Actualizado: 20/09/2019 11:30
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Literatura, Exilio

Rafael Bordao, Nueva York

“Después de hacernos varias preguntas más, Fidel Castro terminó diciendo: ‘Sigan así muchachos, que en ustedes está depositada la esperanza de nuestro país’. Aquella frase lapidaria nunca la olvidé, pero lo irónico es que la mayoría de los allí reunidos aquella noche, vivimos hoy exiliados”

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Rafael Bordao (RB), poeta, ensayista, editor y profesor, nació en La Habana, Cuba, en 1951. Ha publicado los libros de poemas: Proyectura (1986); Acrobacia del Abandono (1988), Escurriduras de la Soledad (1995), El Libro de las Interferencias / The Book of Interferences, edición bilingüe (1995); Propinas para la Libertad (Premio Internacional de Poesía “Poeta en Nueva York” 1998), El lenguaje del ausente (1998), Los descosidos labios del silencio (2000), Los despojos del sueño // The Debris of Dreams (Antología personal, 2001) y Escurriduras de la soledad / Last Drops of Loneliness (2008), edición bilingüe. Asimismo los ensayos La Revolución de Castro: Un aborto perfumado (1999) y La sátira, la ironía y el carnaval literario en (Trilogía Poética) de Reinaldo Arenas (2002). Sus poemas se han publicado en numerosas revistas literarias de Hispanoamérica, Estados Unidos y Europa. Ha merecido numerosos premios nacionales e internacionales, entre los que se encuentran: Premio Internacional de Poesía “Poeta en Nueva York” (1997); Premio Internacional de Poesía “Fernán Esquío” (Galicia, España, 1998); “Homme de Lettres“y (Medalla de Plata y Diploma) de la Academia de Arts-Sciences-Lettres de Francia (1998). Más de 40 antologías —algunas de ellas en inglés— recogen sus poemas. Su poesía ha sido traducida parcialmente al inglés, francés, portugués, italiano y hebreo. Es secretario de la Academia Iberoamericana de Poesía/Capítulo de Nueva York, y miembro del PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio. Fundó y dirigió la revista literaria internacional La Nuez (1988-93) y en la actualidad dirige la revista literaria internacional Sinalefa. Obtuvo dos maestrías y un doctorado en la Universidad de Columbia (Nueva York). Ha sido profesor de Columbia University, Saint Peter’s College, Montclaire University, Mercy College, entre otras. Desde 1980 reside en Nueva York.

¿Por qué decidió trasladarse a otro país?

RB: Para contestar su pregunta tengo que hacer un poquito de historia. La decisión de salir de Cuba data de la época de mi adolescencia, cuando mis padres me iban a mandar solo a Estados Unidos en el Programa Pedro Pan. Me faltaba una semana para salir de Cuba cuando se desata la inquietante Crisis de Octubre, con la cual todo aquel esfuerzo de mis padres por alejarme de las garras del naciente comunismo cubano, se desvaneció. Pero a partir de entonces, me transformé en un joven muy sensible en contra del Gobierno porque no solo éramos vigilados, sino que ya no podíamos hacer libremente las cosas que nos gustaba: sentarnos en el parque y estar hasta la medianoche haciéndonos cuentos, charlando, oyendo música, o ir a la playa y escuchar las estaciones de radio de Miami. Una noche de 1965 estábamos en el restaurante El Patio, en La Habana Vieja. Fidel Castro ese día acababa de cerrar con un discurso el Puerto de Camarioca (por donde habían salido miles de cubanos) y para reponer las fuerzas perdidas se fue a El Patio, que se estrenaba como restaurante. Pasó en los reservados del primer piso varias horas comiendo y bebiendo como un rey hambriento, pero antes de salir a la calle, el camarero (que nos conocía) le habló de nosotros y Castro se dirigió con su comitiva a nuestra mesa, que en el acto quedó sitiada por su médico, René Vallejo , Llanuza (ministro de Deportes) y las escoltas. Lo primero que nos preguntó fue si éramos artistas, si trabajábamos; le dijimos que no, que estudiábamos; uno de nosotros era psicólogo, Walter, recuerdo que tenía una barba negra y más tupida que la de Fidel Castro; después de esto no sabemos qué le ocurrió a Walter, pero nunca más lo volvimos a ver. Entre nosotros había dos guitarristas, un baterista, uno que apodábamos “el Gallego”, el escritor Manuel Pereira, que en aquel entonces no había escrito todavía su Comandante Veneno, y yo que tenía fama de contar los cuentos más inverosímiles. Después de hacernos varias preguntas más, Fidel Castro terminó diciendo: “Sigan así muchachos, que en ustedes está depositada la esperanza de nuestro país”. Aquella frase lapidaria nunca la olvidé, pero lo irónico es que la mayoría de los allí reunidos aquella noche, vivimos hoy exiliados en Miami, Nueva York y México; lo que quiere decir que la esperanza reside fuera de Cuba. Desde entonces mi decisión por salir del país se convirtió en una obsesión casi patológica…

