Actualizado: 05/12/2019 10:02
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Cambios, Izquierdas

La “otra” diáspora (III)

Entrevista a Dayrom Gil: “No hay que pedir reformas, sino la socialización del poder”

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Con frecuencia los medios hegemónicos —de la Isla y el exilio— presentan de un modo sesgado la real diversidad cultural e ideológica que caracteriza, cada vez más, a la diáspora intelectual y política cubana. En esta serie de entrevistas pretendemos dar un espacio a voces pertenecientes, por obra y filiación personal, a las disímiles posturas que conforman el panorama de las izquierdas dentro de esta comunidad global. A través de sus experiencias personales y análisis políticos, los entrevistados compartirán con los lectores de CUBAENCUENTRO sus perspectivas, permitiéndonos conocer estos otros rostros cuyos aportes enriquecen el presente y los futuros de la nación y emigración cubanas.

En esta segunda entrega nuestro entrevistado es Dayrom Francisco Gil Pradas, un joven bioquímico y traductor, que insiste en declararse reglano (y no simplemente habanero), “socialista hiperdemócratico” y enamorado del futuro del gobierno electrónico. Alguien que define su testimonio como la historia de una persona normal, bajo las situaciones vividas en la Isla por su generación.

¿Podrías contarnos cuales fueron los “caminos” que te llevaron —de forma separada o simultánea— a la diáspora y la izquierda? ¿De qué forma ese cambio en tu situación personal te ha relacionado todos estos años con los problemas de tu nuevo terruño?

Dayrom Gil (DG): Habría que empezar por decir que, en cuestiones de diáspora, soy una especie de privilegiado: tengo un permiso de residencia en el exterior que me permitiría regresar y salir de Cuba sin el degradante trámite de pedir permiso para entrar a tu país. Dicho esto, hay que recordar que este permiso solo es dado a los que están casados con ciudadanos extranjeros. Yo vine a vivir a Brasil por varias razones, económicas, pero también sociopolíticas, pues mi esposa es periodista, especializada en asesoría de prensa, que es un área prácticamente inexistente en Cuba, muy restringida, y periodistas extranjeros no acreditados es muy difícil que ejerzan allá.

Ahora bien, el factor Cuba es más complejo. En el momento que decidimos salir, ya había accedido a una categoría docente en la Universidad de la Habana y mi salario estaba en el último cuartil de los salarios cubanos (o sea, en el 25 % de los salarios más altos), pero aun así no podía sostenernos: no tenía casa, los alquileres para cubanos —que se habían liberado recientemente— eran astronómicos, la casa de mi abuela estaba sin techo y habíamos logrado entrar en el plan, pero los materiales nunca llegaban (en aquel momento no estaban liberados), vivía ilegalmente en casa de un amigo… Y encima de todo, había tenido ya varias desilusiones con la realpolitik cubana.

Si me permites hacer un flashback, creo que habría que regresar ahora a 1997, en 11º grado, que fue cuando ingresé en la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC). Te digo sin ninguna pena que ingresé porque era “el camino”: se esperaba que estudiantes de la Lenin, con buen rendimiento académicos y de familias “integradas”, entrasen a la organización. Ya en aquella época me tocó vivir una cosa curiosa: cuando fueron a verificar una de las vecinas habló de que me relacionaba con extranjeros. Se olvidó de mencionar que mi padre es español, que venía todos los años a visitarme y que lógicamente yo no iba a dejar de compartir con los amigos de mi padre. A nuestra generación le cuesta entender lo estancada que fue la sociedad cubana de los 70-80, yo lo entendí cuando supe que mi madre, para casarse con mi padre, tuvo que pedir un permiso al Ministro de Justicia, pues estaba empezando la carrera de Derecho; y mi padre tuvo que aportar pruebas de que era comunista, que fue antifranquista, que su familia había estado exiliada, etc. Eso hoy nos parece fantástico, pero así se moldeó la sociedad.

