Actualizado: 12/08/2022 22:46
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Artes Escénicas

«Vine al mundo a escribir, no a lamentarme»

Entrevista con el dramaturgo cubano Yoshvani Medina.

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¿Dónde comienza el mundo de Yoshvani Medina, y dónde acaba?

Todo comenzó en abril de 1967. El punto de partida es mi madre, donde regreso cada vez que puedo, y a partir de ahí mi mundo se proyecta hacia todos los tiempos y a través de todos los vectores. He encontrado ecos de mí en la mitología griega, en los concursos dramáticos de la Acrópolis, al lado de Esquilo, Sófocles y mi preferido Eurípides.

Aprendí la risa con Aristófanes, temí que el mundo se acabara en el año mil. Me prohibieron hacer teatro y terminé en saltimbanqui. Luego el dueño de un circo me mató por haberme acostado con su mujer. Resucité en un Siglo de Oro, donde el oro venía de unas tierras que más tarde iba a amar hasta dolerme, y compuse versos dramáticos donde la vida era sueño. Sufrí en Inglaterra hasta morir de amor, vengué a mi padre de mi madre, dudé de una mujer que nunca me engañó.

Fui poeta en Francia, donde el rey me dio el teatro de la corte para montar comedias, y ridiculizar sus preciosas costumbres. Y canté en Italia y me desangré en Suecia, y odié en Estados Unidos, y tuve una niña negra y un hermano homosexual y un diablo pobre como padre. Me enamoré de la luna, de las islas, de las músicas, del tiempo en que no estuve. No sé dónde acabará mi mundo, ni me importa.

Comenzó escribiendo cuentos y enamorando muchachas, ahora escribe teatro y enamora muchachas, ¿dónde está la diferencia?

El cuento me enseñó la concisión y la eficacia. Hubo una época en que sólo escribía y leía cuentos, sin saber exactamente por qué. Muy pronto descubrí que lo que me excitaba en los cuentos era su dimensión teatral. Pasé de "un buen cuento es como un piñazo en la nariz" a "un buen cuento es el que sirve de base a una buena obra de teatro".

El género dramático me convenía más: al rigor del cuento agregué la magia de la escena, los personajes cobraron vida, la hoja en blanco —que lo aguanta todo— se convirtió en un espacio vacío que no aceptaba nada, mi espíritu colectivo se libró de la soledad de mi cuarto, el ruido de la máquina de escribir fue remplazado por las broncas de los actores y, un buen día, por los ensayos generales. Nada, que hacer teatro necesita tanto rigor como hacer cuentos, sólo que a la hora de los aplausos las muchachas están más cerca.

¿Qué significa una mujer desnuda? ¿Y una vestida?

Para Benedetti, una mujer desnuda es un enigma y siempre es una fiesta descifrarlo; para mí, la fiesta es la mujer descifrada, vestirla es el enigma.

¿Cuáles son sus grandes obsesiones?

La familia. Poder recomponerla lo antes posible. Que los más viejos eduquen a los más jóvenes. Que, llegado el momento, los más jóvenes se ocupen de los más viejos. Sentarme al extremo de una mesa y sentir tres generaciones que cohabitan. Definitivamente, mi obsesión es volver a tener una familia.

¿Qué le haría dejar de escribir?

Nada. La literatura siempre me ha sacado de los peores momentos y me ha hecho los buenos mucho mejores. Cargo con ella como una bendición y no como una cruz. Yo podría vivir sin la literatura, pero el dolor de perderla es un precio que no estoy dispuesto a pagar.

¿Cómo se establece el vínculo literatura y puesta en escena?

Son raros los que pueden asumir dos trabajos tan diferentes como la escritura y la puesta en escena. Ello conlleva un desdoblamiento, una transformación de escritor en director, de verso en imagen, muy difícil de realizar al mismo tiempo. Las leyes del teatro no son las mismas de la literatura.