Recuerdo una vez que dos milicianas llegaron a casa preguntando por qué no pertenecíamos al CDR (Comité de Defensa de la Revolución), y yo, que estaba en la otra habitación oyendo el acoso que le hacían a mi madre, salí de mi refugio diciéndoles, que si todos pertenecíamos al CDR a quién íbamos a vigilar, tendría que haber alguien que no perteneciera al CDR para que pudieran ser vigilados porque de lo contrario sería una vigilancia de Comité contra Comité; por ejemplo, el “Marcelo Salado” contra el “Conrado Benítez”. Nunca estuve dispuesto a entregarle mi juventud a un Gobierno que nos exigía una ciega obediencia y trabajo voluntario, que nos pedía que renunciáramos a la libertad, a vestir y a calzar bien, a la frita que vendían en la esquina, a las fondas, a pensar en voz alta; en fin, que renunciáramos a nuestra juventud, y le entregáramos nuestro tiempo libre, nuestras ilusiones, nuestra alma, a cambio de unos cuantos granos de chícharos, de una Libreta de Abastecimiento (léase de Racionamiento), de unas películas rusas de la guerra donde la hambruna y la tristeza eran la antípoda de nuestra idiosincrasia. Si nos hubiéramos quedado allá no hubiésemos recobrado nuestra juventud, nuestros derechos, la libertad con la que nacemos todos, ni tampoco hubiéramos recuperado la memoria de la sociedad donde habíamos nacido. En fin, para no cansarle, todas estas cosas y más influyeron en nuestra decisión de alejarnos de aquel maleficio colectivo.

¿De qué manera salió de Cuba?

RB: Milagrosamente salimos por el Puerto del Mariel un mediodía del 4 de mayo de 1980 y llegamos a Cayo Hueso ese mismo día de noche, alrededor de las once. El éxodo del Mariel fue un imponderable, nadie sabía qué pasaría con los que penetraron a la fuerza en la embajada del Perú, lo cual había dejado como saldo un policía muerto. De manera espontánea la gente fue perdiendo el miedo y seguía entrando a la embajada a empujones con los policías que ya no podían controlar aquella turba de enfebrecidos cubanos. Cuando el tirano llegó allí tratando de impresionar —como siempre hace—, le gritaron asesino, dictador, cobarde y todo tipo de epítetos; el máximo líder se marchó de allí con una gran rechifla y su narcisismo herido; entonces para vengarse mandó a retirar las postas que custodiaban el recinto. Y sin pensarlo dos veces, el pueblo comenzó a llegar de todas partes hasta que ya no cabía un alma más en aquella pequeña sede diplomática. Aunque yo no pude entrar en la embajada, y ahora me alegro de no haberlo hecho, porque tal vez otro hubiera sido mi destino, como lo fue para muchos que entraron y resistieron el hacinamiento, el hambre, la desesperación y las rencillas que promovían los infiltrados de la dictadura, y después fueron a parar a países latinoamericanos con grandes problemas económicos. Pero el orgullo del dictador no se quedó allí, él tenía que demostrar que aquellas personas eran indeseables y escorias en la sociedad de la que renunciaban vivir, y en combinación con empresarios cubanos de Miami al servicio de la dictadura, comenzaron a llegar barcos procedentes de la Florida para buscar a sus familiares. En un discurso televisado, “el rebelde sin causa” de la política latinoamericana, gritó por los micrófonos que “se vaya la escoria, que se vaya la gusanera, no los queremos aquí…”; y para ser coherentes con estos insultos del tirano, el régimen abrió de inmediato varios puntos a donde debían ir los que tenían antecedentes por delitos políticos, por ejercer la prostitución, por ser homosexuales, por no pertenecer a nada del gobierno. Pero la verdad fue otra, la gente tuvo que fingir y hacerse pasar por algo que no era con tal de salir de aquel estanque contaminado; entonces el mandamás, con su crónica malicia, abrió las cárceles de los presos comunes donde había peligrosos criminales, violadores, ladrones recalcitrantes y todo tipo de delincuentes, los montó en los barcos junto con las personas que habían ido a buscar sus familiares y los mezcló a todos con la intención de crear problemas (como después sucedió) cuando llegaran a Estados Unidos y dar una imagen negativa de todo aquel éxodo sin precedentes en la historia americana; también cientos de dementes fueron montados en los barcos con el cuento de que iban a recoger boniatos. En este estado de cosas llegué a la Florida con 28 años cumplidos (y me imaginaba ya un viejo), lleno de asombro, hipnotizado frente al horizonte; no podía creer que ya había salido de Cuba y estaba pisando el país de las oportunidades, donde había deseado estar por casi veinte años.

¿Le ha resultado muy difícil adaptarse al sitio en donde reside hoy?