En verdad, en los años del Pre yo no tenía todavía conciencia política, pero fue la época en que leí a Marx, Lenin, Engels, en fin, los clásicos. Y ya empezé a ver las divergencias. Cuando entré a la Universidad, incluso siendo una carrera de ciencias —Bioquímica— los Comités de Base de la UJC eran muy distintos. Ahí se discutía de política, de los problemas del país, en mi comité se discutía Castoriadis, Dietrich, Pedro Campos, ahí conocí las propuestas de la “izquierda democrática”, kaosenlared, havanatimes, leí a Trotsky y a Radovski, todo ese mejunje me hizo lo que soy hoy: un “socialista ultrademocrático”, que considera que el socialismo, como civilización superior, tiene que incorporar, como cosa fundacional, las conquistas del pensamiento progresista, como la integridad de los derechos humanos, el estado de derecho (o el imperio de la ley), la democracia directa… por ello hallo reduccionista calificar las libertades políticas de burguesas, a fin de cuentas, ellas fueron forjadas, analizadas e ideologizadas por la izquierda en cada época. En esencia, la participación de cada individuo en las decisiones que le conciernen, como decisor y como ejecutor. Si las llamadas democracias burguesas fallan no es por esas libertades; sino porque no son realizadas plenamente, pues es reconocido que los derechos humanos son indivisibles. Por razones diversas, yo estudio más la parte política, pero está claro que sigo con atención las propuestas económicas, que son el meollo del asunto.

Durante ese tiempo en la Universidad (9 años) te mencionaré varias piedras miliares en mi paso a la izquierda antigubernamental, sin orden cronológico: la farsa de la modificación de la Constitución en 2002; las movilizaciones por la UJC y por la FEU para ir a “enfrentarse” a opositores declarados, que varias veces terminaron en agresión física; la discusión del Anteproyecto de Seguridad Social, que tuvo el curioso resultado de que nadie estuvo de acuerdo con elevar la edad de jubilación y aún así la Asamblea habló de apoyo mayoritario; saber cómo era manejada la Universidad —sin autonomía ninguna— y que el rector era nombrado por el Comité Central; el video sobre los problemas de Pérez Roque y Lage cuando la “defenestración de los 12”, donde ni se aludía a la responsabilidad de Fidel y Rául, uno como presidente que había firmado los decretos y el otro como ministro que supuestamente estaba cuando se discutieron; el fusilamiento de los secuestradores de la lancha de Regla, que en la UJC y el Partido explicaron que era necesario para parar la ola de secuestros, confirmando así el carácter político de la justicia y su no independencia. También influyó en mi evolución un fraude electoral en la FEU de la Facultad, donde después de ver personalmente cómo contaban los votos y publicaban los resultados, por la tarde me encontré con que los habían quitado y puesto otros donde resultaba electo un cuadro que “tenía” que pasar al primario y por eso necesitaba salir en la Facultad, y en la votación no había salido.

Por último una malograda iniciativa: un documento elaborado y consensuado por el comité de base que queríamos someter a la consideración del comité primario para ser presentado por el delegado de la UH al congreso de la UJC, con algunas demandas y pidiendo pronunciamientos sobre temas claves: en esencia que el Congreso definiera exáctamente el tipo de socialismo que la UJC defendía. Tildado a partes iguales de contrarrevolucionario, confundido e ignorante, con frases como “se lo dí a leer a un amigo en México y preguntó si era de un grupo de Miami”, “díganme qué casos de corrupción ustedes conocen, eso es mentira” “ustedes no saben los planes del país en la economía, se avecinan grandes reformas” (en efecto, no sabíamos, pero ciertamente dudo que las reformas raulistas sean la panacea que aquella persona anunciaba) y la guinda del pastel: “no sé para qué ustedes se interesan porque el país ratifique los Pactos de Derechos Civiles y Políticos y de Derechos Sociales, Económicos y Culturales, eso es irrelevante, no resuelve ningún problema”. Y rematar con que el delegado de la UH al congreso —por más señas hijo del embajador cubano en España— afirmara que tomar un AKM y ametrallar a las Damas de Blanco formaba parte de su derecho constitucional de defender a la Revolución.

