Actualizado: 23/09/2019 16:12
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Georgia, Teatro

Georgia on my mind

El país caucásico es hermoso, acogedor, tranquilo, económico, y por su fascinante mezcla de culturas tiene mucho que ofrecer al visitante

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¿Por qué a Georgia? Fue la pregunta que infaltablemente me hicieron los amigos a quienes comenté que en junio tenía planeado viajar allí. La respuesta más elemental hubiese sido: ¿Y por qué no a Georgia? Pero traté de salir del paso como buenamente pude. Es un país cuya belleza todos coinciden en alabar, que además tiene la ventaja de estar en la frontera de dos mundos, el cristiano y el islámico. Comparte la zona del Cáucaso con Armenia y Azerbaiyán, pero a diferencia de estos es el que posee una atmósfera más occidental. Puesto en el trance de justificar mi decisión, no fui capaz de encontrar argumentos más convincentes. Pero si de algo estaba completamente seguro era que quería pasar una semana en Georgia.

Como en junio iba a estar en España, planifiqué el viaje para salir desde Madrid. No existen vuelos directos a Tbilisi, de modo que es necesario hacer conexión en alguna otra ciudad europea: Varsovia, Múnich, Ámsterdam, Roma, Kiev. Yo lo hice vía Estambul, pues reservé el boleto con Turkish Airlines. Ignoro las razones por las cuales los horarios de los vuelos son tan incómodos. A la ida, me tocó salir a las 11:55pm. A la vuelta fue aún peor: 4am. En descargo, tengo que reconocer la magnífica calidad del servicio: aviones modernos, asientos moderadamente confortables y con espacio humano, buena comida. Algo de lo cual deberían aprender las aerolíneas norteamericanas, cuya única preocupación consiste en cómo hacer pagar más a los sufridos viajeros.

Comparado con el de la mayoría de las capitales europeas, el aeropuerto de Tbilisi resulta sumamente pequeño. Nada que ver, por ejemplo, con el de Estambul, en el cual las distancias entre una terminal y otra son enormes y que, por el número que pasajeros que mueve (15 millones en 2013), ocupa el décimo lugar en todo el mundo. Como todo en Georgia, el aeropuerto de su capital posee unas dimensiones mucho más humanas, que hacen que uno, lejos de sentirse amedrentado como en las grandes urbes, se sienta cómoda y cálidamente acogido.

El trayecto hasta Tbilisi me deparó la primera sorpresa y admito que en cierto momento sentí algo cercano al miedo. Habituado a ver películas de acción en las que un visitante extranjero que llega a un país es secuestrado nada más arribar, comencé a inquietarme cuando vi que el auto avanzaba y avanzaba por una carretera estrecha y despoblada, sin que por ningún lado se viera el menor indicio de Tbilisi. Ante mi temor, el chofer me dijo, en su precario inglés, que no me preocupara, que aquel era un taxi oficial y que pronto llegaríamos a la ciudad. Y en efecto, poco después esta se empezó a ver en la distancia. Tbilisi se halla en el nivel más bajo de una especie de valle. Y como el aeropuerto se halla en la parte más alta, no se comienza a ver hasta que uno desciende.

Tbilisi no solo es la capital del país, sino que además supera diez veces en tamaño a las otras ciudades. Allí es además donde todo tiene lugar, en política, economía, cultura. Como toda ciudad que se respete, existe una leyenda sobre su origen. De acuerdo a ella, el rey Vajtang Gorgasali la fundó en el siglo V. Un día que estaba cazando, un faisán cayó en un manantial de aguas sulfurosas y quedó así convenientemente cocinado para la cena. Otra versión asegura que el animal que cayó fue un venado herido, y cuando salió del agua estaba milagrosamente curado. Asombrado por ese suceso milagroso, el rey decidió edificar allí una ciudad. Sea una u otra la versión que se prefiera, lo cierto es que el nombre de la ciudad viene de tbili, que en kartuli, es decir, en georgiano, quiere decir caliente (se refiere a temperatura, no a sexo).