RB: Llevo más años viviendo aquí en Nueva York que los que viví en Cuba. Al principio, lo que más me afectaba era la separación familiar; el hecho de no poder ver a mi madre y a mi hija me angustió mucho en los primeros tres años. Pero con el tiempo fui comprendiendo estoicamente aquella separación y me fui acostumbrando a mi nueva patria adoptiva. A veces cuando llamaba a Cuba para comunicarme con mi familia, todo lo que hablaba se oía infinidad de veces creando una tremenda perturbación en la comunicación que mantenía con mi madre. Obviamente la finalidad de la dictadura era desalentarnos, e impedir con ese ardid que expresáramos lo bien que nos iba por acá, lo contento que estábamos con el trabajo y los estudios de maestría y doctorado, algo impensable para nosotros en aquella Cuba, donde vivimos siempre bajo una estricta vigilancia…

Enseguida comencé a relacionarme con jóvenes norteamericanos de mi edad que sentían curiosidad por saber si era verdad que en Cuba encarcelaban a la juventud por manifestar su descontento con el Gobierno, o por ser homosexual, hippie, librepensador, o escuchar a Los Beatles. Tal fue mi entusiasmo al llegar aquí que no demoré mucho en enamorarme y vivir con mujeres estadounidenses: primero con una judía y más tarde con una anglosajona con la que viví nueve años. Esas relaciones me ayudaron muchísimo en el período de adaptación, que es la etapa de mayor rigor emocional y es cuando más necesitas de la familia, de las amistades o del grupo.

¿Cuál ha sido su trayectoria artística en su actual lugar de residencia?,

¿qué logros ha obtenido?

RB: Nuestro primer estímulo literario en suelo norteamericano fue un poema publicado en inglés y español, en un periodiquito llamado Campo Libertad cuando todavía estábamos en la Base Eglin de Pensacola como refugiado del Mariel. Allí fue donde comenzó nuestra trayectoria artística en este país. Al poco tiempo de llegar a Nueva York (junio de 1980) fuimos al Segundo Congreso de Intelectuales Cubanos en el Exilio, que tuvo lugar en el Teachers College de la Universidad de Columbia; allí conocí en persona a Reinaldo Arenas y sorpresivamente nos encontramos con un abogado que conocíamos de La Habana Vieja. Pues bien, una vez instalado en la gran urbe comenzamos a publicar pequeñas viñetas en algunos periódicos hispanos de la ciudad; después vinieron los premios: el Primer Premio de Poesía de la Academia Literaria del Hunter College y muchos otros. Una noche nos reunimos un grupo de poetas en la Casa de España y en la casa de la poeta Alina Galiano, y fundamos (en 1990) la Academia Iberoamericana de Poesía / Capítulo de Nueva York. También fundamos en 1988 la Editorial Arcas y la Editorial Palmar, junto con la revista literaria La Nuez, de la que sacamos quince números, y desde 2002 venimos publicando la revista Sinalefa que ya va por el número 29 y en los próximos meses cumplirá diez años de vida, algo insólito para una publicación sin padrinos gubernamentales ni mecenas ocasionales. Pero de todos estos logros (y todavía hay más) el mayor de todos ha sido el haber podido trabajar sin la interferencia y la amenaza del Gobierno, porque la libertad siempre ha sido incompatible con cualquier política coercitiva.

¿Qué opina de la sociedad de la que ahora forma parte?

RB: No creo que haya un país en el mundo tan generoso como este. Imagínese usted que, hasta los enemigos de esta sociedad aquí ensanchan sus horizontes y hacen sus diagnósticos contra el capitalismo y la democracia sin que nadie los moleste. La fuerza de esta sociedad reside en su diversidad de pensamiento, en el carácter irreversible de sus valores esenciales y en su pujante vida material. No obstante, la escalada de violencia, sexo, escándalos políticos y ataques terroristas de los últimos tiempos, han ido generando un malestar general en la sociedad estadounidense, haciendo pensar a muchos (especialmente a los enemigos de Estados Unidos) que esta crisis es terminal y que nada podemos hacer para impedirlo. Pero lo cierto es que esta sociedad ha demostrado tener a través de los años múltiples vidas, y muchos de los errores que estaban arraigados en ella desde la época de Washington se han ido purgando con el paso del tiempo. Por eso creo que hay algo de clarividencia en el capitalismo norteamericano, algo que favorece el auge de la libertad y la creación; las escenas que ahora nos mortifican, cesarán cuando pasemos esta página del libro…

¿Alguna otra observación para los lectores de CUBAENCUENTRO?

RB: Sí, que tengan en cuenta que el fin más profundo que persigue el comunismo es la cultura. Pero como los medios que utiliza para conseguirla son abyectos, las conquistas de las que se jacta son indecentes y falsas.


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El escritor y editor Rafael Bordao, en Nueva York. Foto de Louis BourneGalería

El escritor y editor Rafael Bordao, en Nueva York. Foto de Louis Bourne.