Luego pasé seis meses en una estancia de investigación aquí en Brasil (después supe que la Decana no quería aprobar el vaje, pero el Núcleo del Partido me defendió, lo cual debo reconocer) y desde aquí seguí el Congreso del Partido. Al regresar a Cuba pedí la baja de la UJC y el Sindicato. Cuando eso todavía no había decidido irme, pero las cosas se precipitaron en todos los aspectos y una vez que anuncié mi decisión fui invitado gentilmente a pedir la baja del trabajo sin tener que esperar al final del año lectivo. Lo digo sin ironía, de veras fue una invitación gentil.

Entonces no, no soy un exiliado político, pero sí, las raíces de mi diáspora son políticas, al comprobar que no había posibilidad de cambio ni de participar en la toma de decisiones a través de los “canales establecidos”, y económicas, pues las reglas del juego económico impuestas por el poder no me permitían, objetivamente, mantener a mi familia.

¿Cómo valoras el peso o presencia que tienen, dentro de la comunidad de la diáspora en la cual habitas, un imaginario progresista o de izquierdas? ¿Cuáles son sus oportunidades, barreras y desafíos a su expansión?

DG: Aquí lo más curioso es que la Universidad, el pensamiento, la producción artística están dominados por un pensamiento de izquierda, pero tuvieron la amarga experiencia de ver a la “esperanza roja”, el Partido del Trabajo (PT), convertirse en un partido más, con escándalos de corrupción, compra de votos, alianzas con partidos que no tienen su supuesta base ideológica. Aquí hay una visión continuista de la post-dictadura: el desarrollo del país lo ven como una sucesión de las políticas de Fernando Henrique Cardoso, un académico que participó en el mayo francés del 68; Luiz Inácio “Lula” da Silva, que fue un líder sindicalista que desde la periferia de la Grande Sao Paulo luchó contra la dictadura; y ahora Dilma Rousseff, hija de inmigrantes torturada por la dictadura, un resumen de la izquierda brasileña, pero que ha quedado por debajo de las expectativas. Para los brasileños, ha sido la izquierda quien ha estado en el poder. Hay un rechazo al marxismo clásico, y en ese sentido, la Unión Soviética tuvo mucha culpa: se sabe que el mayor movimiento comunista, el de Luis Carlos Prestes, era financiado y controlado por la inteligencia soviética, al punto que su esposa, Olga Benario, era el enlace de los soviéticos. Y otra cosa, aquí las personas están orgullosas del sistema federal, de la autonomía de los municipios, se quejan de los partidos corruptos pero no aceptarían una centralización de un partido comunista que eliminase eso.

Eso hasta es paradójico, pues aquí en Brasil el gran referente de la izquierda es Cuba. Hay un libro famoso, A Ilha (La Isla), del periodista Fernando Morais, que presenta a Cuba (nada menos que la Cuba de los setenta) como un paraíso de libertad, tolerancia y poder de la clase obrera. No conozco un brasilero que haya ido a Cuba de turismo que no se haya desencantado con nuestro país, con la excepción de los que van en las Brigadas de Solidaridad del Partido Comunista Brasileño y que no salen de un campamento agrícola de Artemisa. Casi te puedo decir que eso ha provocado un reflujo de las ideas socialistas, que dominan el pensamiento intelectual pero no el imaginario popular; en ese sentido Cuba está mejor, la producción intelectual sobre un nuevo socialismo, sobre el empoderamiento de las personas, está más adelantada. Aquí el “comunismo” se resume a una especie de utopía moral, del tipo: “Si hubiera un gobierno comunista, todo fuese del Estado, no hubiera corrupción, mejor distribución de los recursos, etc…” Pero en la práctica el desarrollo del país se ha dado por medidas de estímulo al consumo (reducción de impuestos de los artículos), fomento de la propiedad privada (créditos a la mediana y pequeña industria), los impuestos de las trasnacionales, y ha sido paliado por medidas asistencialistas: bolsa familia (dinero a familias de bajos ingresos), créditos universitarios, zonas francas (el desarrollo del Estado Amazonia se basa en la Zona Franca de Manaus) y hoy más de la mitad del país es clasificado como clase media, con un nivel de consumo impresionante. Pero los referentes de democracia son Estados Unidos, de cultura Europa, etc, y si tú le propones a alguien, en la calle, las ideas de presupuestos participativos, democracia directa, control ciudadano, mucha gente se ríe.

