Actualizado: 29/09/2020 8:25
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«No puedo ir a La Habana a ver ruinas»

El showman y escritor venezolano Boris Izaguirre habla sobre su novela 'Y de repente fue ayer', inspirada en Cuba y en Félix B. Caignet.

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El showman y escritor Boris Izaguirre (dcha.), junto al entrevistador, Alberto Lauro. (LIEN CARRAZANA)

El showman y escritor Boris Izaguirre (dcha.), junto al entrevistador, Alberto Lauro. (LIEN CARRAZANA)


Excéntrico e histriónico, pero también tímido, sinuoso y sutil. Ante las cámaras se comporta como un provocador, aunque nunca es irreverente ni descortés. Siempre diplomático. Ahora publica su novela Y de repente fue ayer, inspirada en Cuba y en Félix B. Caignet.

Tu libro está causando mucha expectación, tanto en Miami como en La Habana…

Cuéntame tú. Me muero por saber.

Es arriesgadísimo que un autor que no haya pisado Cuba escriba sobre una época específica de la Isla, sin haberla vivido ni haber estado nunca allí…

Sí. Es verdad. Es muy arriesgado. Pero de otra manera hubiera sido un obstáculo, que yo encontraba absurdo, porque en primer lugar creo que Cuba está en la vida de todos nosotros.

Marcó un momento histórico…

Y siempre marca, tanto para la idealización como para la ideología. Por eso encuentro que mi novela tiene también tantos símbolos, porque era como mi manera de entrar en donde quería entrar, aceptando mi condición de que soy un narrador. Y es un narrador que está siempre narrando una fábula.

Una fábula que hay miles de personas que la conocen y no puedes evitar que haya una constatación entre lo que narras y la realidad…

Sí. Por eso recurrí a El derecho de nacer, que es algo que yo sabía muy bien, que es histórico. Y que nadie, hasta hace muy poco, ha sabido ver como histórico. Entiendo lo que es El derecho de nacer para infinidad de personas en Latinoamérica. Es decir, que es el principio de un producto cultural que identifica a toda Latinoamérica.

No se consideraba un producto cultural. Lo mismo que la descomunal obra de Corín Tellado…

Claro. Y, sobre todo, a la izquierda le ha parecido espantoso, porque también tenía que ver ideológicamente con esa derecha que fue superada; pero también es cierto que esa derecha ha dejado ese legado y demostrado que en estos cincuenta años que han pasado, ese producto ha funcionado perfectamente, y también como producto hegemonizador de Latinoamérica funcionó la Revolución de Fidel Castro. Entonces pensé: "esto lo veo tan claro que lo tengo que escribir. Y lo que no puedo es estar esperando a que realmente pueda ir alguna vez a La Habana".

Donde no has estado nunca...

Y entonces también me di cuenta de que la novela me pedía que no fuera sólo de esa ciudad, sino también del país. Arranca con un huracán que ataca desde el sur y empieza a subir por el todo el país.

¿De dónde sacaste ese lugar de Limpio Chiquito?

Porque existe Limpio Chiquito. Como sitio, existe.

¿Pero cómo lo hallaste?

Está en el mapa.

Ya lo sé. Está al lado de mi pueblo, Holguín.

Claro, los personajes pasan por Holguín. Lo único que sabía es que había sólo un camino. Una carretera. (La Carretera Central) que unía el sur con el norte de la Isla. Eso siempre lo tuve clarísimo, que era en verdad lo que me interesaba. Porque en Latinoamérica es lo mismo como nos imaginamos al Estados Unidos del centro, el profundo, con una línea que va uniendo a los sitios. Pero lo que sí me imaginé fue que me gustaba mucho que ellos vinieran de la Sierra Maestra, y que hubiera unas montañas para dejar atrás y adentrarse en ese espacio tremendo que es Limpio Chiquito.

Pero también me funcionaba muy bien como nombre que provoca repulsión. En primer lugar, causa sorpresa, lo inaudito. ¿Qué se puede esperar de un limpio chiquito? La unión de estas dos palabras te deja como perplejo. Y también tiene que ser tremendo el recuerdo por todo lo que sucede allí. En esa especie de orfanato.

En tu novela, ese es un lugar donde se abusa de los niños…

Efraín sólo lo ve. Óvalo es utilizado.

Dime, en confianza, ¿no hay entre los dos, como en ciertas películas de Hollywood, una velada atracción fatal entre dos machos? ¿No comparten a una mujer? ¿Eso no es una manera también de tener un vínculo más complejo?

Es una novela de tríos. Claro. Y son dos tríos. Hay un trío en Limpio Chiquito y hay otro trío luego en La Habana, con Tania, que es la esposa de Efraín.

¿Cuál era la Cuba que querías retratar?

Básicamente, la Cuba donde la dictadura de Batista tiene una gran importancia, además de que yo vengo de escribir una novela sobre la dictadura de Pérez Jiménez en Venezuela, que es Villa Diamante. Entonces, me pareció que en los años cincuenta coincidieron todos estos dictadores: Trujillo, Pérez Jiménez, Batista, Perón, Franco… Es un momento de dictadores y me apetecía que en estas dos novelas trataran el tema, al igual que nuestras ciudades y esos dictadores de entonces.

También es cierto que es el momento del auge de la televisión y de todo lo que significó una radionovela como El derecho de nacer, que se convirtiera en la primera telenovela, que también acontece en ese tiempo y tiene a la dictadura de Batista como gran telón de fondo, que queda totalmente eclipsada por la Revolución. A veces, se nos olvida lo cruel, corrupta y lo verdaderamente espantosa que fue la dictadura de Batista.

