Actualizado: 23/04/2024 20:43
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Netanyahu, Israel, Hamás

Los cubanos y la guerra de Gaza

Uno de los que más ayudó a engendrar ese monstruo llamado Hamás, fue el propio Netanyahu, al ayudar a su financiamiento con el fin de crearle un rival a la Organización de Liberación Palestina (OLP)

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Tras los crímenes perpetrados por militantes de Hamás el pasado 7 de octubre contra la población civil en las zonas fronterizas de Israel, con el resultado de entre mil doscientas a mil cuatrocientas personas muertas, escuché a una cubana exiliada que de vez en vez invitan a programas políticos televisivos, desear que toda la Franja de Gaza se hundiera en el mar. Lo mismo escuché, fuera de cámara, de otras personas que dicen considerarse cristianas. Y recordé que algo similar oí una vez de otro cubano sobre su propio país: “que toda la Isla se hunda en el mar”, señal de que el odio contra los opresores de su propio pueblo puede ser mayor que el amor a ese pueblo, aunque dudo que deseara lo mismo cuando vivía en Cuba.

Es como si un angoleño o algún latino deseara la muerte de todos los cubanos por los males que la dirigencia castrista ha infringido en esos pueblos. No hace mucho una venezolana exiliada de familia acomodada, me dijo: “Nosotros vivíamos muy bien en Venezuela hasta que llegaron ustedes”. Y yo le contesté: “Señora, nosotros no votamos por Chávez. Fueron ustedes. Además, esos cubanos que les han hecho sufrir tanto, nos han hecho sufrir a nosotros mucho más que a ustedes”.

Cuando se produjo el ataque de Hamás, numerosas manifestaciones multitudinarias se desataron en muchas ciudades del mundo condenando esos horrores, pero luego hemos visto muchas más condenando los bombardeos de Israel contra la población civil de la Franja de Gaza.

Se justifican las muertes de mujeres, niños y ancianos, denominándolas de “daños colaterales”, y esta frase, por sí sola, califica el grado de deshumanización a la que se ha llegado. El Secretario General de la ONU, António Guterres, expresaba recientemente que las “violaciones a la ley de la guerra” que cometió Hamás, “no absuelven a Israel de sus propias violaciones”. Y en esa “emulación”, por cierto, Netanyahu le lleva ya gran ventaja a Hamás, porque el número de muertes por bombas, cohetes, balas e incluso fósforo blanco, arma prohibida por la Convención de Ginebra, en su mayor parte de civiles, ya está muy cerca de los veinte mil, entre los cuales se cuentan miles de niños y ancianos, periodistas, treinta empleados, que se sepa hasta ahora, de Naciones Unidas, sin excluir algunos de los israelíes secuestrados por Hamás. ¡Triste destino el de quienes, habiendo sufrido el secuestro perpetrado por esos fanáticos, mueran después por las bombas de sus propios compatriotas, los mismos que se suponía debían rescatarlos!

Y lo más irónico de todo es que uno de los que más ayudó a engendrar ese monstruo llamado Hamás, fue el propio Netanyahu, al ayudar a su financiamiento con el fin de crearle un rival a la Organización de Liberación Palestina (OLP) para impedir el surgimiento del Estado palestino tal y como se había acordado en la resolución 242 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas: la creación de dos Estados. En 2019 Netanyahu expresó: “El que quiera bloquear la creación de un Estado Palestino, debe apoyar el crecimiento de Hamás”.

Algunos comentaristas radiales y televisivos de Miami, que defienden estos actos alegando que Hamás está alterando las cifras de víctimas inocentes para exagerar los efectos de los ataques israelíes, han caído en la insensibilidad de ver en esto solo diferencias estadísticas, como si liberara de culpas a los perpetradores diciendo, por ejemplo, que no mataron a diez mil niños. ¿A cuántos mataron entonces? ¿A cinco mil?, ¿a tres mil? ¿Eso disminuye el horror? Si para eliminar a un terrorista hay que matar a un niño tras el cual (o debajo del cual) se esconde ese terrorista, el que mata al niño es tan terrorista como el que ha usado a ese niño como escudo. Mientras tanto, dos millones de palestinos que a instancia del gobierno israelí abandonaron la ciudad de Gaza y todo el norte de la franja, porque iba a ser bombardeada, ahora, hacinada en el sur en terribles condiciones, está enfrentando el mismo peligro.

Paradójicamente, esta actitud de los comentaristas cubanos contrasta con la posición de la mayoría del propio pueblo israelí. Cuatro de cada cinco israelíes desaprueba la gestión de Netanyahu y desea su sustitución, y muchas personalidades destacadas de Israel lo están exigiendo. El historiador y filósofo Yuval Noah Harari declaraba para el diario Ynet News: “Netanyahu debe asumir inmediatamente la responsabilidad de su terrible fracaso, dejar espacio para personas más talentosas y valiosas”. Moshé Yalón, ex jefe del Estado Mayor, llamaba a la oposición a “no formar un gobierno de emergencia con Netanyahu sino a exigir su dimisión”. Y preguntaba: “¿Cómo se puede llevar a un pueblo a una guerra como ésta?” Y el rabino Urí Ayalón, cuando le preguntaron si existía la posibilidad de que Netanyahu se mantuviera en el poder, contestó: “No tiene ninguna posibilidad, es el máximo responsable de esta tragedia” (La Vanguardia).

Que nadie se deje engañar. La guerra no es entre israelíes y palestinos, sino entre dirigencias terroristas. Si me hicieran la pregunta simplista y equívoca muy común de a quién apoyo, si a israelíes o a palestinos, mi respuesta sería muy sencilla: a los dos pueblos, y en contra de todas las dirigencias terroristas, pues todos los pueblos merecen nuestra solidaridad, porque ninguno es culpable de los horrores perpetrados por aquellos que dicen representarlos. Mientras existan al frente de Israel y al frente de la Franja de Gaza, gente como Netanyahu y Hamás, nunca habrá paz en esa región.

Si estás luchando contra un monstruo, debes cuidar que, al hacerlo, esa monstruosidad no entre dentro de ti, porque entonces serán dos los monstruos.


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