¿Existe para ti alguna relación entre el auge de la producción artística y periodística y la emergencia de ese pensamiento y activismo de izquierdas en la diáspora? ¿Podrías narrarnos alguna experiencia personal en ese sentido?

DG: Mira, ciertamente que la mayor producción periodística influye, artística como mucho solo la literatura, sinceramente (y eso es sólo mi opinión, eh) la música cubana, artes plásticas, etc, están en un impass. Creo que es consecuencia de las políticas exitosas de Abel Prieto, que consolidó una situación win-win: los artistas cobran por lo que hacen afuera, pueden vivir en el exterior, pueden tener proyectos propios, mientras sigan siendo artistas “revolucionarios”. Es solo recordar el nivel de deserciones de los 90, que todos lo días oías que se había “quedado” un fulanito, y la inexistencia de ese fenómeno ahora. Alberto Pujol regresa de Colombia y participa en “Tras la Huella”; Blanca Rosa Blanco puede hacer sus modelajes en Italia… La producción artística contestataria en Cuba tiende más a la socialdemocracia, como Buena Fe, o no desvela posiciones ideológicas claras, como Los Aldeanos o los “Nicanor”. ¿Eso es malo? Quizá no. A fin de cuentas, haber superado los tiempos de los comisarios políticos, de las parametrizaciones, es un adelanto. Lo malo para ellos es que ese acuerdo de caballeros puede ser revocado en cualquier momento. Yo creo que los escritores están más conscientes de eso, pero quizá es porque ellos sufren más. La edición cubana de El hombre que amaba a los perros aún está por venderse en grandes cantidades, después de la Feria del Libro donde se presentó para pocas personas…

Volviendo a la diáspora, mi experiencia personal es que las personas van a la diáspora ya siendo de izquierda, y muchas veces salen precisamente por ser de izquierda. En general, la izquierda fuera de Cuba puede aportar mucho al país, toda vez que es díficil que viviendo en un país capitalista puedan ser acusados de no saber cómo es este, o de estar deslumbrado con oropeles. Uno de los efectos de la diáspora es el caudal de información que se abre: uno tiene que hacer una “limpieza a fondo de los altares” pues accede a informaciones y declaraciones que pueden cambiar ciertas ideas. Eso es bueno, hay que oír a Eloy Gutiérrez Menoyo hablando su versión de los hechos para uno comenzar a plantearse si realmente sabe de los primeros años de la Revolución, o leer los informes de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, y asombrarse de ver que las fortalezas y debilidades de la Constitución del 76 que ahora la izquierda señala, fueron plasmadas casi al pie de la letra ya en un informe de 1983, o leer el informe de la Organización Internacional de la Areonáutica Civil y ver que esta determinó, por los registros de terceros, más allá de las pruebas presentadas por Cuba o por Estados Unidos, que las avionetas de Hermanos al Rescate sí estaban fuera del espacio aéreo cubano… No podemos tener miedo de coincidir con la derecha en la verdad; la izquierda ha de ser ante todo apegada a la verdad.