En su segunda etapa fue dictatorial. En la primera no fue así…

Pero bueno, es que una dictadura siempre termina en lo que se convierte. Es como la transexualidad, que eres del sexo que al final tienes. Acabó siendo, todos lo sabemos, una dictadura horrenda. Y yo necesitaba tener algo que fuera una metáfora lo suficientemente terrible para indicar el nivel de corrupción, como es el abuso de personas inocentes. Es lo que le sucede a estos dos niños, Efraín y Óvalo, verdad. Era la manera de mostrar la impunidad de esa corrupción.

Has escrito sobre Cuba con la misma libertad con que nuestro amigo Terenci Moix escribía sobre Alejandría [le da un ataque de risa]. Los cubanos, estemos en Cuba, Miami, Madrid, China o la Antártida, queremos constatar lo que se escribe sobre nosotros y nos es casi imposible abstraernos. Nos propones una lectura muy difícil…

Sí. Sí que es una lectura difícil, que les puede asustar mucho, pero también puede asustar mucho al autor. Por eso yo siempre pienso que en esta novela todo eso que pueda asustar, todo eso que es histórico está siempre colocado de una manera oblicua. Es decir, los grandes eventos pasan en las vidas de ellos, pero lo que en verdad importa es la historia de ellos dos. Porque Óvalo y Efraín podrían ser de cualquier parte. Están situados en Cuba porque es una reflexión sobre las dos revoluciones: la telenovela y la Revolución de Castro.

La telenovela ha sido también una revolución cultural en Latinoamérica, que nació en Cuba, y la de Castro ha sido ideológica, política y de aspiraciones para varias generaciones de latinoamericanos, y en algunos aún está vigente. Alguien tenía que contar esto. Yo no podía seguir sentado, pensando que eso no lo iba a contar nadie. Entonces me dije: "pues lo cuento yo".

Justo al llegar para entrevistarte, me crucé en el desayuno con el ex presidente español Felipe González. Sé que te preguntó, en una ocasión, tu opinión sobre Chávez…

Sí. Es cierto. Me preguntó lo que pensaba sobre Chávez. Pero yo le dije: "dígame qué piensa usted, porque me parece su opinión más interesante que la mía". Entonces me contó lo que fueron para él las dos intentonas de golpe de Estado de Chávez, ya que era presidente Carlos Andrés Pérez, con quien tenía una relación incluso afectiva, intensa, muy importante, y era difícil para él y para España.

La Revolución castrista acabó con todo lo que describes en tu novela…

Claro.

Con la telenovela y con muchas de las cantantes de bolero…

Con la telenovela no pudo acabar al final, porque siguió emitiéndose fuera de Cuba. Lo que no pudieron fue sostener a la gente que sabía hacerla, porque todo el mundo se fue a repartir la telenovela por Latinoamérica.

Pero se fueron huyendo del castrismo, ya que el mundo al que estaban habituados desapareció. Como Delia Fiallo, colaboradora de Félix B. Caignet. Antes de irse en 1966, estuvo trabajando como de castigo en la agricultura durante varios años.

Como la Fiallo, como los Cué, los Cuzco, los Rodríguez… Todo lo que era la CMQ se fue primero a México y después a Venezuela.

En Cuba desaparece la telenovela de factura nacional al triunfo revolucionario, considerada un rezago del pasado capitalista del país. Hoy muy pocos, por ejemplo, saben allí quién es La Lupe, y Celia Cruz sigue prohibida.

Claro. Eso forma parte de lo dramática que es una Revolución y, en mi novela, por eso, el final es como es. Una tragedia. Pero no vamos a contar el final, aunque tengo grandes ganas de hacerlo porque creo que es lo mejor del libro. Es un shock increíble.

Efraín, desde luego, es Félix B. Caignet…

Bueno no, sí, inspirado en él. Mira, cuando yo quedé finalista del Premio Planeta en 2007, el periódico El País me pidió un artículo sobre las posibles relaciones políticas que podía tener la telenovela con los países donde se produce. Y El derecho de nacer es una obra muy adelantada a su tiempo, porque, entre otras cosas, está hablando del aborto en cualquier caso, y de la madre soltera, algo básico y traumático en todos nuestros países.

Y en la novela es esencial que ella sola tenga siempre que defender a su hijo, sin apoyo de más nadie, ya que su hijo no tiene padre, está ausente. Un trauma. Esto es bastante común en una gran mayoría de personas allá. Y me puse a leer sobre Félix B. Caignet, que hay muy poco, pero sí una entrevista increíble que le hizo Reynaldo González, que ahora acaba de publicar una biografía sobre él.

Caignet murió en Cuba en la soledad más absoluta. Como Lezama Lima, Virgilio Piñera y muchos escritores y artistas menos conocidos...

Y es eso. Lo que más me impactó es que se quedó, se quedó en Cuba. No se fue, como sí se marchó la mayoría de la gente que él formó, cuando la Revolución se declaró marxista- leninista. Entonces fue cuando me dije: "Ay, pero esto es una novela". Es una novela el porqué este hombre se quedó. Y entonces comencé a escribir la mía, que va por donde tiene que ir. Yo diría que él es una gran inspiración para todos los que hemos entrado en el mundo de la telenovela, porque es el primero que organiza el sistema; pero también tuvo una conciencia clarísima de ser cubano, que era lo que decía él: "Yo me quedo porque soy cubano".

Lo mismo decía la poetisa Dulce María Loynaz…

Se quedan en su país, pero están también en la historia. Por eso me empeñé en utilizar un personaje inspirado en Félix B. Caignet, que hace una telenovela, y todo eso para echar adelante mi proyecto. Encuentro que en estos últimos años, la propia Revolución de pronto se ha dado cuenta de que es un feo muy grande el que le está haciendo a esta figura, e intenta recuperarlo.


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