Actualizado: 26/02/2020 19:21
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Boris Izaguirre, Felix B. Caignet y la Cuba que fue

A propósito de la novela 'Y de repente fue ayer', del escritor y showman venezolano radicado en España.

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España nunca —tampoco ahora— ha entendido a Cuba. Si el general Sagasta hubiera firmado su independencia en el Tratado de París y no hubiera entregado la Isla a los norteamericanos, otra sería su historia, que no comienza desde luego con la Revolución de 1959.

Cualquiera que la visita unos días, y hasta sin haber estado allí, dicta cátedra sobre ella, incluso a los propios cubanos. Liliane Hasson, excelente traductora al francés de Reinaldo Arenas, Zoé Valdés y de otros escritores cubanos, acuñó el fenómeno con un término: cubanomanía. Por ende, existen los cubanomaníacos.

Lo mismo le sucede a Boris Izaguirre. Todo el mundo en España le ha visto en televisión. Haciendo el gracioso, despistado, tonto, snob, lúcido, payaso, gogó y lo que fuera necesario para, como un verdadero provocador, llamar la atención y elevar las audiencias, llegando hasta bajarse los pantalones y los calzoncillos frente a las cámaras, algo que muchos de sus amigos hubieran desaprobado si no fuera porque saben, los que le conocen bien, que nos está tomando el pelo a todos juntos.

Se le conoce, pero muy pocos saben quién es. El querido Boris, siempre carismático, es todo lo que he dicho antes, y mucho más que un presentador. Es, además de articulista y guionista, un novelista. Y en nuestra conversación disfruta narrando. Un narrador nato.

Es hijo de los venezolanos Rodolfo Izaguirre, ex director de la Cinemateca de Venezuela, y de esa dama que es Belén Lobo, bailarina clásica y de danza contemporánea. Así que nació en hogar privilegiado, donde respiraba cultura desde la posición de sus padres, comprometidos con la izquierda.

Ha conocido desde niño a importantes escritores, artistas e intelectuales. Desde los dieciséis años comenzó a hacer una columna social —"Animal de frivolidades"— en el diario El Nacional de Caracas. Guionista junto a José Ignacio Cabrejas de telenovelas exitosas como Rubí Rebelde y La dama de rosa; y, en España, de programas como Inocente Inocente y El Super. Su aparición en las pantallas hispánicas nos remite a Moros y cristianos, La noche por delante y Más madera. Pero no es hasta Crónicas Marcianas, de 1999 a 2005, cuando como copresentador de Javier Sardá toca el techo de la popularidad con sus frenéticas intervenciones y sus polémicos desnudos.

Junto a Ana García Siñeríz hizo un programa más mesurado y a su medida, Chanel No. 4. A pesar de toda esta inmensa actividad, es autor ya un catálogo de títulos. Los ensayos Morir de Glamour (Espasa, 2000), Verdades alteradas (Espasa, 2001), Fetiche (Espasa, 2003) y El armario de Hichtcock (Espasa, 2005.) Y de las novelas El vuelo de los avestruces (Alpha Decay, 1991, y Espasa, 2006), Azul Petróleo (Espasa, 1998), 1965 (Espasa, 2000) y Villa Diamante, con la que quedó finalista del Premio Planeta en 2007.

Es colaborador de revistas como Marie Claire y Zero, al igual que del programa de radio La Ventana, en la Cadena SER. Así que no es ningún improvisado de los que pululan por los platós. Él, como el cantar del Polo Margariteño, "tiene sentido, entendimiento y razón".

En estos momentos promociona su última novela Y de repente fue ayer, de la que ha vendido la sorprendente cifra de 500.000 ejemplares. Se suscribe a lo que Wilde señaló en La decadencia de la mentira (1891): "Las únicas personas de verdad son las que nunca existieron y si un novelista tiene la vileza de tomar de la vida sus personajes, al menos debería aparentar que son creaciones y no hacer alarde de que son copias".