Leyendas aparte, la verdad histórica es que Gorgasali recuperó la ciudad de manos de los persas, quienes la habían invadido en 368. El monarca trasladó allí la capital, que hasta entonces estaba en Mtskheta. Tras su muerte, su hijo Dachi se encargó de completar la construcción de Tbilisi. Después esta volvió a ser capturada por los árabes (645), los mongoles (1235) y, de nuevo, los persas (1540). En ese sentido, es muy difícil hallar otra ciudad que haya sido invadida, recuperada y reconstruida tantas veces.

En 1783 el oeste de Georgia pasó a ser un protectorado de Rusia, que en 1801 proclamó la incorporación del resto del territorio a su imperio. De esa época datan varias de las plazas y anchas calles, así como algunos hoteles, bancos y edificios de Tbilisi. El país tuvo un brevísimo período de independencia, de 1918 a 1921, durante el cual fue reconocido por 22 naciones. Después fue invadido por el Ejército Rojo, que forzó a Georgia a incorporarse a la República Federativa Socialista Soviética de Transcaucasia. En 1936, tras disolverse la federación, se transformó en la República Socialista Soviética de Georgia, que formó parte de la Unión Soviética hasta el año 1991.

Una capital dividida por un río

Al igual que Budapest, Tbilisi está dividida por un río que la recorre del noroeste al sureste. Se llama Mtkvari y a través del mismo se pueden delimitar las dos principales áreas de la ciudad. A la derecha (o al oeste), donde el valle se hace más estrecho, se hallan el centro (el downtown, se diría en inglés) y el barrio antiguo. En esa parte, sobre una elevación que permite que se vea desde cualquier punto, están las ruinas de la fortaleza Narikala (su nombre significa fortaleza inexpugnable), que es un símbolo de la brillantez defensiva que desarrollaron los georgianos. Desde allí se puede ver una espléndida vista de Tbilisi.

A un costado se encuentra la Kartlis Deda (la Madre Georgia), una estatua de aluminio de 20 metros que es una metáfora del carácter de los georgianos. Se trata de una mujer que va vestida con el traje típico del país. En una mano lleva una copa de vino, mientras que en la otra empuña una espada. La primera es para ofrecer a los huéspedes; la segunda, para defenderse de los enemigos.

A cierta distancia de allí está otra colina llamada Mtatsmida. En ella se levanta una torre de televisión de que de noche está iluminada. También lo está la estrella giratoria que hay a su lado, y que de acuerdo a los georgianos es la más alta de Europa. A la fortaleza Narikala y la colina Mtatsmida, se puede acceder en un funicular. El que va al primero de esos sitios turísticos es el más moderno, y tiene la peculiaridad de que durante el horario en que funciona nunca se detiene para recoger a los pasajeros. Al llegar a la estación solo reduce un poco la velocidad, de manera que uno debe darse prisa para poder abordarlo.

En esa parte derecha de la ciudad se halla la avenida Rustaveli, que es su arteria principal. No lo es tanto por su extensión (un kilómetro y medio), sino debido al gran número de cafés, hoteles, restaurantes, edificios oficiales y negocios que hay allí. Cuenta con varios carriles, tiene un tráfico muy intenso, y para cruzar de un lado a otro solo se pude hacer a través de los pasos subterráneos. Estos, por cierto, están bastante lejos uno de otro. Su nombre se debe a Shotá Rustaveli (1172-1216), el poeta nacional de Georgia. En Tbilisi también lo llevan una calle, un cine, un teatro, una universidad y una estación del metro. Existe además un canal de televisión llamado Rustav 2, que adquirió fama después de su cobertura de la revuelta popular de noviembre de 2003, que obligó a renunciar al presidente, el recién fallecido Eduard Sheverdnadze.

