Actualizado: 20/10/2017 18:43
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México

Hacia más democracia y menos discriminación

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¿Son racistas los mexicanos? Desde el punto de vista estadounidense, dos sucesos recientes nos harían responder "Sí". En primer lugar, el presidente Vicente Fox ha señalado que los inmigrantes mexicanos en Estados Unidos ocupan puestos de trabajo que "ni los negros quieren"; y luego, a principios de julio, el Servicio Postal mexicano comenzó a circular una serie de cinco sellos con la imagen de Memín, un niño negro de labios gruesos, ojos saltones y grandes orejas, personaje favorito de historietas de los años cuarenta.

No importa que en su comentario Fox no esté realmente equivocado, que haya declarado algo que la mayoría de los mexicanos dicen, ni que el significado más amplio de sus afirmaciones —la reforma migratoria estancada y el creciente sentimiento antimexicano en los estados fronterizos de Estados Unidos— sea terriblemente frustrante. Fox tiene tendencia a meter la pata. Y como la mayoría de sus compatriotas, también tiene sentimientos raciales diferentes a los de los estadounidenses.

Los mexicanos son un 60% mestizos, 30% indígenas y menos del 10% blancos. Con respecto a cualquier prejuicio racial que puedan albergar los mexicanos blancos, hay que valorar que su conciencia sobre este tema está muy arraigada en un terreno cultural muy distinto al de Estados Unidos. Es cierto que la violencia, la pobreza y la discriminación han asolado a los pueblos indígenas a lo largo de siglos. Pero en 1910 la Revolución Mexicana situó su patrimonio en el centro de la identidad nacional y todos los ciudadanos, incluso aquellos de ascendencia hispánica, abrazaron las civilizaciones precolombinas.

El tema de Memín es totalmente diferente. Es una caricatura, pero no fue diseñada para degradar u ofender. Todo lo contrario. En cada historieta, el travieso Memín metía a sus amigos (blancos y mestizos) en apuros, sólo para sacarlos después gracias a su inteligencia. Si Fox lo hubiera pensado dos veces antes de soltar su comentario, los críticos estadounidenses se habrían preocupado por conocer más de Memín antes de escandalizarse. ¡Y ojalá los niños norteamericanos de los años cuarenta hubieran tenido un héroe cómico como Memín!

Fuentes de fricción social

La discriminación, sin embargo, sí constituye un problema en México. El pasado mayo el gobierno de Fox publicó el primer estudio exhaustivo sobre el tema y unos cuantos datos subrayan su gravedad. Nueve de cada diez mujeres, indígenas, homosexuales, ciudadanos mayores de edad, minusválidos y otros individuos que practican una religión que no sea la católica, se sienten discriminados.

El 43% de los mexicanos afirma que las características raciales siempre limitarán el progreso de los pueblos indígenas, y poco menos de un tercio cree que la salida de la pobreza está en abandonar la cultura indígena. El 30% afirma que lo normal es que las mujeres ganen menos que los hombres, y un cuarto, que son ellas las que provocan las violaciones. Entre los mexicanos, las tres fuentes principales de fricción social son el origen étnico, la religión y las clases.

Para el gobierno, aclara el informe, la mayor responsabilidad radica en corregir el desigual acceso al empleo y a la educación, que originan la discriminación. El progreso en México, pues, requiere que las fuerzas del mercado jueguen con mayor libertad en la economía, al tiempo que se fortalezca el control del Estado con leyes antidiscriminatorias más fuertes, programas sociales más amplios y una campaña de educación pública sobre igualdad de oportunidades. Los prejuicios de la gente son difíciles de erradicar, y es posible que algunos no puedan eliminarse, pero el sistema legal y los poderes reguladores del Estado deben mantenerse firmes al lado de los menos fuertes, a fin de borrar las barreras que aún separan a tantos mexicanos de la plena ciudadanía.

En ningún lugar los poderosos ceden sus privilegios de buena gana, y sin el movimiento de derechos civiles no se hubiera aprobado nunca una legislación como la de los sesenta. Poco a poco, los blancos norteamericanos también llegaron a comprender que una ciudadanía de segunda clase constituía una brecha intolerable en la alianza de la nación. Y una economía fuerte brindó las oportunidades de movilidad social que consiguió crear la clase media afronorteamericana. La reforma legal, el cambio cultural, los empleos y la educación constituyen armas indispensables en la lucha contra la discriminación.

La mexicana es una democracia joven, su economía debe crecer a mayor velocidad y los pueblos indígenas y otros grupos discriminados deben hacerse más fuertes para impulsar sus demandas. Un camino largo, es verdad, pero la sociedad mexicana se mueve cada vez más en la dirección correcta.

Las relaciones entre Estados Unidos y México se encuentran ancladas en una disparidad de poderes que, entre otras cosas, implica que los mexicanos deben comprender a los estadounidenses más que estos a sus vecinos. Así es la vida. Sin embargo, hay esperanzas de que los próximos presidentes mexicanos se detengan a pensar antes de hablar y de que los norteamericanos bien intencionados hagan lo mismo.