el triunfo de la insurrección como inicio de una nueva era donde los ideales del pueblo cubano se harían realidad, pero también el comienzo de una larga lucha que tendría que librarse en otros países, empezando por América Latina. Leí a Martí, biografías sobre Bolívar y autores latinoamericanos como José Ingenieros y José Enrique Rodó, cuya obra, Ariel, por cierto, había leído mi padre cuando esperaba mi nacimiento.

Sin embargo, ante las defecciones de personalidades de la lucha revolucionaria que había admirado, me preguntaba si algo no estaba marchando del todo bien. Escuchaba comentarios de mis padres sobre supuestas arbitrariedades y la infiltración en el Gobierno de elementos “comunistas”, lo cual, para ellos, contradecía la afirmación de una revolución “tan verde como las palmas”. Finalmente, mi padre, tras saber que su hermano, el capitán, había sido encarcelado por motivos políticos, partió al exilio y se asentó en Nueva York. Supuestamente yo debía seguirle. Muchos de mis compañeros de bachillerato tomaron el mismo camino. Comenzaba la estampida que generaría eso que luego hemos venido a llamar la Diáspora.

Fue para mí un período de gran inestabilidad. Abandoné los estudios. Escribía noveletas policiacas en cuadernos escolares que nunca se publicaron y solo leían amigos y parientes. Fundé una banda de rock y tocábamos en fiestas y clubes nocturnos. Fui entonces testigo, de primera mano, de intimidaciones y obstáculos de dirigentes e instituciones oficiales por tocar ese tipo de música. Supe de recogidas por la policía de jóvenes, ya sea por su forma de vestir como por su orientación sexual. Por otra parte, la Crisis de Octubre había interrumpido indefinidamente los viajes directos, y no podía regresar a los estudios porque el sistema de enseñanza había cambiado completamente, por lo que me encontré en un verdadero limbo. Comencé entonces a tomar clases privadas.

Yo no quería el regreso al capitalismo que había conocido en mi niñez, pero también sabía que las cosas no estaban marchando como debían, aunque no era capaz de identificar el origen del mal. Me preguntaba si era posible una tercera opción. Y buscando respuestas a todos estos interrogantes, comencé a hurgar en libros de marxismo. Empezaban a surgir por entonces en América Latina grupos guerrilleros inspirados en la experiencia de Cuba pero con claras discrepancias con los partidos comunistas, y pensaba que si se orientaban por un camino diferente y triunfaban, podrían influir en el rumbo del proceso cubano y romper el aislamiento de Cuba y la dependencia soviética.

Por aquellos días conocí a una joven llamada Blanca, católica militante con ideas muy semejantes. Sus planes eran salir de Cuba e irrumpir en aquel escenario mediante grupos que se vincularan con las comunidades campesinas, ayudarles y trabajar con ellos hombro con hombro a la vez que se les creaba una conciencia de cambio basada en concepciones muy diferentes basada en el amor y no en el odio. Luego, con el apoyo de esas comunidades, presionaríamos por un cambio social más justo.

Ella tramitó sus papeles para emigrar, pero en mi caso, la Ley del Servicio Militar Obligatorio me impedía salir antes de los 27 años de edad. Mi madre partió para reunirse con mi padre no sin una promesa del capitán, ya liberado, de que usaría sus influencias para que yo viajara más tarde.

Pero un llamado del Servicio Militar me llevó a las llamadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP). Eran verdaderos campos de trabajo forzado donde se laboraba dura e intensamente de sol a sol. Supuestamente debía estar allí dos años, pero a los cuatro meses, apoyándome en una frase de Martí (“todo hombre tiene el deber de luchar por su libertad”), decidí que no regresaría al final de un permiso de diez días. En ese tiempo tanteé varios modos de trasladarme al extranjero (nadie debe tener que pedir permiso para salir de su propio país) y un lugar donde esconderme mientras el viaje no se concretaba. A los tres meses, escondido en una finca, ante la perspectiva de una salida inminente, recibí un aviso de Blanca. Tenía ya fecha de salida y me preguntaba si debía partir o no. Le respondí que debía hacerlo y que la providencia había querido que saliéramos casi simultáneamente.

Ella partió, pero a los pocos días fui arrestado como parte de una redada contra un supuesto grupo dirigido por el capitán, bajo la acusación de preparar un atentado contra el Comandante en Jefe. La acusación era falsa, pero bastó para cambiar radicalmente el rumbo de mi vida. Fui condenado a cinco años de cárcel por intento de “salida ilegal”.

Blanca, por su parte, vivió de caridad en varias casas de parientes y amigos hasta que se encontró en la disyuntiva de tener que elegir entre la indigencia o aceptar la propuesta matrimonial de un norteamericano, y se decidió por lo último. Habíamos pecado de ingenuidad y excesivo idealismo, y la cruda realidad nos había cobrado caro.