Dentro del panorama de reformas pro-mercado abierto en los últimos años en la Isla ¿Cómo visualizas los retos y avances de una nueva propuesta de izquierda, coherente y viable, enfocada sobre los múltiples problemas de la realidad cubana? ¿Crees que hay potencialidades para su desarrollo?

DG: Las reformas que el Gobierno cubano realiza quedaron muy claras cuando Payá presentó el Proyecto Valera. Da vergüenza ver que las reformas raulistas están más a la derecha que este Proyecto, pues el Gobierno ignora olímpicamente a la Constitución, en tanto que el Proyecto enfatizaba permanecer dentro de ésta, incluso hablaba de buscar fórmulas en las empresas evitando la explotación del hombre por el hombre. Una aplicación consecuente habría llevado a la cooperativización de la empresa, como mínimo a la cogestión, cosas que son tabú en las reformas de ahora. El mayor peligro está en que Raúl está rescatando leyes de los 90, y está desempolvando las atracciones al capital internacional. En cualquier momento, veremos empresas “amigas” repatriando el 100 % del lucro (ya hay una ley que lo permite), veremos impuestos sobre el salario y sobre el más mínimo movimiento de dinero, y veremos conflictividad social, huelgas ilegales —porque todas lo son— y ojalá que no veamos de nuevo a los antimotines, o a los militantes del PCC y la UJC mandados como rompehuelgas.

Ante esa situación, los retos de la izquierda cubana son, tal como los veo, diversos y trabajosos pero simples. Primero, debemos abandonar varios mitos: el mito de que el Gobierno es de izquierdas, para empezar; el mito del desarrollismo; el mito de que fuera del Gobierno está la recaída en el capitalismo como única opción… Claro que no es todo el mundo, pero aún noto cierta tendencia a ver al Gobierno como un aliado descarriado. Tiene que haber más praxis: yo no creo que los intelectuales deban montar una cooperativa —porque una cosa es ser un teórico y otra un cooperativista—, pero sí podrían plantearse seriamente un centro que dé asesoramiento en estas cosas. Con realismo, hay oficios que no precisan de cooperativas, porque pueden realizarse en la unidad familiar o individualmente. Otros precisan cooperación, en el sentido de Marx, y por lo tanto o se organizan en cooperativas o van a terminar brindados por pequeñas y medianas empresas.

Además tenemos que empezar a usar, dentro de los resquicios legales, el actual Código del Trabajo, que sí permite la creación de nuevos sindicatos. Va a tener que contar con abogados para poner todas las demandas y reclamaciones contra los fallos ilegales que el Gobierno va a lanzar como cortafuegos. Y va a tener que lanzarse a la acción política. Lo peor que puede pasar es que se dé una revolución blanquista, y otro grupo llegue a dirigir el país solo porque ganó una guerra, sea esta real o figurada.

No hay que pedir reformas, sino la socialización del poder. Las reformas se niegan o se conceden, pero siempre a discresión y según los intereses del poder. En una situación ideal, te diría que primero se desarrollaría una base económica de cooperativas, sindicatos, grupos que podrían entrar en la cogestión de la empresa X y que tienen un plan para esa empresa, ecologistas, grupos con planes de desarrollo local, y luego se podría usar eso como apoyo para pedir una refundación del país. Yo soy reacio a decir ahora las ideas concretas sobre cada aspecto de la democracia y la economía que plantearía, preferiría un período de libertad de expresión, opinión, prensa, manifestación, para conocer las otras propuestas. Pero sí insisto en que hay que dar la batalla política para lograr cuanto antes ese período y una nueva Constituyente, pues nunca apoyaría un sistema tecnocrático, partidocrático u oligárquico. Para eso, la izquierda tiene que pasar a la ofensiva política y económica —aunque eso implique coincidir aparentemente con la derecha— y quitarse el miedo a la democracia.


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