Actualizado: 05/08/2021 10:23
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Venezuela

Bolivarianismo y mimetismo

¿Creará un nuevo dios otra Venezuela en la que se remunerará a los pobres por ser pobres?

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Desde la más reciente entronización del presidente Hugo Chávez, quienes observamos desde lejos los acontecimientos del país hemos sido sorprendidos por las imágenes y discursos que van delineando la geometría del poder y el perfil que tomará la República bajo los rasgos de un socialismo, supuestamente inédito, del que debe resultar el advenimiento de un "hombre nuevo".

A todas luces, parece que mediante un gesto de voluntarismo se forjará una nueva teolología nacional; se borrará el pasado, se volverá a un nuevo origen, se operará una refundación hecha por y para los venezolanos. Al igual que Dios, que en el principio creó el mundo, un nuevo dios creará la nueva Venezuela.

Se debe ir hacia tiempos pretéritos, antes de la llegada de los europeos, antes del pecado original, cuando "nuestros" indígenas —como los califica la presidenta de la Asamblea Nacional, haciendo gala de la más insoportable de las variantes del racismo: la condescendencia; ese racismo disimulado en conmiseración— "vivían felices bañándose en el río", inmersos en una inocencia edénica previa a la mordida de Adán a la manzana que le tendió Eva.

El nuevo hombre bolivariano será el fruto de un esencialismo que lo hará libre de los defectos del común de los humanos. El esencialismo supone de por sí que toda víctima es buena, dócil, sin tacha: indígenas, negros, mujeres, pobres, son libres de defectos. Ello significa que en el fondo se les considere como seres infantilizados, retrasados, ingenuos, pobres de espíritu.

En Venezuela, los pobres no deben ni siquiera molestarse para ir a ver al médico. Se les remunera por ser pobres. Lo más curioso es que se trata de la incorporación más dócil y simplista de lo politically correctness, inventado y producido en Estados Unidos, el imperio execrado por los tenores del bolivarianismo venezolano. Nada inédito.

Iconografía bolivariana

Desde el punto de vista de las representaciones, de su iconografía, el bolivarianismo venezolano es lo más fiel a las representaciones estéticas en boga en Estados Unidos. La de tomar como signo de identidad determinada vestimenta: gorras de jugadores de béisbol, camisetas, insignias, boinas, toda la panoplia que hace inconfundible a un ciudadano del "imperio".

La representación en imágenes de Venezuela se asemeja cada vez más a la de cualquier suburbio de Estados Unidos, mientras se supone que en la nueva versión de su origen, Venezuela ya no estará mancillada por el "estigma" que han experimentado todas las civilizaciones; productos de aluviones culturales que se han sedimentado tras invasiones de todo género de pueblos y culturas. Por cierto, de donde proviene la inmensa riqueza cultural europea y la del planeta.

En cambio, las imágenes de la celebración de la agresión cometida contra las instituciones el Estado en febrero de 1992 (el coronel Tejero, autor del intento de golpe de Estado en España en 1981, purgó 20 años de cárcel por ese delito), hoy convertida en fiesta nacional, tienen un cierto dejo chino. Un amigo me aclaró que se debía al uniforme que hoy usa la Fuerza Armada, hecho con tela china y en China. Extraño caso que un proyecto que persigue una refundación nacional tan radical, recurra a un país extranjero para la confección de los uniformes de sus fuerzas armadas.

Pero lo más sorprendente —y esto se relaciona con la ruptura de los usos diplomáticos por el gobierno bolivariano, en lo que cabe reconocerle originalidad— fue cuando el embajador de Guyana (no se trata de un funcionario del gobierno de Bush, sino de un aliado ideológico) se permitió sugerir al presidente de Venezuela que si es consecuente con su socialismo del siglo XXI y su postura antiimperialista, debería tomar la iniciativa de retirar el reclamo sobre el río Esequibo, un hecho inaudito en los anales de la diplomacia.

Esto me recordó ciertos principios que nos inculcaban los mayores como modelo de conducta: "para hacerse respetar hay que saber darse su puesto". (No sería imposible imaginar que Bogotá, inspirada en el precedente del guyanés, hiciera la misma sugerencia con respecto al Golfo de Maracaibo).

Queda simplemente demostrado que Venezuela es un país al que no se le respeta. Seguramente ello se debe a que quienes lo representan hoy no saben darse su puesto. No se puede respetar un Estado que no observa las normas que rigen las relaciones entre Estados.