Shotá Rustaveli debe su fama a El caballero en la piel de tigre, una epopeya romántica que cuenta la historia de un caballero poseído por el amor que recorre el mundo para rescatar a una mujer que se halla secuestrada. En aquel país se le tiene en una altísima estima, pues según los especialistas contribuyó como ninguna obra literaria a formar el alma y la mentalidad de los georgianos. En inglés existen por lo menos tres traducciones del poema. Al español se tradujo bastante tarde, pero en los últimos años se han publicado dos nuevas versiones. Durante uno de mis diarios paseos por Tbilisi, compré a uno de los vendedores de libros usados que abundan por las calles y parques de la ciudad un ejemplar de una versión al inglés editada en 1966. Es muy bonita e incluye las ilustraciones originales de una publicada en el siglo XVII.

Casi al final de mi estancia visité la parte antigua de la ciudad, lo cual lamenté. Hubiese querido dedicar más tiempo a recorrerla, pues es muy hermosa. Muchas de sus calles son pintorescos callejones. A pesar que casi ninguna de las construcciones sobrevivió a la destrucción de los persas en 1795, muchas de las que hoy existen recrean el estilo arquitectónico de las etapas antiguas. En lugar de edificios, hay casas bajas, muchas hechas de madera. No todas están bien conservadas, pero aquellas que lo están se destacan por los preciosos balcones. Las tiendas y restaurantes también son mucho más pequeños que los del centro, lo cual contribuye a darle al barrio, localmente llamado Kala, un encanto muy especial. Aunque yo no me animé a ello, se supone que es obligada la visita a uno de los baños sulfúricos. El más conocido es el de Abanotubani. Se cuenta que allí se bañaron dos ilustres escritores de nombre Alexander, Dumas y Pushkin, y el primero afirmó que era el mejor baño que había conocido.

En varios aspectos, Tbilisi es una ciudad de contrastes (“una ciudad como si no fuera de este mundo”, la llamó el escritor ruso Boris Pasternak). A nivel arquitectónico, eso se pone de manifiesto cuando uno deja el casco antiguo y cruza el río Mtkvari para ir al lado izquierdo. Para hacerlo hay varios puentes, pero cualquier visitante querrá hacerlo por el Puente de la Paz, que sorprende por su moderno diseño y su estructura tecnológicamente avanzada. Está hecho de acero y vidrio y consta de un techo central a manera de arco redondeado y sinuoso. Lo diseñó el arquitecto italiano Michele de Lucchi y fue inaugurado en abril de 2003.

Cuando uno está cruzando el Puente de la Paz, de inmediato le llama la atención, a la izquierda, un edificio de concepción estética aún más insólita. Es también obra de dos famosos arquitectos italianos y alberga el Teatro del Parque Rike y el Pabellón de Servicios Públicos. Está formado por dos enormes estructuras en forma de tubo o de dos conos a los que se hubieran cortado las puntas. Se inscribe en el nuevo rostro que está adquiriendo Tbilisi y que no está exento de controversias. Según unos, con eso se está arruinando la autenticidad cultural. Otros, en cambio, sostienen que con eso se está construyendo una Georgia más moderna.

A la derecha del Parque Rike está la estación del funicular que va a Narikala. La zona que la rodea se distingue por su belleza arquitectónica, algo que se puede apreciar debido a que las construcciones están bien restauradas. Sobre una colina se alza la iglesia Metekhi, que formó parte del complejo residencial donde vivía el rey. Fue edificado en el siglo V, pero en el XIII los mongoles invadieron Tbilisi y lo destruyeron. La iglesia que hoy se conserva fue levantada entre 1270 y 1289. En el siglo XIX, las autoridades rusas decidieron usar el castillo como prisión.

Hay templos en cada rincón

En la actualidad la iglesia Metekhi funciona como tal y presta servicios religiosos. Frente a la misma se halla una estatua de bronce del rey Gorgasali, el fundador de la ciudad, quien aparece orgullosamente montado en su caballo. Y en fin, aunque en esta parte hay muchos sitios interesantes para visitar, es imprescindible dar un paseo por la avenida Marjanishvili, en mi opinión la más bella y elegante de Tbilisi.