Transcurre en la Cuba de la década de 1950 hasta poco después del triunfo de Fidel Castro. Época que algunos cubanos que la vivieron califican de "inolvidable", como América Jova —madre de la cantante Alaska— y el escritor Jacobo Machover, que ha publicado un notable aporte para entender el período: La Habana 1952 – 1961: El fin de un mundo, el principio de una ilusión (Ed. Alianza Editorial, 1995).

Aquel país

En 1942 se crea La novela del aire, escrita por Caridad Bravo Adams, que será, antes y después de Félix B. Caignet, la autora reina de las audiencias, destronada en 1948 por El derecho de nacer, el mismo año en que la bailarina clásica Alicia Alonso funda su célebre compañía de ballet, subvencionada por la Sociedad Pro Arte Musical, y es estrella del teatro Auditórium.

A principios de los cincuenta, Titón (Tomás Gutiérrez Alea) filma sus primeras películas en pequeño formato y Korda —el autor de la conocida foto del Ché, cuyos derechos su familia no posee— fotografía a la cubana Norka, una de las primeras top models de Nueva York, y las mujeres bellas que encuentra en sus recorridos, casi siempre nocturnos, por La Habana.

Felíxbe, que era como le llamaban sus amigos, es una celebridad poco después. Se compra mansiones y tiene servidumbre uniformada. Es recibido por multitudes en sus visitas a México, Buenos Aires o Río de Janeiro. De la pobreza de su niñez pasa después a vivir en una finca en las afueras de La Habana y a tener una mansión en Varadero, donde una gruta imita la de la Virgen de Lourdes.

Su época es también la del escenario donde una estrella podía pasearse por la calle sin ser acosada: Truman Capote y Carson Mc Cullers, Frank Sinatra y Nat King Cole, Maurice Chevalier o Concha Piquer. Hemingway —eso me dijo su nieta Mariel, que en vida llevó como nombre el de uno de los sitios preferidos de su abuelo en Cuba— traía a sus fiestas en la finca La Vigía a su cantante cubano preferido, Vicentico Valdés.

Una ciudad que deslumbró hasta al surrealista André Bretón. Época en que Batista proyecta la Plaza Cívica, que será rebautizada como Plaza de la Revolución, célebre tribuna de Castro donde pronuncia sus horribles y extenuantes discursos megalomaníacos, a los que una parte del público asiste, además de los entusiastas, bajo coacción para aplaudir a alguien que alguna vez se creyó estadista, bajo coacción.

La Operación Peter Pan saca de Cuba a miles de niños, mientras él afirmaba que no era comunista, y un año más tarde proclama el carácter marxista-leninista de su Revolución. En 1965 huyen 200.000 personas en los Vuelos de la libertad. En 1980, 125.000 por el Puerto de Mariel, cuyo retrato cruel hace Al Pacino en Scarface. En 1994, 30.000 balseros intentan alcanzar las costas de Florida dejando un reguero incalculable de muertos y desaparecidos, a los que hay que sumar los que perdieron la vida desde 1975 a 1990, en lo que fue su aventura imperial africana.

Aunque en sus novelas radiales Caignet, según dijo en una entrevista a Reynaldo González, dijo tener un firme propósito educador y moralizante, llegando a pronunciarse de acuerdo con las injusticias que la Revolución supuestamente repararía, murió solitario en 1976 en La Habana. Igual que en Cuba, fuera de la Isla, primero la radionovela y luego la telenovela, han sido calificadas como un subproducto cultural, que Boris Izaguirre reivindica.

Él es de los pocos latinoamericanos que se han convertido en un referente mediático indiscutible en España, por su inmensa capacidad profesional y constancia, adonde vino, eso sí, apadrinado con la venia de la familia Dominguín Bosé.

Una época inmensa

La propaganda internacional a favor de la Revolución Cubana ha repetido hasta la saciedad esa idiotez harto reiterada de que Cuba entera era "el prostíbulo de los americanos". Sin embargo, es la época en que los intelectuales de izquierda fundan la Sociedad Nuestro Tiempo, dirigida por el escritor Carlos Franqui —posteriormente director del periódico Revolución— y el compositor Harold Gramatges.

