Actualizado: 24/11/2017 16:37
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Literatura, Exilio

Rita Martin, Virginia

“Durante mis caminatas por el reparto El Vedado, en La Habana, aparentes civiles descendían en grupo de las guaguas y golpeaban con violencia mi cabeza. Luego entraban nuevamente al ómnibus que seguía su camino como si nada hubiera pasado”

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Rita Martin, poeta, narradora y ensayista nació en La Habana, Cuba, en 1963. Ejerce a la par la crítica literaria y se desempeña como profesora de lengua española y literatura hispanoamericana en la Universidad de Radford, Virginia. Es la autora de las colecciones de poesía: El cuerpo de su ausencia (1991), Estación en el mar (1992) y Tocada por el astro (2006); un libro de cuentos: Sin perro y sin Penélope (2003); crítica: Homenaje a Eugenio Florit (2000), y de la pieza teatral Virginia/Flores no me pongan, que ha sido llevada a escena en Miami, en las temporadas de otoño de 2010 y 2011. De próxima aparición, una antología de su poesía titulada Los poemas de nadie y El secreto de Virgilio (ensayo). Edita la sección de reseñas del MIFLC Review y conduce la bitácora de creación Grafoscopio.

¿Por qué decidió trasladarse a otro país?

Rita Martin (RM): ¿Trasladarse? Se traslada quien elige su desplazamiento físico, geográfico. Por motu proprio nunca hubiera llegado a un país angloparlante en lugar de uno hispanohablante. Personalmente, hubiera evadido un cambio tan radical de idioma, cultura y costumbres. En mi caso fue una expulsión socio-política. Creo que la persona solo logra realizarse en la democracia y que el Estado le debe a su ciudadano y/o contribuyente beneficios sociales básicos como la gratuidad tanto en el cuidado de la salud como en la educación y la protección de la libre expresión y asociación, entre otras, claro. Así, la trayectoria se explica por sí sola, primero me uní a todo un movimiento artístico rebelde que emergía y se consolidaba en la década de 1980. Luego comencé a vincularme a grupos disidentes hasta, finalmente, ser yo misma parte de uno de ellos: “Armonía”. Como la Declaración de Derechos Humanos era una total desconocida, resultaba necesario darla a conocer en el patio, difundirla. Por tal esfuerzo y mi pertenencia a “Armonía”, fui citada a las oficinas de la Seguridad del Estado, en Villa Marista. Una vez ahí se me hizo declarar como falta o error mi filiación socialdemócrata, algo que hube de repetir en el juicio. Este hecho evidencia lo que tantas veces hemos dicho, la inexistencia en el país de una legislación que proteja tanto el demus como la justicia social. Ahora bien, todo esto ocurría en un momento en que se agotaba un período de mi vida, y cuando un ciclo se cierra, no hay más opciones que cerrar las puertas y despedirse de todo lo conocido y empezar de nuevo, dolorosa y felizmente. Todo a apenas unos meses de cumplir mis treinta y tres años, para resucitar.

¿De qué manera salió de Cuba?

RM: El Gobierno estadounidense me ofreció refugio político del mismo modo en que lo hacía con muchos disidentes cuyas vidas se encontraban/encuentran en riesgo. En mi caso, a la persecución diaria y rampante, se sumaba una presión sobre un problema médico particular. Casi todo el mundo sabe que hago unos tics, en lo fundamental, entre cuello y cabeza; pero no todos saben que en mi caso no son el resultado de ninguna manía, sino las huellas de un padecimiento neurológico conocido como Gilles de la Tourette. Los perseguidores, en cambio, dominaban perfectamente este asunto por lo que embestían contra esas partes del cuerpo. ¿Cómo? Durante mis caminatas por el reparto El Vedado, en La Habana, aparentes civiles descendían en grupo de las guaguas y golpeaban con violencia mi cabeza. Luego entraban nuevamente al ómnibus que seguía su camino como si nada hubiera pasado.

¿Le ha resultado muy difícil adaptarse al sitio en donde reside hoy?

