Actualizado: 20/01/2022 14:54
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Literatura, Exilio

Roberto Madrigal, Ohio

“El cartelito de ‘tiene problemas ideológicos’ me lo colgaron desde temprano por delitos tan graves como ser fanático del rock y del jazz. Me expulsaron del preuniversitario, de la escuela de Psicología y de mi centro de trabajo”

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Roberto Madrigal (RM) nació en La Habana el 23 de septiembre de 1950. A la par de su labor literaria, se desempeña como psicólogo. Ha publicado la colección de ensayos Voces del silencio (Término Editorial, Cincinnati 1996) y la novela Zona congelada (CBH Books, Cambridge 2005). También crítico de cine, sus textos en esta disciplina han visto la luz en diversas publicaciones, como Dialog y Linden Lane Magazine, entre otras. En su blog, Diletante sin causa, escribe sobre arte, literatura y política.

¿Por qué decidió trasladarse a otro país?

RM: Tomar la decisión de exilarme no fue difícil, lo problemático fue llevarla a cabo. No fui miembro ni siquiera de la Unión de Pioneros de Cuba. Quizá porque parece que en mi código genético llevo inscrita la frase de Groucho Marx: “No importa lo que sea, estoy en contra”; siempre me sentí incómodo en la llamada “Cuba revolucionaria”. No lo podía explicar entonces, pero siempre me han molestado mucho las consignas, las manifestaciones, las banderas agitadas al unísono y los desfiles militares. Luego comencé a sufrir hostigamiento desde que cursaba el décimo grado. Quemé mis naves muy temprano, nunca oculté lo que me gustaba y así el cartelito de “tiene problemas ideológicos” me lo colgaron desde temprano por delitos tan graves como ser fanático del rock y del jazz. Me expulsaron del preuniversitario, de la escuela de Psicología y de mi centro de trabajo. Si pude graduarme de psicólogo y después malamente conseguir un trabajo fue gracias a la acción desinteresada de algunos amigos cuyos nombres no puedo mencionar porque viven aún en Cuba y están a mil leguas de distancia ideológica de mí, pero que metieron la mano en la candela por mí, sabiendo a qué atenerse, como no lo hicieron otros que decían, en voz baja, que pensaban como yo. Ya mayorcito y con más conciencia, me di cuenta de que no podía vivir en un país en el cual el Gobierno trata de identificar al Estado con la nación.

¿De qué manera salió de Cuba?

RM: Tras explorar múltiples posibilidades, en 1980 se produjo lo del éxodo por la Embajada del Perú en La Habana y me asilé. Salí de allí después de doce días, y tres semanas más tarde me montaron en la embarcación Cayman, que salió por el puerto del Mariel. Ya ve: un caimán me sacó del Caimán.

¿Le ha resultado muy difícil adaptarse al sitio en donde reside hoy?

RM: No. Los trabajos los pasaba para adaptarme a la vida bajo el régimen existente en Cuba. Salí con las expectativas bien bajas. Yo estaba dispuesto a irme a donde fuera y a tratar de hacer lo mejor que pudiera. Durante las semanas que pasaron entre la salida de la Embajada y la partida hacia El Mosquito —una antigua finca que funcionó como una especie de campo de concentración antes de que te mandaran hacia el puerto del Mariel—, busqué visa en cuanta embajada me fue posible. Todas me la negaron. Por suerte, vine directo a Estados Unidos. Aquí he tenido todas las oportunidades posibles y soy responsable absoluto de mis logros y de mis fracasos. Como me comentó un gran amigo cuando, acabado de llegar, me decía cómo se sentía: “No me puedo quejar ahora que sí me puedo quejar”.

¿Cuál ha sido su trayectoria artística en su actual lugar de residencia?, ¿qué logros ha obtenido?

RM: Toda mi actividad literaria y cultural la he realizado en Estados Unidos. Junto con Manuel Ballagas, en 1982, casi acabados de llegar, fundé la revista Término, una publicación trimestral de carácter generacional que tras dos años y ocho números cumplió su objetivo y decidí cerrarla. Ahí publicaron un gran número de escritores y dibujantes que fueron censurados o perseguidos en Cuba, como Carlos Victoria, Reinaldo Arenas, Carlos Alfonzo, Reglo Guerrero, Roberto Valero, Lorenzo Garcia-Vega y Esteban Luis Cárdenas, entre otros. También recibimos colaboraciones de Allen Ginsberg y de Julio Ramón Ribeyro, para mencionar algunos. Luego abrí una pequeña casa editorial, que aun se mantiene activa. Después publiqué un libro de ensayos breves (Voces del silencio) y escribí y publiqué mi novela Zona congelada. También he estado vinculado a actividades relacionadas con el cine, entre ellas la financiación del documental Seeing Red, que fue nominado al Premio Oscar en 1984. Es curioso, para mí la libertad de expresión es algo fundamental y sin embargo decidí cooperar con la producción de un documental sobre los antiguos comunistas americanos. Era un proyecto muy lejano de mi visión estética e ideológica, pero me pareció que hacerlo era poner mi granito de arena en la lucha por la libertad de expresión. Ese proyecto se realizó a través de la Cincinnati Film Society, de la cual yo era vicepresidente en aquel momento. También organicé algunos festivales de cine.

He decidido escribir en español, lo cual me convierte en marginal en el país que habito, y mi tema fundamental gira sobre Cuba (la Cuba que me toca), lo cual me hace doblemente marginal. A pesar de eso, recibí apoyo de las instituciones culturales del estado de Ohio para ayudar al financiamiento de la revista y de otras actividades en las que participé.

¿Qué opina de la sociedad de la que ahora forma parte?

RM: Estados Unidos es un país rico en matices, al que la gente, desgraciadamente, mira a través del estereotipo. Es una sociedad que tiende a ser conservadora, primero por su base puritana y segundo porque la gente tiene una confianza a veces ingenua en las instituciones, pero es que las instituciones aquí funcionan mejor que en ninguna otra parte. Creo que es la sociedad que más respeta la individualidad y eso es, para mí, muy importante. Con todos sus defectos, pienso que es la sociedad más avanzada que existe. Vivir hoy aquí es como vivir en el antiguo imperio romano.

Por otra parte, residir en esta pequeña provincia romana que es Cincinnati, donde llevo 30 años, me ha permitido entender mejor a mi narrador favorito: Sherwood Anderson, que nació y creció por estos lares y sobre ellos escribió. También se me ha aclarado mucho la obra y el humor de Mark Twain y hasta el dolor de Faulkner. Asimismo, la distancia, creo, me permite ver los asuntos de Cuba con un poco más de ecuanimidad.

Aquí me he podido ganar la vida dignamente como psicólogo.

¿Alguna otra observación para los lectores de Cubaencuentro?

RM: Si han llegado hasta aquí, les agradezco el tiempo que me han dedicado.


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