El poeta Nicolás Guillén se convierte en una figura internacional. Germán Puig funda la Cinemateca de Cuba. La revista Orígenes, dirigida por Lezama Lima, ya es un referente de la cultura en nuestro idioma. La Orquesta Sinfónica de La Habana es dirigida por Eric Kleiber y el Coro Nacional por la española María Muñoz de Quevedo.

La Sociedad Pro Arte Musical, fundada en 1918 por María Teresa García de Giberga, trae a La Habana a las sopranos Renata Tebaldi y Victoria de los Ángeles, al violinista Rostropovich, a los compositores Igor Stravinski, Prokofiev y Rachmaninoff; al chelista Pau Casals, a los guitarristas Narciso Yepes y Andrés Segovia. El cubano Jorge Bolet llega a ser el mejor intérprete de Rachmaninoff del mundo. Wifredo Lam pinta sus cuadros magistrales. Se representan, antes que ningún otro país latinoamericano, Las criadas, de Genet; La ramera respetuosa, de Sartre, y Calígula, de Albert Camus, además de obras europeas, latinoamericanas y de autores nacionales.

Oscar B. Cintas dona al Museo Nacional sus piezas de cerámica griegas, una de las mejores colecciones privadas del mundo. Lydia Cabrera, amiga de Lorca y de toda la gran bohemia internacional —lesbiana pública y a quien Lorca le dedica el romance Preciosa y el aire (a ella y a la bella negra que siempre le acompañaba)—, publica El Monte, la Biblia de los negros cubanos. Viven La Habana los italianos príncipes de Rúspoli y el hermano del barón Thyssen. No olvidemos que estamos hablando de un país que ya desde 1728, fundada por los frailes dominicanos, con la aprobación del papa Inocencio XIII y de Felipe V de España, tenía su universidad.

En 1950 se inaugura la televisión de Cuba, segundo país del mundo en hacerlo, y ya en 1956 existe la televisión a color. El cabaret Tropicana había abierto sus puertas. Y funciona el Teatro América, uno de los mejores del continente, que su dueño consagra a la memoria de su esposa. Pérez Prado hace furor con el mambo en todo el mundo. Celia Cruz graba sus primeros discos. Benny Moré se hace el rey de las pistas de baile y Bola de Nieve de los nights clubs más exclusivos, que en las fiestas le canta a Félix B. Caignet su canción preferida y que él hubiera querido escribir: Corazón, de Eduardo Sánchez de Fuentes.

Sara Montiel hace de campesina cubana en Piel Canela. Ninón Sevilla y Pedro Armendáriz filman Mulata. Rosita Fornés —que nunca ha dejado Cuba y sigue allí—, Hotel Tropical. Al igual que Esther Borja, la intérprete preferida para estrenar las obras de Ernesto y Ernestina Lecuona. El suceso del día es cantado en décimas por Joseíto Fernández, en el programa radial La Guantanamera.

En lo político, Fulgencio Batista —que en poco tiempo pasa de sargento a coronel y más tarde a general— con la ayuda de los militantes comunistas y de los norteamericanos, liquida el gobierno popular de Grau y en su segundo golpe se convierte en dictador. Los universitarios, como ha sido tradición en la Isla, se oponen primero a Machado y lo mismo hacen con Batista.

De esas lides surge Fidel Castro, el apuesto aspirante a abogado y estrella deportiva del jesuita y exclusivo Colegio de Belén. Batista impuso una dictadura de siete años. Castro lleva cincuenta. Boris ha declarado antes que "la Revolución se ha cerrado en sí misma (…) dejando un profundo desengaño". Aún no se habían exiliado Cachao, Bebo Valdés, Olga Guillot, Blanca Rosa Gil, Luisa María Güell, Rolando Laserie, Ñico Membiela, y esta sería una lista interminable. Todos excluidos de las emisoras de radio y los medios de comunicación de la Isla, al igual que los viejos soneros rescatados por Buena Vista Social Club. A los que hay que añadir nombres extranjeros como Julio Iglesias, José Feliciano y Raphael, por su cercanía a Miami, o artistas que nacieron allí como Gloria Stefan o Elsa Baeza.