En prisión me encontré con muchos combatientes del antiguo Movimiento 26 de Julio y del Directorio, presos por sus desacuerdos con el rumbo del país. Muchos mantenían posiciones de izquierda y me indujeron a profundizar en mis conocimientos políticos. Asistí a algunas de sus reuniones, y cuando un grupo de ex miembros del Partido Socialista Popular fue procesado en lo que se llamó el caso de la “Microfacción”, no pocos de aquellos luchadores vieron en eso una señal de que la dirigencia cubana estaba rectificando. Pidieron, entonces, pasar al Plan de Rehabilitación para reincorporarse al proceso revolucionario. Poco a poco casi todos fueron liberados uno a uno. Creo poder decir que uno de esos excarcelados fui yo.

¿Cuáles fueron los caminos que te llevaron a la Diáspora?

AH: Cuando salí de prisión hallé un país en estado de gran confusión. Todo había cambiado drásticamente: el desabastecimiento de la población, los pequeños comercios vacíos, toda la fuerza de trabajo controlada por el Estado, y la casi totalidad de los pequeños centros laborales en manos del Estado. La llamada “ofensiva revolucionaria” me pareció el más grande disparate. Se había empezado expropiando a capitalistas y terratenientes y se había terminado expropiando a los propios trabajadores. Por otro lado revistas como Pensamiento Crítico y Revolución y Cultura discutían y divulgaban abiertamente cuestiones teóricas; escritores y poetas cubanos generaban fuertes polémicas como los casos de Padilla y Antón Arrufat; la invasión de tropas del Pacto de Varsovia a Checoslovaquia había motivado voces a favor y en contra, hasta que se produjo la declaración sorpresiva de Fidel Castro en apoyo a la intervención. Luego fue el reconocimiento del fracaso de la Zafra de los Diez Millones, que alentó esperanzas sobre una sana rectificación del rumbo del país.

Es en este marco cuando decido que valía la pena luchar desde dentro de ese proceso para lograr esas rectificaciones. Desisto entonces de mis planes de emigrar, comienzo a trabajar como profesor de educación de adultos y publico mis primeros artículos en revistas del país. Pero muy pronto la confusión general se fue clarificando por el camino más desalentador. La revista Pensamiento Crítico fue cerrada; otras publicaciones, como Revolución y Cultura y El Caimán Barbudo, reestructuradas y numerosos poetas, dramaturgos y ensayistas, condenados al ostracismo. Comenzaba lo que se conoce como quinquenio gris que a mi modo de ver duró mucho más.

En aquel momento entendí que era muy útil sacar a la luz las ideas de quienes habían puesto las bases del pensamiento social en Cuba. Por eso mi primer artículo, publicado, en El Caimán Barbudo, fue “Los Primeros Socialistas Cubanos”, al que siguieron otros sobre las ideas de Martí sobre la cuestión social, como “Martí y las ideas socialistas” que impulsó una fuerte polémica en los medios culturales. El libro salido de esos trabajos fue Orígenes del Movimiento Obrero y del Pensamiento Socialista en Cuba que llegó a estar en la bibliografía suplementaria de todas las carreras de Letras. Fui seleccionado para integrar la Comisión Provincial de Seminarios de Estudios Martianos. Estudié la carrera de Licenciatura en Historia y gané el premio de Ensayo para estudiantes universitarios latinoamericanos en la Universidad de Panamá con la obra José Martí y las pretensiones de predominio yanqui sobre el Istmo de Panamá. Pero las autoridades cubanas no me permitieron viajar a recibir personalmente el premio.

Por otra parte había comenzado a impartir clases en las Facultades Obreras Campesinas en la asignatura de Estudios Socioeconómicos. La conclusión que sacaba de las preocupaciones e intereses de mis alumnos-trabajadores durante esos años era la de permanentes contradicciones entre los colectivos de base y administraciones designadas desde altas instancias, mientras se continuaba repitiendo por los órganos oficiales que los dueños de los medios de producción se hallaban en manos del proletariado. Esto estimuló mis reflexiones sobre el socialismo y la realidad que estaba constatando. A esta reflexión ayudó el que fuera seleccionado para un curso intensivo de formación de profesores de marxismo en los preuniversitarios. Decido entonces que debía publicar esas reflexiones: los medios de producción no habían pasado a manos del proletariado sino a las de una burocracia corrupta y los trabajadores continuaban explotados mediante el trabajo asalariado por un capital monopólico absoluto: el Estado (y éste era el título provisional del libro). Explicaba por qué había ocurrido esto y desmenuzaba el proceso mediante el cual se producía esa explotación a manos de esa burocracia.