RM: No, porque soy libre y he aprendido a vivir en libertad. Y no, no es lo mismo. Ser libre, es más que nada una condición mental del sujeto. De ahí que escritores reformistas tan dispares como San Juan de la Cruz o el Marqués de Sade defendiesen el ser libres desde sus celdas, con sus escrituras. En otras palabras, que ni los regímenes totalitarios ni las prisiones pueden anular el pensar del individuo, por lo que ocurre también el fenómeno inverso, muchas personas se sienten/son prisioneros dentro de sociedades abiertas y/o democráticas. Vivir en libertad es, como sugiere el término, un modo de vida, pero también un aprendizaje y una responsabilidad. Sí, me es muy difícil adaptarme porque no estoy en La Habana, y soy una furiosa habanera. He viajado a varios países y no creo que sea una valoración de provincia afirmar que La Habana es una de las ciudades más hermosas de todo el mundo, sino la más hermosa. Por cierto, esta estadía norteamericana, esta lejanía, me previene del dolor de verla destruirse cada vez más dentro de los salideros de agua putrefacta que la inundan y el derrumbe de edificios que le han ido transformando su fisonomía, aún más, dentro de una población cuyas esperanzas solo se cifran en el horizonte.

¿Cuál ha sido su trayectoria artística en su actual lugar de residencia?, ¿qué logros ha obtenido?

RM: He seguido escribiendo, curioseándolo todo, indagando. No creo en las trayectorias artísticas rotundas ni en el reconocimiento de una vida artística a partir del número o la cantidad. Creo que para el arte es mejor poco pero bueno, y que le favorece muchísimo contar con artistas que sepan levantarse de cada caída; que hayan aprendido a crecer en tolerancia, que lleven su mundo, perverso o inocente, a todo lo que hacen, sin reparar dónde residen, porque de últimas, el lugar no es importante, lo fundamental, me parece, es la acción del sujeto en el lugar que vive. ¿Y la evidencia del trabajo? Me acaba de sorprender una pieza teatral, Virginia, que se ha llevado a escena en dos ocasiones y sobre la que aún debo trabajar. A los lectores de Sin perro y sin Penélope que ya le van siguiendo otras narraciones breves. Digo narraciones porque nunca me he atrevido a decir que escribo cuentos, no son cuentos, al menos al modo tradicional. Y en breve, muy breve, saldrá una antología de la poesía escrita desde 1992 a la fecha. ¿Título? Los poemas de nadie. También hay entre manos un estudio sobre el Virgilio cubano y el compromiso con Grafoscopio, la bitácora creativa que conduzco, donde ofrezco entrevistas con escritores, fragmentos de libros inéditos o recién publicados, textos fundamentales que se han ido olvidando ya por la prisa, ya por su escasa impresión, reseñas, críticas y homenajes a autores ya esenciales de la lengua española.

¿Qué opina de la sociedad de la que ahora forma parte?

RM: Es una sociedad altamente cambiante, a diferencia de las sociedades consolidadas en la parálisis y el miedo. Ahora bien, los poderes son siempre conservadores, así que en los últimos años hemos presenciado cómo la parálisis y el miedo pueden implantarse en las sociedades abiertas, democráticas. Seduce ver que la sociedad está relocalizándose, transformándose; y con ella el individuo, o viceversa. En apenas un siglo y medio la persona ha transitado cursos desemejantes, a veces espantosos, como el Holocausto, el esclavismo moderno o comunismo, la incomunicación, el materialismo despampanante, la tecnificación, la robótica; y tanto, que se pensaba que el sujeto no podría recuperarse. Pero ese sujeto moderno se ha movido, le ha cambiado el curso a las dicotomías, ha mejorado la vida del humano dentro de las sociedades de beneficio, y se ha alzado en contra de todo reduccionismo. Individuo y sociedad enfrentan encrucijadas, una de ellas, la crisis cada vez más cierta de las naciones-estado, una crisis similar a la que varios siglos atrás conmovió las sociedades monárquicas dando paso a la sociedad que conocemos hoy. Hay mucha confusión. Por un lado, nacen discursos populistas que no llevan a ninguna parte. Por el otro, los superpoderes insisten en hacer ver que toda manifestación de cambio o negociación es sinónimo de revoluciones fallidas o ideas comunistas. El tránsito siempre es agónico, crítico, ninguna palabra está escrita en piedra, pero en toda transformación hay nacimientos que se traducen en otros tipos de saberes, en diferentes vidas, en distintos paradigmas. Y lo que más me gusta, contra todos los pronósticos, dentro de todo este tinglado, el individuo guarda su esperanza.

¿Alguna otra observación para los lectores de Cubaencuentro?

RM: Que tanto dolor del cubano alcance una forma nueva, la de una identidad distinta y renovada, nacida entre todas las orillas. Para ello, una meditación de San Juan de la Cruz: “Pon amor donde no hay amor, y sacarás amor”.


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