Estudiosos desde Cristóbal Díaz Ayala y Natalio Galán, hasta William Navarrete, están de acuerdo en que, como dice este último, "La Habana poseía un verdadero arsenal de grupos, solistas, compositores, revistas musicales, academias de baile, firmas discográficas, cadenas radiales y salas de espectáculos". La novela de Boris, que transcurre en esta época, ha sido calificada por el colombiano Daniel Samper como "un delirio". En todo caso, un delirio más de los tantos de Boris. Pero el argumento y la trama de este libro tienen un entramado más complejo que sus narraciones anteriores.

En el período en que transcurre la novela, la cantante y compositora negra María Teresa Vera tiene su programa musical diario en la radio, de máxima audiencia. Todo el mundo canta He perdido contigo, dedicada a una amante que la abandonó. Como Chavela Vargas, era una celebridad cubana respetada en su momento y ahora. Lo mismo que la compositora de Dos gardenias, Isolina Carrillo.

Todo el mundo sabe en La Habana que Bola de Nieve era homosexual. Marlon Brando va a ver a La Habana, invitado por el director Paco Morín, la versión cubana de Un tranvía llamado deseo. Monty Cliff se pasea por la ciudad con su amante, el actor César Romero, nieto del mítico Héroe Nacional, José Martí. Alfred Barr organiza en esta década, en el Museo de Arte Contemporáneo de Nueva York, la primera muestra de arte contemporáneo de Cuba. En los cuarenta y los cincuenta —así lo reconoce la UNESCO en sus anales—, todos los maestros cubanos poseían títulos normales y universitarios homologados a los efectos, único país en Latinoamérica en alcanzar tal logro.

Felíxbe

Félix B. Caignet (San Luis, Santiago de Cuba, 1892 – La Habana, 1976) no va a ser una celebridad hasta que, desde la emisora CMQ, detuvo a todo el país con su novela El derecho de nacer. Pero mucho antes ya había revolucionado el medio en Santiago de Cuba. Las revoluciones en la Isla vienen de Oriente. La Habana vive totalmente expuesta a sus visitantes. Felíxbe nació de una madre cubana mulata y de un padre francés, que tenía unas tierras donde cultivaba café y caña de azúcar. Vivían en el campo con costumbres versallescas.

Con la fortuna que salvó su abuelo, éste compró una finca que fue quemada por los insurrectos contra España, en la guerra de independencia de 1968. Luego de la pérdida de la hacienda, se van a Santiago de Cuba. De su maestra rural dijo que aprendió su amor por la música y la escritura. Desciende de colonos franceses que huyeron a Cuba escapando de la Revolución de Haití, suceso que Alejo Carpentier recrea en su primera novela, El reino de este mundo. Tuvo nueve hermanos. Fue autodidacta.

En Santiago, su padre da clases de francés a los hijos de familias pudientes. Comienza a colaborar en la prensa. Le escribe, al Metropolitan Opera House, una carta al tenor Caruso, enviándole una acuarela suya y pidiéndole una autocaricatura, ya que el artista italiano era aficionado a ellas. Se comunica con él cuando llega a La Habana. Caruso le envía el dinero para que asista a conocerle y a sus ocho funciones, que narra Alejo Carpentier en El Recurso del Método.

Escribe una columna con cartas, a una amante que no conocía. Como era ventrílocuo, hacía en un programa de radio todas las voces. En la década de los años treinta hizo, inspirado en los cuenteros de barrios, programas infantiles y didácticos. Y los de suspense, con el detective chino Chan Li Po, que iba por la Isla resolviendo misteriosos crímenes.

Autor también de canciones infantiles como El ratoncito Miguel —que se convirtió en himno contra el dictador Machado—, que le valió varios días en las mazmorras del cuartel Moncada. Firmó también, sin saber nada de notas musicales, piezas célebres en como Frutas del Caney, el bolero Te odio, la estampa Carabalí, canciones como Sin Lágrimas y En silencio. Y, evocando el paisaje donde nació, hizo Montañas de Oriente, así como otras decenas de composiciones olvidadas.