Y puesto que me referí a Metekhi, es oportuno anotar que en Tbilisi hay templos en cada rincón. Eso responde al profundo sentimiento religioso de la población. En varias ocasiones vi personas de diferente edad y sexo que se persignaban al pasar delante de una iglesia. Cuando visité algunos de esos sitios, me llamó la atención que no poseen altar propiamente dicho, ni tampoco asientos para los feligreses. Así que me quedé con la curiosidad de saber cómo se realizan los oficios.

Desde el fin de la era soviética, la religión ortodoxa georgiana ha tenido un renacimiento. Las viejas iglesias se han restaurado y además se han construido otras nuevas. Asimismo los conventos y monasterios se están repoblando. Además de templos ortodoxos, hay sinagogas y mezquitas. Eso denota la diversidad religiosa del país, así como su tolerancia hacia otros credos.

La oferta cultural que ofrece Tbilisi es muy amplia, sobre todo si se toma en cuenta que su población solo es de poco más de un millón de habitantes (la de todo el país es de unos cuatro millones y medio). En primer lugar, sorprende que, en contraste con sus cuatro cines, cuente con más de veinte teatros. Eso a pesar de que en Georgia la actividad dramática comenzó en el siglo XIX. El más famoso de los teatros es el Rustaveli, que se halla en la avenida de igual nombre. En la década de los 80 de la pasada centuria se conoció internacionalmente gracias a los montajes de Robert Sturua, quien hasta hoy lo dirige. Recuerdo haber visto en Madrid su excelente montaje del Ricardo III de Shakespeare.

También vi entonces al grupo de marionetas de Rezo Gabriadze, que desde su fundación en 1981 sigue funcionando. Se trata del otro teatrista que posee una gran reputación fuera de su país, donde se le considera un “tesoro nacional”. Es escritor, director, pintor, escultor, marionetista, y en él la palabra artista adquiere su pleno sentido. Posee un pequeño teatro en el corazón del distrito histórico de Tbilisi, y él mismo supervisó la renovación hecha en 2012. El propio edificio es una obra de arte, pues está decorado con azulejos pintados a mano por Gabriadze. Posee como sello distintivo una torre con un reloj de cuco. Cada 60 minutos la parte superior se abre para dar paso a un ángel, que golpea una campana para indicar la hora. Después, debajo de la esfera del reloj se abre otro sitio por donde van desfilando varios muñecos.

El teatro tenía en cartelera tres espectáculos: El otoño de mi primavera, Stalingrado y Ramona. Tuve la suerte de alcanzar a ver los dos primeras y de ambos salí literalmente fascinado. De acuerdo a su creador, El otoño de mi primavera se inspira en los recuerdos de la postguerra de su abuela. Pero contrariamente a lo que cabría esperar, es una obra deliciosa y muy divertida. Tiene como núcleo central la historia de una anciana que ha quedado viuda. Tiene como amigo a un pajarito parlanchín llamado Boria Gaidai. Tiene un gran corazón, vive enamorado de Vivian Leigh, y para ayudar a la señora no duda en convertirse en ladrón. Algo que lo llevará a terminar sus días la cárcel.

En cuanto a Stalingrado, Gabriadze comenta que en las notas redactadas por una corresponsal leyó que durante la épica batalla que se libró en esa ciudad rusa murieron más de 10 mil caballos. Obsesionado con esa y otras imágenes, creó ese espectáculo, con el cual rinde homenaje a las personas y animales que allí perdieron la vida. El resultado no es una dramatización de la batalla, sino una hermosa y a ratos surrealista elegía teatral en miniatura. Ambos trabajos merecerían mucho más espacio, pero me limitaré a citar algo que expresó un crítico en el New York Times: es uno de esos raros teatros que no te recuerda a ningún otro. Un verdadero prodigio, en suma, de creatividad, imaginación y poesía.