Los acontecimientos de la Embajada del Perú y del éxodo del Mariel precipitaron un desenlace en mi situación, pues me negué a participar en los actos de repudio contra los que decidían emigrar, fui expulsado del Instituto así como del curso de marxismo en la Universidad de La Habana y finalmente un operativo de la Seguridad del Estado ocupó copias del libro durante un registro en mi hogar. Todo esto llevó a mi procesamiento y a una condena de ocho años de cárcel por supuesta “propaganda enemiga”. Hubo luego campañas desde diversas capitales del mundo por mi libertad, sobre todo de agrupaciones e intelectuales de izquierda como Noam Chomsky, y entre los cubanos, de los cuales no he agradecido todavía suficientemente al profesor, historiador y politólogo Samuel Farber. En 1988, a un año de cumplir mi condena y a raíz de unas gestiones del Cardenal O’Connor de Nueva York, el entonces ministro del Interior José Abrantes me envió un aviso de que nunca se me daría la libertad a menos que decidiera salir del país. Había aquí una clara amenaza y yo decidí aceptar mi salida. Finalmente, quien no pudo salir jamás de la cárcel con vida fue él.

Dentro del panorama de reformas pro-mercado, abierto en los últimos años en la Isla ¿Cómo visualizas los retos y avances de una nueva propuesta de izquierda, coherente y viable, enfocada sobre los múltiples problemas de la realidad cubana? ¿Crees que hay potencialidades para su desarrollo?

AH: Creo que hay ya un consenso entre las diversas corrientes de izquierda que han ido surgiendo en Cuba en los últimos tiempos, en propuestas vitales en las que incluso coinciden también otras tendencias. Primero en asegurar institucionalmente el respeto a todos los derechos que como seres humanos nos corresponden de forma inalienable. Pero no basta un Estado de derecho, sino que hay que alcanzar un Estado de plena satisfacción de los derechos y esto solo se logra con la autosuficiencia de todos los ciudadanos mediante el control directo de los medios de producción, ya sea propiedad individual o familiar, la autogestión y el cooperativismo sin interferencias burocráticas, y en correspondencia, con un sistema político donde los mecanismos de elección de los representantes de la ciudadanía no puedan ser controlados por aparatos superestructurales como los partidos políticos.

Cuando me preguntan si estoy de acuerdo con el pluripartidismo, respondo que el problema de Cuba no es que falten partidos, sino que sobra uno. No es que rechace la existencia de los partidos. Lo que rechazo es la partidocracia, que ningún partido —ni uno ni cien—, se arroguen derechos que solo corresponden a los ciudadanos. Si un grupo en el poder tiene la facultad de imponer candidatos para las distintas instancias, ahí no hay democracia. Pero tampoco la hay si varios partidos escogen candidatos que solo podrán ser electos si reciben contribuciones de los poderosos para financiar sus campañas, porque el elegido va a legislar a favor del que paga y no a favor del pueblo que lo eligió.

Pero no basta con decir que la solución del problema cubano está en la autogestión y en una democracia directa y participativa si no decimos cómo se llega a eso, si el grupo en el poder se niega a dirigir el rumbo hacia ese destino. En primer lugar todas las fuerzas prodemocráticas de Cuba deben estar conscientes de dos grandes peligros que tenemos a la vista. Uno de ellos es que la tendencia del Gobierno a dar autonomía a las empresas estatales sin antes conceder control y poder de supervisión a los trabajadores nos puede llevar a un Narco-Estado, sencillamente porque eso significa dar más poder a una burocracia suficientemente corrompida como para no vacilar en negociar con los carteles de la droga que tienen el ojo puesto en Cuba como la vía más segura y directa hacia el mercado norteamericano, todo lo cual significa el traslado hacia Cuba de los graves problemas que actualmente enfrentan países como México. El escenario sería el de guerras entre carteles, matanzas masivas y asesinatos de periodistas y activistas de derechos humanos.

El otro peligro es que por la falta de respuestas efectivas de la dirigencia histórica a problemas vitales de la población, la situación se vuelva insoportable, se exacerben las pasiones y se produzcan motines y revueltas. Si hay violencia generalizada con pérdidas de vidas humanas y éxodos masivos incontrolables, no es descartable que el fantasma tan inflado por el Gobierno para el logro de objetivos políticos se convierta en realidad y una intervención militar norteamericana sea inevitable, lo cual significaría no solo una gran tragedia humana sino la pérdida de la soberanía y el regreso al punto de partida de los inicios de una república mediatizada.

¿Cuál es entonces la solución? Debe haber un acercamiento entre todos los grupos y no solo de la izquierda sino de todos aquellos prodemocráticos, y no solo entre los grupos sistémicos en los marcos institucionales de la sociedad cubana sino además los que están en la marginalidad social, y no solo entre los que se hallan en el país, sino también los de la Diáspora, es decir, una convergencia entre todas las manifestaciones realmente democráticas del pueblo cubano estén donde estén. Y ese acercamiento debe hacerse sobre la base de un consenso donde se destaque el rechazo a la violencia y la voluntad de fundar todos juntos, en una relación fraternal, una sociedad participativa. Que todos levantemos una sola voz en demanda de los derechos de los trabajadores y de todo el pueblo, porque nadie gobierna sin el consentimiento de los gobernados y si los que obedecen dejan de obedecer, los que mandan dejan de mandar, y para esto no hace falta romper vidrieras ni golpear a nadie, sino simplemente ponernos todos de pie y decir: ¡Basta!


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