La escritura le importaba muy poco pero presumía de su inspiración y aporte musical. Solía decir Felíxbe: "Yo no pretendo escribir como Cervantes o Víctor Hugo. Escribo para lavanderas". En 1936, llega a La Habana y allí conoce a Juan Ramón Jiménez y a la Condesa de Revillacamargo, que moriría en España en un accidente junto a su marido, el poeta malagueño Manuel Altolaguirre. Ella lo introduce en la alta sociedad capitalina, al igual que el cronista social Pablito Álvarez de Cañas, esposo de la poetisa Dulce María Loynaz.

En La Habana vive doce años María Zambrano, que se divertía con su conversación. Acceder a los salones de los Loynaz era lo más exclusivo a lo que se podía llegar en Cuba en ese momento. Felíxbe se hace muy popular con las canciones que interpreta su compañero de colegio, Miguel Matamoros, y su famosísimo trío. Sus composiciones se graban en las voces de Rita Montaner o Miguelito Valdés. Bing Crosby en Estados Unidos. Y se escuchan tanto en Tropicana como el Teatro Palladium de Nueva York.

Reynaldo González, Premio Nacional de Literatura en 2003, es autor de Llorar es un placer (Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1989), la primera defensa de la telenovela que conozco. Y una biografía de Caignet, El autor más humano del mundo (Ed. Unión, La Habana, 2009). En 1948, Felixbé va a detener a todo un país con su radionovela El derecho de nacer. Se emitieron 314 episodios. En el 199, la actriz protagonista, la española María Valero, una de las voces más bellas de la radio de aquel momento, cruzando la Avenida del Puerto tiene en un accidente espectacular y fallece, lo que aumenta la expectación. Es sustituida por Minín Bujones. Según estadísticas oficiales, en esa fecha había un aparato de radio cada seis habitantes y un televisor por cada veinticinco.

Siempre caballero

En su página web oficial (www.borisizaguirre.net), el escritor ha declarado que esta novela se le ocurrió estando en Sevilla, y que su final lo imaginó también allí, en compañía de su amigo Rosauro, oyendo música; entre Miguel Bosé y Paulina Rubio, a Benny Moré y Bola de Nieve. En estos momentos oigo a dos venezolanos: los valses para guitarra del compositor Antonio Lauro, interpretados por Alirio Díaz, y un disco que me regaló, interpretado por él, el pianista Alfredo Duarte. Doy gracias porque el autor no recurrió a la santería, pues no todos los cubanos tenemos que ver con esas creencias.

Se ha fotografiado con la actriz y modelo Eva Méndez —de origen cubano, como la actriz Cameron Díaz— y seguro estoy seguro de que no le importaría fotografiarse lo mismo con Gloria Estefan que con Omara Portuondo. Al final, más que de fundamentalistas de una u otra tendencia política, Boris está más cerca del ex presidente Aznar —su padre (Manuel Aznar) fue muchos años un periodista brillante en Cuba—, que en 1999 declaró, durante la IX Cumbre Iberoamericana en La Habana: "Me interesan todos los cubanos, estén donde estén y piensen lo que piensen".

Boris tiene ojos de lince y transpira sagacidad a flor de piel. Es rápido en las respuestas y audaz a la hora de escoger los vocablos. Mesurado en su impaciencia, pero también nervioso y tímido. Sin embargo, se muestra y expone como un animal de feria, apenas se enciende un foco de un plató, ve una cámara aunque esté apagada, olfatea que existe un público o intuye al menos posibilidad de tener aunque sea un solo espectador. Cuando termina de caer todo el confeti de los shows donde reina, entonces se encuentra a sí mismo —en compañía de Rubén Nogueira, con quien se ha casado. Y escribe.

Además de Elena Benarroch y su troupe, tiene otros amigos cercanos a su corazón; por ejemplo, el diseñador de moda Rafa La Madrina, en cuyo showroom le conocí. Posee la rara habilidad de que cuando habla, se observa y juzga a sí mismo, sin dejar de ser espontáneo pero también cortés y siempre caballero.


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