Además de poseer una rica tradición cultural, Georgia tiene una historia que sitúa a su civilización entre las más antiguas de Eurasia. Cerca de un pueblo llamado Dmanisi fueron encontrados restos humanos que datan aproximadamente de hace 1,8 millón de años. Eso justifica el gran número de museos que existen en Tbilisi, pues ya se sabe que estos son el mejor modo de conservar la herencia histórica y cultural de un país. Están, en primer término, el Nacional, el de Bellas Artes, el Arqueológico, el de Folclor y Artes Aplicadas, que son los que por lo general se mencionan en las guías turísticas.

Pero hay otros igualmente interesantes e incluso singulares: el de la Moneda, el Olímpico, el de la Seda, el de las Muñecas, el Georgiano-Judío. Asimismo hay que mencionar el Museo al Aire Libre George Chitaia, en el cual en pocas horas se puede “visitar” casi todas las regiones del país y aprender sobre sus tradiciones y su arquitectura. Se hallan, por último, el George Leonidze, dedicado a la literatura georgiana contemporánea, así como las casas museos de bailarines (Vakhtang Chabukiani), pintores (Ucha Japaridze, Lado Guchashvili), escultores (Iakob Nikoladze), músicos (Zakaria Paliashvili) y escritores (Galaiktion Tabidze, Ilia Chavchavadze, Mikhlail Javakhisvili, Mirza Fatale Akhundov, Titsia Tabidze).

Comida diversa, fresca e imaginativa

Durante mis caminatas diarias no vi ninguna librería, salvo una que, de acuerdo al cartel en la puerta, se dedica a libros raros. Esa impresión quedó confirmada cuando busqué en internet y comprobé que en Tbilisi solo hay tres. En cambio, en el centro de la ciudad abundan los vendedores callejeros de libros de segunda mano. Algunos tenían unas armazones de madera muy elementales, pero otros desplegaban los volúmenes en cualquier sitio en la acera o sobre algún muro. No lo pregunté, pero me dio la impresión de que es un modo informal de subsistencia que escapa al control del Estado. En otras zonas, los libreros son sustituidos por vendedores de frutas y vegetales. Pero no se piense en quioscos o algo parecido. Simplemente ponen una caja o dos sobre la acera y ahí ofrecen su modesta mercancía.

Pero como el ser humano no solo vive de teatros, museos y libros, se impone dedicar unas líneas a la gastronomía georgiana. Sus grandes cualidades están resumidas poéticamente en una leyenda. De acuerdo a la misma, cuando se hallaba ocupado en crear el mundo Dios se tomó un descanso para cenar. Estaba en ese momento en los altos picos del Cáucaso y se hallaba tan concentrado en disfrutar los manjares, que no se dio cuenta de que iba derramando parte de la comida en las tierras situadas en el valle. Las tierras bendecidas por las sobras de la mesa celestial era Georgia. Esa es, pues, otra razón para visitar un país que se precia de tener una comida diversa, fresca e imaginativa, y que constituye parte importante de la cultura nacional.

Aunque su área es menor que la de Escocia e incluso que la del estado norteamericano de Carolina del Sur, la geografía de Georgia incluye zonas alpinas y subtropicales. Eso explica que tenga una tradición culinaria tan rica. Los platos típicos principales se preparan a base de cordero, pollo, res y pavo, con condimentos de diferentes tipos. También se pueden beber buenos vinos, algo que entre los georgianos es una verdadera pasión. Existe uno llamado kakheti, que posee la particularidad de ser el único vino blanco que se hace fermentando la uva con su propia piel. Escuché hablar de una bebida muy fuerte llamada chacha, pero dada mi aversión al alcohol pasé de tener la experiencia de probarla. Un detalle a tomar en cuenta es que los georgianos solo brindan con vino. Con cerveza solo lo hacen con los enemigos.

