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Artes Escénicas

«Vine al mundo a escribir, no a lamentarme»

Entrevista con el dramaturgo cubano Yoshvani Medina.

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Una novela tiene todas las libertades de espacio y tiempo, puede durar mil páginas, un siglo. Un dramaturgo tiene dos horas para contar su historia, lo que es, en realidad, muy poco, pero todavía es capaz de imaginar sortilegios. El director, en cambio, tiene más reducido su espacio de creación, a medio camino entre la página y la escena, su rol no es ni el de un intérprete, ni el de un compositor, tampoco el de un conductor de orquesta.

Cuando dirijo soy una suerte de inductor, un elemento altamente volátil que explota en las tripas de los actores. Siempre dejo pasar al menos un año entre lo que he escrito y lo que voy a dirigir. Cuando escribo examino, cuando dirijo observo, estoy más cerca de la vigilia. Cuando escribo soy el abogado de una causa mía, y trato de buscar mi eco en el que escucha. Cuando dirijo soy el juez de la misma causa, y trato de llevar la verdad de los sentidos al teatro, que tiene sus leyes, su jurado y sus sentencias. Cuando escribo redacto una declaración de guerra, cuando dirijo conduzco mi ejército.

¿La puesta en escena es la solución editorial que ha encontrado a su literatura?

Es cierto, la puesta en escena ha sido, hasta ahora, la solución editorial para mis textos. Sólo que no hay un libro en las antillas francesas que se venda más que las puestas de mis obras, y eso me hace pensar en publicar, en edición bilingüe de preferencia, para que mis lectores naturales y también los otros tengan la posibilidad de decidir.

¿Déme una solución contra las desventuras, la nostalgia y las distancias?

Cuando te sientas nostálgico telefonea a la última mujer que te amó, ella tendrá siempre algo interesante que decirte.

¿Cuándo estará una obra suya en un circuito hispano?

Quisiera insertar la primera lo antes posible. Creo que ahora estoy listo. Lo que he vivido con el público francófono es fantástico, y sé que encontrar el público hispano será todavía más intenso. He trabajado muy duro en estos años para imponer mi teatro y aunque sé que el éxito de hoy no garantiza el de mañana, la experiencia se ha multiplicado y el deseo está intacto.

¿El francés funciona como la casa del caracol y le protege?

El francés me maltrata, me obliga a releerlo y reescribirlo sin piedad. El francés me recuerda a cada frase que soy cubano y que, no obstante mi disciplina, mi intransigencia por escribir sobre la sociedad en que vivo, en la lengua en que la vivo, siempre seré cubano y tendré que hacerme la pregunta de si no es mejor abrirse al mundo tal como uno es, y transcribirlo tal y como uno lo siente. ¿Puede uno escribir en español lo que ha vivido en francés? ¿Es que finalmente la lengua no es un vector y lo importante es el contenido?


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