Al poco tiempo de llegar a Tbilisi, me di cuenta de que para los georgianos el tente-en-pie básico es el khachapuri. Es un pan preparado con harina, huevo y queso, y que se hace de varias formas (puede ser redondo o bien alargado). Su consumo está tan extendido, que en algunas ciudades se toma el precio de sus ingredientes para medir la inflación. Se vende en pequeños establecimientos que hay por todas partes, y es común que cuando se pasea por las calles a uno le llegue el olor del khachipuri recién salido del horno.

No se puede visitar Georgia sin probar por lo menos una vez el khinkali. Sería como ir a Perú y no comer ceviche, lomo saltado o ají de gallina. Se trata de una bola o albóndiga de masa hervida, que va rellena de carne, aunque a veces esta se reemplaza con queso, papa o champiñón. Por lo general, cada ración trae no menos de cinco. En mi primera noche en Tbilisi pedí una y me trajeron una fuente con ¡diez khinkali! Por supuesto, casi todos se quedaron, pues yo solo pude dar cuenta de dos. Cunado pregunté por qué tal exageración, me contestaron que los georgianos son muy comilones. De ser cierto, no sé cómo se las arreglan para mantenerse en tan buena forma, pues prácticamente no se ven personas gordas.

En la guía de viaje que llevé conmigo, se dice que el mayor tesoro que posee Georgia son sus habitantes. En efecto, estos son amables, simpáticos, serviciales y hospitalarios. A esto último, a acoger bien al visitante, ellos parecen darle una gran importancia. A tal punto, que en el país existe un proverbio según el cual “lo más lejos que puede llegar un enemigo es hasta la puerta de la casa, pero una vez que entra pasa a ser un amigo”.

A pesar de que el idioma es un serio problema, hacen lo posible por servir a uno. Un día salí a buscar el Teatro Griboiedov para comprar una entrada. Llegué al lugar donde, de acuerdo al mapa, debía estar, pero el sitio estaba cubierto con una inmensa lona y no lograba dar con él. Como llevaba escrito el nombre del teatro en un papel se lo mostré a un vendedor callejero de libros. El señor dejó el “negocio” a cargo de otra persona y me hizo señas para que lo siguiera. Caminamos una cuadra y pico y llegamos a la entrada del teatro, que resultó estaba en obras. Eso sí, cuando se ponen delante del volante de un auto los georgianos se transforman en otras personas. Cruzar una calle en Tbilisi puede ser una experiencia bastante pesada. Los choferes se muestran poco dispuestos a ceder el paso y muchos ni siquiera respetan la señal del semáforo que los obliga a permitir pasar a los peatones.

Sin embargo, el mayor problema para el visitante es la barrera del idioma. El año pasado, cuando escribí sobre mi estancia en Budapest apunté, medio en broma, medio en serio, que estuve sordo y mudo. En Georgia además uno está ciego, pues a diferencia de los húngaros, allí se utiliza el alfabeto cirílico. Dentro del circuito turístico, unas cuantas personas hablan inglés. Pero fuera del mismo, prácticamente nadie habla otra lengua extranjera a excepción del ruso. Traducir cierta información básica es algo poco extendido. Fui a ver una obra en el Teatro Rustaveli y ni siquiera puedo decir su título: el afiche y el programa de mano estaban en georgiano. En ese sentido, el Teatro Rezo Gabriadze es una excepción. La empleada de la taquilla habla un poquito de inglés y todas las obras se representan además con subtítulos en ese idioma.

Tras el fin de siete décadas de ocupación soviética, en los últimos años Georgia ha empezado a desarrollar su potencial turístico, que es mucho. Se trata de un país hermoso, acogedor, tranquilo, económico, que por su fascinante mezcla de culturas tiene mucho que ofrecer al visitante. Quien firma estas líneas puede dar fe de ello.